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Artesanía tlaxcalteca, herencia de una antigua tradición

Por: Alejandro Zenteno

Un recorrido por Tlaxcala nos permite acercarnos a los pueblos y talleres, donde los artesanos trabajan y recuperan al mismo tiempo la esencia de sus propias raíces.

Con la destreza que desde niño ha ido perfeccionando, Ricardo Molina esgrime una navaja hecha por él mismo y con ella va tallando la imagen de un guerrero águila en un huéhuetl de ayacahuite. Bastones, teponaxtles, bates, fuetes, portalapiceros, manguillos, abrecartas y ajedreces son algunas de las artesanías de madera que se producen en este taller de una familia que suma cuatro generaciones en el oficio. 

Estamos en San Esteban Tizatlán, uno de los cuatro señoríos tlaxcaltecas que aún perduran como barrios en torno de la capital del estado.  Con la familia Molina iniciamos un recorrido por Tlaxcala, donde admiramos las artesanías más importantes de una región con profundas raíces culturales. Mis anfitriones de turismo estatal han trabajado durante los últimos años en la promoción de los artesanos, organizando visitas a sus propios centros de trabajo, así como ferias, exposiciones y concursos.  Los Molina representan una de las expresiones más sobresalientes de la artesanía estatal. La dinastía comienza con Pilar Molina, bisabuelo de Ricardo; prosigue con Agustín Molina, abuelo, y después con Marcial, el padre de Ricardo, Marcial y Ricardo son los más activos talladores de una familia donde algunos jovencitos ya se inician en el manejo de las gubias y los formones. 

La siguiente jornada de nuestro recorrido se inicia con la agradable presencia de David Sánchez, un pintor que hace imitaciones en papel amate de la iconografía prehispánica, como son los murales de Cacaxtla y de Bonampak, entre otros. En ocasiones suele pintar en la Plaza de Armas, adonde nos trasladamos para fotografía sus cuadros.  De la Plaza de Armas nos dirigimos a San Bernardino Contla, varios kilómetros delante de Santa Ana Chiautempan. Allí se fabrican los famosos saltillos, tapetes policromados cuyo nombre proviene de un “salto” característico de la tela al estarse trabajando, y no porque sean de Saltillo, Coahuila. Nos recibe Pablo Conde Hernández, quien nos explica que los telares de madera con que se trabaja el saltillo en San Bernardino han sido utilizados desde hace varios siglos. La tradición es tan fuerte que se cree que existen cerca de cuatro mil telares en todo el pueblo.  Nuestra siguiente visita es a San Sebastían Atlahapa, 5 km al sur de Tlaxcala.

En este pueblo se mantiene viva una de las más antiguas tradiciones artesanales del país: el barro cocido. Inés Coyotzin y don Cornelio nos reciben en sus respectivas casas para mostrarnos su obra y la manera en que la realizan. Ellos no trabajan con torno ni con molde, por lo que su dominio sobre el barro tiene mayor mérito. Sus piezas son sencillas pero de buena calidad.  Nuestro recorrido prosigue hacia Tlatempan, 2 km al norte de Santa Ana. Allí nos espera el señor Pedro Amador Reyes Juárez, fabricante de máscaras de madera que son empleadas en ceremonias religiosas y otros eventos, como la Danza de los huehues (viejos) o la de los Chivarrudos.

El oficio que ha logrado este artesano le permite hacer trabajos mayores, como ángeles, querubines, cristos, santos y otras imágenes.  La talavera tlaxcalteca es otra artesanía importante. Nos trasladamos por la carretera Puebla-Tlaxcala hasta la sociedad Cooperativa Alfarería Mayólica, situada muy cerca de la frontera con el estado y la capital poblana. La técnica de la talavera mayólica proviene de Mallorca, España. Su esmalte base es el crema y sus colores básicos: rojo, verde, azul, negro y amarillo. La talavera poblana tiene como esmalte base el blanco, utiliza mayor variedad de colores y suele presentarse en relieve. A pesar de esas características, la talavera mayólica posee una gran riqueza plástica, sorprendente si consideramos que estos artesanos apenas tiene un año en el oficio. 

San Isidro Buensuceso es un pueblo situado en las faltas del volcán La Malinche, al que llegamos por la tarde para fotografiar el bordado a máquina de la familia Arce. Tlaxcala se distingue por la laboriosidad y el colorido de sus trabajos sobre tela.  Para cubrir esta jornada quisimos visitar un último sitio, por lo cual partimos hacia Xaltocan, población situada 5 km al poniente del crucero donde se dobla hacia México, vía Texcoco. En Xaltocan los canteros elaboran a un lado de la carretera, formando a golpe de cincel, figuras de leones, caballos, columnas, fuentes y cuanto motivo se les encargue, tanto en cantera rosa como en verde. El vuelo de las esquirlas se prolonga hasta la ya próxima caída del sol.    

El tercer día de labor se inicia en San Pablo del Monte, al sureste del volcán La Malinche, donde reside don Pablo Capilla Sánchez, artesano del ónix, y sus hijas Beatríz, María, Yolanda y Laura, quienes trabajan el popotillo, singular elaboración de cuadros con varitas de paja. De los once hijos de don Pablo, los cuatro varones se han dedicado a otros oficios, por lo que solamente él se mantiene activo en el taller. Don Pablo ha alcanzado un considerable dominio sobre el ónix. Muchas de sus piezas son esculturas con elementos abstractos, verdaderas obras de arte en más de un caso. 

