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Al despertar del Popocatepetl

Por: Jorge Neyra J

La actividad actual que mantiene el Popocatépetl es materia de estudio de la comunidad científica nacional e internacional, así como tema de interés del público en general.

Desde hace pocos años México cuenta con un sistema de protección civil en coordinación con un grupo de asesores científicos que monitorean los volcanes de mayor peligro que se encuentran cerca de grandes núcleos de población como el Fuego de Colima y el Popocatépetl.

El Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred), institución nacida a raíz de los sismos de 1985, es la encargada de la Red de Monitoreo del Popocatépetl. Gracias a ello se ha instalado equipo y se recibe información continua para realizar estudios junto con investigadores de los Institutos de Geología y Geofísica de la UNAM entre otros especialistas. Este hecho ubica a este volcán entre los mejor monitoreados del mundo

¿Cómo se vigila un volcán?

Vigilar un volcán implica observarlo todo el tiempo a través de una instrumentación especializada, con el fin de detectar oportunamente, variaciones de su actividad. Gracias a la información registrada en caso de una condición anómala que pudiera presentarse, se pueden aplicar medidas para salvaguardar la integridad de la población civil y su seguridad. Los tipos de monitoreo y vigilancia más conocidos son la vigilancia visual (mediante registros fotográficos y de video); el monitoreo geodésico (a través de redes de estaciones y puntos de observación); el monitoreo químico (con equipos de espectrometría y análisis químicos); y, el más importante, el monitoreo sísmico (por medio de sismómetros y geófonos, entre otros).

Historia de la instrumentación sísmica en el Popocatépetl

La primera estación de monitoreo sísmico fue colocada en julio de 1987 por el Instituto de Ingeniería de la UNAM; se ubicó en el cerro Altzomoni a cuatro kilómetros al norte de Paso de Cortés. En septiembre de 1989 el Departamento de Vulcanología del Instituto de Geofísica de la UNAM comienza la operación de una segunda estación en el cerro Tlamacas, que forma parte de la red sísmica del Servicio Sismológico Nacional. Con esta estación se marca el inicio del monitoreo sistemático de la sismicidad en la región del volcán. Desde 1993 se ha registrado un incremento en su actividad tanto sísmica como fumarólica. Incluso los montañistas que ascendíamos por esas fechas lo constatamos en repetidas ocasiones.

A principios de 1994 se instalan estaciones de observación con una mejor localización. Así, la Secretaría de Gobernación por medio de la Dirección General de Protección Civil encomendó al Cenapred, diseñar y poner en marcha una extensa red sísmica local con el fin específico de monitorear y vigilar la actividad del Popocatépetl.

En el segundo semestre de 1994 se instalan la primera y segunda estaciones sísmicas de esta red, entre el Instituto de Ingeniería y Cenapred. Paralelamente a las actividades de campo se comenzó a instalar en el Centro de Operaciones del Cenapred el equipo de registro de señales.

La actividad fumarólica desarrollada en los últimos dos años culminó con una serie de sacudimientos volcánicos en las primeras horas del 21 de diciembre de 1994. Ese día se encontraban operando cuatro estaciones y fueron las que registraron los eventos explosivos.

Cuando aclaró el día, una pluma de ceniza (es el nombre técnico que recibe el despliegue de nubes grisáceas muy espectaculares) fue observada, por primera vez en décadas, emergiendo del cráter del volcán. La emisión de cenizas fue moderada y produjo una nube casi horizontal con caída de cenizas en la ciudad de Puebla, situada a 45 kilómetros al este de la cima. Según estudios realizados, los sismos ocurridos el día 21 de diciembre y otros son producto de un fracturamiento de la estructura interna que origina la apertura de conductos por donde salen abundantes gases y cenizas.

En 1995, se complementó y perfeccionó la red de monitoreo con la colocación de estaciones en la vertiente sur del volcán.

