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Atlixcáyotl, arcoiris en movimiento (Puebla)

Por: Édgar Anaya Rodríguez

Cuando la danza estalla y se riega en el Netotiloaya ya nada la detiene, porque se gestó a lo largo de 365 días, porque esta es la ocasión esperada en la antigua Atlixco.

Colorido abanico humano que se agita, se abre y se cierra para deleitar a los dioses, y de paso a los hombres. Éstos se reúnen a danzar y los dioses lo hacen para ser recreados y para recibir las súplicas de que su benevolencia siga conservando al mundo. Cuando la danza estalla y se riega en el Netotiloaya ya nada la detiene, porque se gestó a lo largo de 365 días –en realidad durante varios siglos–, porque esta es la ocasión esperada y este el lugar correcto para su parto florido y vigoroso: el último domingo de septiembre en la antigua Atlixco, donde se reúne la danza de Puebla, la esencia de la cultura indígena del estado.

Todo un día de danza, todo un año de preparativos, toda una tradición de siglos... y todo un mosaico humano: nahuas, otomíes, totonacas, popolocas y mixtecas de los Valles Centrales, La Cañada, la Mixteca Poblana, la Región Costera, Los Volcanes, la Tierra Caliente, la Región Popoloca, la Sierra de Tehuacán, la Huasteca, Los Llanos y la Sierra Norte. Las once regiones del estado. Cada atuendo, adorno y danza, cada lengua con sus vocablos y tonos diferentes, cada tradición recreada en torno al baile, cada creencia y costumbre, artesanía, cultivo y objeto tomado del medio ambiente, une más, reaviva y reafirma la identidad de los pueblos indígenas del estado, en Atlixco. Por eso el importante encuentro de danza con sede en esta ciudad se llama Huey Atlixcáyotl, es decir, la gran fiesta de la tradición atlixquense.

Como ombligo de la antigua Villa de Carrión, hoy Atlixco, el cerro de San Miguel siempre ha estado en las miradas y en las mentes de los habitantes asentados en su alrededor. Popocatica, “el humeador”, lo llamaron antes de la conquista, pues el humo de los rituales en honor a Quetzalcóatl y Xochipilli –deidad ésta de la música y las flores– era parte de su paisaje. Los misioneros de la Colonia, tratando de sustituir a las deidades anteriores, le construyeron al alado San Miguel Arcángel una capilla en la cima; sin embargo el cerrito conservó los restos de sus adoratorios prehispánicos... y de los rituales que en él se han celebrado: las danzas.

A la mitad de la ladera norte del cerro, en una explanada robada a la pendiente, se encuentra el Netotiloaya, lugar de la danza, escenario del Atlixcáyotl, con sus gradas y su foro. Enmedio de éste, el conocido mástil de la Danza de los Voladores de la Sierra Norte, y en el extremo izquierdo el arco florido por donde salen cada uno de los cientos de participantes del encuentro dancístico. Esta gran reunión surgió en 1965, retomada de tiempos antiguos por el estadounidense Cayuqui Estage Noel. Dos décadas después, la estafeta de la organización pasó a la señora Guillermina Peña, como presidenta de la Asociación Cultural Atlixcáyotl. Actualmente es doña María Elena Pacheco quien ocupa el cargo y coordina todos los preparativos para realizar el Atlixcáyotl los días 23 y 24 de septiembre. En 1996 se declaró al Huey Atlixcáyotl Patrimonio Cultural del Estado de Puebla. El Atlixcáyotl, que recuerda a una Guelaguetza de Oaxaca no comercializada, es motivo de reflexión: en México cada estado encierra riquezas con las que se podrían organizar encuentros similares.

De Cuauxicala, por el rumbo de Huauchinango, en la Sierra Norte, llega la Danza de Moros y Cristianos, representación del enfrentamiento entre españoles y musulmanes con que los conquistadores sustituyeron las danzas guerreras indígenas; y de San Pedro Cuaco (Benito Juárez), una poco común versión femenina de esta danza. La zona de la Mixteca, colindante con Oaxaca, está representada por Acatlán, con su Danza de Tecuanis, o jaguares, y por El Rosario Micaltepec, con sus jarabes.  Danzas, danzas, danzas. Pintorescas como el Son del Gallito, de San Juan Ocotepec, región de Los Volcanes; danzas de conquista, como la de Santiagos, de Jalpan, Sierra Norte; danzas de fertilidad, como la de Los Enanos, tradicional en La Soledad Morelos, la cual oculta, tras su aspecto juguetón, antiguos ritos de petición de lluvia.