De sus siete hijas sólo las solteras continúan laborando el popotillo, donde también interviene la creatividad, aunque en menor grado. Los pasos que siguen las muchachas son el dibujo, inspirado en fotos y pinturas, y a veces en diseños propios; después viene el encerado de las bases de madera (hechas por don Pablo); y se finaliza con el remarcado y rellenado con las pajitas de popotillo que van siendo cortadas con la uña.  La Trinidad Tenexyecac es nuestro próximo punto, al que llegamos ya entrada la tarde. Como San Sebastían, también éste es un pueblo alfarero donde se produce la loza vidriada. Y mientras algunos artesanos como Antonio Vázquez y Yolanda Solana se dedican a la elaboración de ollas de gran tamaño, otros como Genaro, Francisco y Juan Dávila, sienten predilección por objetos más pequeños. Estos último nos muestran, además de algunas miniaturas, una olla con relieves pintadas que mereció el premio estatal de alfarería. 

La misma autopista Tlaxcala-Texmelucan que nos condujo a La Trinidad, lleva hacia Popocatla ixtacuixtla. Aquí se encuentra el taller del señor Federico Díaz Flores, consumado exponente de la cartonería.  Piñatas, alebrijes, figuras para carros alegóricos, santos, máscaras de papel, matachines, cristos... son algunos de los objetos que se producen en esta casataller, donde todos los familiares participan en el trabajo.  El cuatro día de labor lo iniciamos con un viaje a Españita, población situada 20 km antes de Calpulalpan, por la carretera a Texcoco.

En Españita vive la señora Soledad Gutiérrez, quien nos atiende cordialmente y nos muestra sus muñecas de totomochtli, que es la hoja seca de la planta de maíz. Doña Soledad tiene cuatro años trabajando las muñecas y se inspira en detalles del pueblo para elaborarlas. Además de las muñecas también produce cristos, vírgenes, santos, querubines, ángeles, bailarinas, poblanas, payasos, campesinos, médicos, nacimientos, canastas, entre muchos otros objetos.  Terminada esta visita nuestro siguiente objetivo es Tlaxco, 24 km al norte de Apizaco.

La ciudad de Tlaxco es famosa por su platería, en cuyo acabado confluyen la tradición prehispánica y la europea. Aquí visitamos el taller de la maestra Eva Martínez Sánchez, donde nos atendieron Erasmo Hernández y Lucía Hernández. Ellos nos explicaron la técnica de la plata a la cera perdida.  Lucía nos muestra la forma en que se colocan en un vástago los pedacitos de cera previamente formados en molde y preparados según un procedo especial. El vástago, sostenido por una peana, se introduce a un cubilete que será a su vez rellenado con yeso.

Posteriormente se funde a 600 o 700° C y se escurre la cera, quedando una cavidad que será ocupada por la plata. Esta se funde al punto de mercurio (800°), se vierte en el cubilete y se coloca en la centrífuga, donde gira a por lo menos 500 revoluciones por minuto. Posteriormente se saca el cubilete y se retira el yeso para recoger las piezas que después serán pulidas de acuerdo con varias técnicas. Las joyas logradas al final del procesos son de gran finura y rivalizan con las de cualquier otra región del país.  La jornada del jueves la terminamos en Tzompantepec, cerca de Apizaco, donde se elaboran ollas de barro, una artesanía que puede desaparecer por los pocos ingresos que produce. El señor Roberto Álvarez es uno de los últimos exponentes de esta artesanía y nos muestra la manera como apisona el barro con una piedra, a diferencia de otros alfareros, que lo hacen con rodillo. 

En Tzompantepec aprovechamos la oportunidad y visitamos a un par de artesanos de la cestería, quienes elaboran petates, sopladores, canastos y muchos otros objetos.  El último día del recorrido se termina con dos sitios ubicados en el extremo del estado. El primero es El Carmen Tequixquitla, casi en el límite oriente de Tlaxcala, y el segundo Atlatzayanca de Hidalgo, también en la zona oriente. En el primero encontramos al señor Dionisio Espinosa, quien trabaja la hoja de tule y fabrica sillas desde hace 38 años.  En el segundo y último visitamos la casa de Gregorio Hernández Bretón, quien lleva once años construyendo salterios. Nos recibe su hijo y nos explica algunos detalles. Anteriormente don Gregorio fue panadero, pero siempre tuvo inquietudes artísticas.

Cuando hace doce años una misión cultural impartió cursos de música y de carpintería, él se inscribió y aprendió a fabricar el instrumento que ahora podemos admirar. 

RAÍCES DE UNA CULTURA MILENARIA       

Si bien no pudimos cubrir el total de las artesanías tlaxcaltecas (fundición de campañas, cuadros con semillas de maíz y talabartería, entre otras) el trabajo fue mucho más vasto de lo previsto, con lo cual se pudo abarcar un excelente panorama sobre una región del país con profundo pasado cultural. Tlaxcala es un estado donde la lengua náhuatl tiene una presencia muy fuerte y donde el espíritu comunitario aún se basa en la organización indígena. Esto explica en gran parte el hecho de que el trabajo no sólo se comparta entre la familia, sino también, en muchas ocasiones, con todo el pueblo. Las técnicas se aprenden de los padres y los abuelos, pero además se transmiten entre personas que no tienen vínculos familiares. Así, mientras alguna familia deja de producir el cambiar de oficio sus integrantes, nunca falta quien retoma la tradición y le imprime su propio sello. 

Un aspecto importante es que la mayoría de los artesanos combina su oficio con la agricultura de subsistencia, principalmente el cultivo de maíz.  El proceso de desertificación que sufre México ha afectado fuertemente a Tlaxcala, que no se caracteriza por la abundancia de lluvias. Esto vuelve mucho más importante cualquier esfuerzo por fomentar y respaldar el trabajo de los artesanos. En ellos está el corazón de una patria que necesita recobrar sus raíces. Una patria que necesita mirarse al espejo sin desconocerse.  Fuente:  México desconocido No. 250 / diciembre 1997 

 

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