Se enfrentaron múltiples obstáculos para la instalación de estos equipos como el clima, las vías de comunicación que son escasas en otras partes del volcán (salvo la cara norte), por lo que hubo que abrir brechas.

Red de monitoreo glacial

Un glaciar es una masa de hielo que fluye por acción de la gravedad desplazándose pendiente abajo. Poco se sabe de los glaciares que cubren montañas con actividad volcánica como el Popocatépetl; sin embargo, su presencia representa un peligro adicional en las inmediaciones de este tipo de volcanes, de ahí la necesidad de estudiar estos cuerpos de hielo. En este sentido, Se están verificando algunos estudios geológicos sobre los glaciares que cubren el volcán por medio de una red de monitoreo glacial.

En el Popocatépetl el área glaciada reportada en las últimas investigaciones abarca 0.5 km². Existe un glaciar llamado del Ventorrillo y otro denominado glaciar Noroccidental, ambos nacen muy cerca de la cumbre del volcán. El primero exhibe una orientación norte y desciende hasta los 4,760 msnm; termina en tres lenguas (prolongaciones notables), que presentan una fuerte inclinación, y su espesor máximo se estima en 70 metros. El otro glaciar muestra una orientación noroeste y finaliza hacia los 5,060 msnm; se considera un glaciar delgado que termina suavemente, y que es el remanente de un glaciar mayor.

Por otro lado, la observación de registros fotográficos y la comparación de los inventarios glaciales indican que hay un franco retroceso y adelgazamiento de las masas de hielo del Popocatépetl causado, en principio, por el cambio climático global que está ocurriendo en la Tierra. Al comparar los dos inventarios publicados en 1964 y 1993, se calcula una reducción del glaciar de 0.161 km² o sea cercana al 22 por ciento.

También se considera que la influencia de la contaminación ambiental en la Ciudad de México (que llega a más de 6,000 msnm) puede afectar los glaciares del Popocatépetl debido al efecto invernadero que aumenta la temperatura del aire.

Si bien la masa de hielo de este volcán es pequeña, aún es lo suficientemente robusta y podría verse influenciada por la actividad que presenta la montaña y derretirse parcial o totalmente, lo que provocaría serios daños. La peor escena sería que hubiera una erupción explosiva. Cabe aclarar que no siempre lo que se ve son manifestaciones explosivas, ya que una exhalación es la emisión de gas y ceniza que se caracteriza por eventos sísmicos de magnitud y profundidad baja, mientras que una explosión incluye ceniza, gases, y material mayor, con sismos de alta frecuencia (magnitud y profundidad alta).

La mezcla de cenizas con agua de fusión del glaciar podría ocasionar un flujo de lodos que llegaría a desplazarse por los cauces donde drenan agua los glaciares y alcanzar a las poblaciones que se encuentran al final de éstos, sobre todo del lado de Puebla. Existen estudios geológicos que dan cuenta de la ocurrencia de estos fenómenos en el pasado.

En conclusión, si los glaciares llegaran a ser afectados por una erupción o porque el hombre ha acelerado su proceso de retroceso, habría una alteración en los ritmos de suministro de agua a las poblaciones circunvecinas. Ello traería afectaciones en el desarrollo económico de la región y generarían un efecto de desertificación a largo plazo que es difícil de prever.

Estimación de las poblaciones afectadas

El Instituto de Geografía se ha encargado de investigar las posibles repercusiones sobre la población por una posible caída de cenizas. Durante el primer semestre de 1995 se analizó la dirección y dimensión de la pluma de cenizas a partir de imágenes del satélite GEOS-8 de los días 22, 26, 27 ,28 y 31 de diciembre de 1994. Con ello se determinó la afectación sobre la población en un radio de 100 kilómetros alrededor del volcán.

Gracias a los datos sobre el comportamiento de la atmósfera y la apreciación de los cambios de dirección de la pluma o nube de ceniza revelados por las imágenes de satélite, se deduce que las direcciones sureste, sur y este son las predominantes. Esto se explica por los sistemas de vientos más frecuentes en invierno. Asimismo se estima que en el verano la nube de cenizas cambiaría de dirección dominante hacia el norte o el oeste, completando así un ciclo anual.

