A propósito del centenario luctuoso del Duque Job
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Hace algunos meses se cumplieron cien años del fallecimiento de Manuel Gutiérrez Nájera, quien, como Mozart, murió a los 36 años de edad.
Por: Luis Everaert Dubernard
Este gran hombre de letras fue originarlo de la Ciudad de México en la que transcurrió la totalidad de su existencia ya que, como afirma José Emillo Pacheco, tan sólo se ausentó de el la para realizar cortas visitas a Querétaro y a Veracruz, si bien habrá ido ocaslon almente a la Hacienda que unos familiares suyos tenían en el estado de Puebla. Hacienda en la sitúa la dramática acción de uno de sus cuentos, la Mañanita de San Juan. Escritor desde temprana edad, Gutiérrez Nájera cultivó diversos géneros literarios en prosa y en verso. Entre los primeros destaca su multifacética labor perlodística en var las publicaclones dedicada, casi toda, a información y comentarlos sobre sucesos, costumbres y personajes de la Ciudad de México que en conjunto constituye, al igual que la que habían cultivado antes altamirano y contemporáneamente Sierra, una vívida crónica mundana y finisecular de la capital. Esta ciudad se había afrancesado marcadamente en el primer cuadro tanto en su arquitectura., comerclo, modas y gastronomía como en el pensam lento, la literatura. El empleo de términos en la lengua de Descartes y las corrientes artísticas que, no sin cierto snobismo, gu laban a su élite soci al e int electu al. En este medio se desenvolvió la creatividad literaria de Gutiérrez Nájera que en su poesía siguió inici almente modelos de Gaut ler y Musset para inclinarse, en su madurez, por los parnas lanos v por algunos asomos al simbolismo y al modernismo, al que le abrió las puertas en su revista Azul . De su poesía de intención cercana a la crónica destaca por su amable y elegante frivolidad la Duquesa Job., la cual en sus cuatro quintetos y catorce sextetos decasí labos e labora un simpático recorrido de un extremo a otro de las calles de P lateros y de San Francisco, las que desde 1915 son una sola: Madero, y que hasta los años cincuenta fueron las más refinadas y las más transitadas por la gran sociedad citadina. De todos es sabido que Gutiérrez Nájera se sirvió de varios seudónimos, pero de ellos el más popu lar fue el de”Duque Job”. La Duquesa Job (1884) es, consecuentemente, el nombre que el poeta le dio a una joven mujer de la que estaba enamorado, cuya vida se desenvolvía a lo largo de P lateros y San Francisco, circunstanc la que aprovecha para s alpicar al poema con los sitios y personas locales en su quehacer cotid lano. Estoy persuadido de que si el autor hub lera vivido unos meses más y de haber compuesto su Duquesa Job a fín ales de 1895, en sus estrofas hub lera incluido también el Salón Rojo, primera sa la cinematográfica que se estableció precisamente en México en una de dichas calles en ese año. Como quiera que sea, la Duquesa Job es, también según José Emillo Pacheco” el primer poema hispanoamericano en el que frívo lamente aparece lo que entonces era el mundo moderno". Este poema se ha hecho sumamente popu lar por la juguetona y pegajosa quinteta: Desde las puertas de” la Sorpresa”hasta la esquina del Jockey Clubno hay españo la, yanqui o francesaNi más bonita ni más trav lesaque la duquesa del Duque Job. Ahora bien, durante mucho tiempo me pregunté, al igual que lo habrán hecho muchas otras personas, ¿qué cosa es la Sorpresa que remata el primer verso? Tardé mucho tiempo en comprender que tenía que tratarse de un establecim lento de alguna de las citadas calles que servía de referenc la al poeta para indicar el predominio de la Duquesa de un extremo a otro de aquel las y que, puesto que el Jockey Club ocupaba la Casa de los Azulejos en San Francisco y el callejón de la Condesa, la Sorpresa tenía que encontrarse en el extremo opuesto. Tuve la suerte de localizar un grabado publicitarlo de hace un siglo, mismo que reproduje en mi libro México 1900 ya publicado. En él aparece el gran edificio del almacén de ropa y novedades la Sorpresa que pertenecía a la firma francesa A. Forcaude y Compañía, y se ubicaba en la esquina sureste de la Primera Calle de P lateros (ahora sexta de Madero) con la de la P alma. Un mapa con directorlo comerc l al del centro de la capital, editado en 1883, lo confirma.”Desde la esquina de la Sorpresa (sic) hasta las puertas del Jockey Club…”“Así demarcó el ilustre Duque Job una zona de la geografía metropolitana donde, a la manera de los mapamundis antiguos podría inscribirse como título genérico Hic est vanitas (“aquí se h al la la vanidad”)”Pero en unos cuantos años que mirando hacia atrás me parecen otros tantos días, las cosas han camb lado tanto que no sólo esa zona urbana ha dejado de ser lo que fue, sino que aún los lugares que la demarcaban han desaparecido."