El espacio territorial que se ha analizado en el estudio es de aproximadamente 15,708 km² y abarca el Distrito Federal, Tlaxcala, Morelos y parcialmente los estados de Hidalgo, México y Puebla.

Un caso particular de afectación se presentaría para la Ciudad de México, debido a que las cantidades de ceniza provenientes del Popocatépetl se añadirían a sus condiciones de alta contaminación (se han detectado cuando menos 100 contaminantes en su aire), y por consiguiente habría mayores riesgos para la salud de sus habitantes.

La reactivación del volcán durante 1996

Para explicar y entender los sucesos recientes, es preciso mencionar que dentro del cráter del Popocatépetl había un segundo cráter o depresión interna. Esta estructura se formó después de la explosión ocasionada por los trabajadores que extraían el azufre en 1919. Antes de los últimos eventos ocurridos, en su fondo se encontraba también un pequeño lago de aguas verdosas que se comportaba de manera intermitentemente; sin embargo, en la actualidad, tanto el lago como el segundo embudo interior han desaparecido.

Con la actividad ocurrida en diciembre de 1994 se formaron dos nuevos conductos, y con la reactivación del volcán en marzo de 1996, a los dos anteriores se les ha sumado un tercer conducto; los tres poseen una ubicación sureste. Uno de ellos (el que está más al sur) ha estado presentando mayor producción de gases y cenizas. Los conductos se encuentran en el fondo del cráter pegados a las paredes interiores y son más pequeños a diferencia del segundo embudo que desapareció, el cual estaba en la parte central del gran cráter y era de mayores dimensiones.

Se ha constatado que los sismos que se presentan provienen de estos conductos y se producen por la rápida salida de gases que arrastran cenizas de los conductos volcánicos llevándoselas consigo. Los epicentros de los sismos detectados en laderas norte encuentran su hipocentro, la mayoría, entre 5 y 6 kilómetros debajo del cráter. Aunque ha habido otros más profundos, a 12 kilómetros, que representan mayor peligro.

Esto provoca un despliegue de las llamadas plumas compuestas de cenizas viejas y frías, que según los vientos dominantes son llevadas y depositadas en las inmediaciones del volcán; las partes más expuestas hasta ahora son las vertientes noreste, este y sur que dan al estado de Puebla.

Al proceso general se le sumó una lenta expulsión de lava (iniciado el 25 de marzo de 1996) desde una boca de 10 metros de diámetro, localizada entre los conductos de emanación de gases y cenizas nuevas. En principio era una pequeña lengua formada por bloques de lava que tendieron a rellenar la depresión formada en 1919. Este proceso de extrusión de lava produjo una deflación o inclinación del cono hacia el sur invadiendo el interior del cráter unido a el surgimiento de un domo de escoria el día 8 de abril. En consecuencia el Popocatépetl mostró un nuevo estado de peligrosidad como lo atestiguan la muerte de 5 montañistas, a quienes al parecer los alcanzó una exhalación ocurrida el 30 de abril.

Finalmente las observaciones aéreas han brindado información que confirman que el proceso de reactivación es muy similar a los reportados entre 1919 y 1923, y muy parecido al que se ha desarrollado en el volcán de Colima desde hace casi 30 años.

Los especialistas del Cenapred afirman que este proceso pudiera detenerse después de un tiempo, pues a la velocidad actual, se requeriría de varios años para que la lava rebasara el labio inferior del cráter del Popocatépetl. De todas maneras el monitoreo no deja de efectuarse al máximo durante las 24 horas del día. Al cierre de la edición del reportaje, los accesos normales a Tlamacas continúan cerrados y se ha mantenido la alerta volcánica -nivel amarillo- establecido desde diciembre de 1994.

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