“Puede decirse que, con excepción hecha de los templos y uno que otro edificio del trayecto, todos los demás han camb lado, y aún dejado de ser.” De esta manera se expresaba en sus Memorias José Juan Tab lada, otro grande y polifacético escritor, refiriéndose al Duque Job y a las calles de P lateros y de San Francisco en los tiempos del refinado poeta modernista, hacia 1890, cuando el v elnteañero Tab lada acababa de conocerlo. Este comparaba el aspecto que tenían entonces las dichas aristocráticas calles con el que presentaban un cuarto de siglo después, ya rebautizadas con el único nombre de Avenida Madero,una de cuyas placas identificadoras fue colocada person almente por Pancho Vil la. Por una singular coincidenc la, el año de 1995, el del centenario de la muerte de Manuel Gutiérrez Nájera, lo fue también del cincuentenarlo de la de José Juan Tab lada quien, en su mencionado libro, más ade lante anota:”Conocí a Gutiérrez Nájera cuando vivía en el archimexicano rumbo de la calle de las Rejas de B alvanera, donde pude visitarlo gracias a nuestras re laclones de familia, pues la esposa del poeta, Cecilia Malllefert, era sobrina de mi hermano político, Manuel de O laguíb el..."“Dos o tres veces a la semana, mientras mis ocupaclones me lo permit leron, lo acompañé ... atravesando la Plaza de Armas... por P lateros en camino hasta la redacción de el Partido Liber al” Para la segunda fecha a que hace referenc la en sus Memorias, José Juan Tab lada dice que”... El Jockey Club ha camb lado y dejado de ser..." y, efectivamente, en 1915 ya funclonaba en la Casa de los Azulejos un conocido y favorecido café restaurante y t lenda de reg alos. Empero, no menciona el escritor que para entonces la Sorpresa había camb lado su nombre por el de la Ciudad de Londres, si bien seguía siendo”un almacén francés" de ropa y novedades. Con la primera de las razones sociales, y fundada por A. Fourcade hacia 1880, se mantuvo hasta principios de 1910 cuando la adquirió la firma J. Olliv ler y Compañía mismo que la l lamó la Ciudad de Londres unos meses después nombre que conservaría hasta su extinción en 1930 como una consecuenc la del reflejo de la crisis desatada por la Gran Depresión. Ahora que, si bien se extinguió como giro mercantil, el viejo inmueble de la Sorpresa no se destruyó sino parcialmente, y la fracción de la esquina suror lental de Madero y P alma, que es la que sobrevive, permanece con prestanc la en nuestros días por sus valores intrínsecos, como edificio destinado a comerclos y oficinas. Resulta así muy satisfactorlo el comprobar que, tras una supervivenc la de por lo menos 125 años, todavía se tiene un buen edificio del Centro Histórico ubicado en el área que antaño se designaba como Primer Cuadro. Sin duda reemp lazó, y esto es lamentable, a una casa virr eln al, pero por lo menos estuvo dignamente construido. El que ya existía hacia 1870, aunque con una fachada más sencil la en sus acabados exterlores, lo demuestra una vieja fotografía de esa época que corresponde al paramento sur de la primera calle de P lateros, foto que reproduce Guillermo Tovar de Teresa en su reve lador y concientizador libro Historia de un Patrimonio Perdido. Fue posiblemente en 1880 cuando el señor A. Fourcade adquirió el inmueble, entonces lo remodeló interior y exterlormente y le añadió un cuarto nivel con el frontil redondeado, el cual se interrumpía con los vanos verticales de var las ventanas características de una mansarda. Toda la fachada fue revestida de hermosa y bien trabajada cantera de chiluca, se la cortó en pancupé, y en éste se abrieron elegantes b alcones en cada nivel. A lo largo de las cornisas del tercero de estos niveles se instaló un vistoso rótulo con la inscripción Sorpresa y Primavera, nombre que mantuvo hasta principios de 1910, la citada empresa J. Olliv ler y Compañía adquirió los almacenes para l lamarlo meses después la Ciudad de Londres. La mapoteca Orozco y Berra cuenta con un magnífico plano del Primer Cuadro de la Ciudad de México e laborado en 1883 por la benemérita imprenta de Víctor Debray insta lada, por cierto, a pocas calles de la Sorpresa, en la que ahora es la tercera de 16 de Septiembre. Este curloso y útil mapa tiene como novedosas características. por un lado, que presenta muy bien delimitados todos los lotes de cada una de las manzanas con el nombre del propietario o el de la razón soci al que ostentaban, y por otro en el que en sus márgenes aparecen enlistados unos y otras por orden alfabético. Es así como pueden verse en el lote de la esquina sureste del vértice de las calles de P lateros y la P alma y en el directorlo margin al las inscripclones de almacenes la Sorpresa. En 1910, durante las f lestas del Centenario de la Independencia, el edificio de la Sorpresa, al igual que otros inmuebles notables de la ciudad capital, luc leron una novedosa iluminación nocturna a base de e ser les de bombil las eléctricas. Con motivo de tales festejos, el almacén en cuestión ostentaba su nueva razón soci al: la Ciudad de Londres. los anunclos publicitarlos y los hermosos membretes de papel impreso para la correspondenc la de la casa comerc l al de principios de siglo muestran la b el la y sólida arquitectura de la Sorpresa, que tanto atrajo la atención y movió la sensibilidad de Manuel Gutiérrez Nájera, al grado que la utilizó como punto de referenc la en la calle de P lateros inmortalizándole por medio de la famosa quinteta que le resultó tan trav lesa como su propia amada: la Duquesa Job.
Fuente: México en el Tiempo # 15 octubrenoviembre 1996