Danzas rituales, como la de Migueles –lucha eterna entre el bien y el mal– con la que se hace presente en el Atlixcáyotl el pueblo de Zihuateutla; danzas de la vida cotidiana, como la del pueblo popoloca de San Martín Tlacoyalco, que recuerda la corrida de toros –Danza de Toriteros–, y danzas que reflejan las tradiciones, como la Boda Indígena que presenta La Magdalena Yancuitlalpan, comunidad recostada a los pies del Popocatépetl. Del mismo Atlixco se presentan bailes, como el de Las Calabazas, y de regiones lejanas del estado, de su extremo sureste, en los límites con Oaxaca, donde se asienta el pueblo popoloca de Santa María Coyomeapan, llegan danzas como la de Arcos y El Torito.

Las danzas del Atlixcáyotl llenan la vista con sus giros, el oído con su música profunda, el espacio con sus integrantes, y llenan el tiempo, el día, porque se suceden una tras otra, prácticamente desde que sale el sol hasta que se pone. Son danzas largas que en las comunidades se bailan completas, sin ninguna prisa y con toda su carga de simbolismos, pero que en el Atlixcáyotl se tienen que presentar en versiones más cortas para lucir el mayor número de ellas. Sin embargo, un día antes, el sábado por la tarde, después de desfilar por la ciudad los participantes de las distintas comunidades, cada una interpreta el argumento completo de su danza en el zócalo de Atlixco, que se convierte así en el “salón” de una gran fiesta poblana. También allí se realiza la elección de la Xochicíhuatl –mujer flor, reina de la fiesta– de entre varias participantes del encuentro de danza: gana quien mejor porta sus atuendos tradicionales y explica, tanto en su lengua como en español, sus actividades cotidianas y sus tradiciones. Con la rítmica música de El Tlaxcalteco, casi una rúbrica del Atlixcáyotl, aparecen los canastos llenos de ardientes fuegos pirotécnicos, con los que bailan sobre la cabeza las intérpretes de la singularísima Danza de las Canastas.

Con los explosivos toritos culminan los preparativos del sábado. Los participantes se retiran a su albergue y Atlixco queda en ansiosa espera del amanecer para dar lugar a la fiesta grande de la danza. Una vez que todo Atlixco parece haberse acomodado en el Netotiloaya, primero en las gradas y, al llenarse, en la ladera del cerro, se da inicio a la ceremonia de apertura. Por tradición, corresponde al pueblo vecino de San Jerónimo Coyula hacer La Llamada, con los ritmos prehispánicos de la chirimía y el huéhuetl, para convocar a la gran fiesta, según la costumbre antigua. La inauguración continúa con la entrega del topilli o bastón de mando de la fiesta a la autoridad gubernamental presente y luego se corona con flores a la Xochicíhuatl, quien preside el encuentro acompañada de las Xochipilme, las muchachas que obtuvieron el segundo y tercer puesto en la elección.

Son ellas, junto con la presidenta de la Asociación Cultural Atlixcáyotl, quienes cortan el listón inaugural del arco enflorado por donde brota la cascada de danzas. La mazorca florida cargada de danza se desgrana; una tras otra y otra se suceden las danzas. Algunas irrumpen con brío y otras con dulzura y suavidad, pero todas tienen momentos conmovedores: las abuelas, las ancianas, bailando con sus arrugas, su experiencia y su vitalidad permanente a cuestas; las mujeres, que al terminar su danza se acercan al público para lanzarle la fruta y las flores que fueron parte de su atuendo, en el acto supremo del compartir; los niños, participando en el ritual con toda seriedad y responsabilidad. 

¿Qué danza es la mejor? No es posible afirmarlo, porque no es un concurso ni un festival folclórico. No se trata de quedar bien con nadie, salvo con la tradición. No es baile, mestizo de origen, ejecutado para el placer; es danza, indígena, conciencia prehispánica, responsabilidad social. Los danzantes que se preparan para su participación se transforman al vestirse, al colocarse las máscaras. Dejan a un lado su estado de ánimo, y con él, a su yo, para meterse en el Universo y repetir los fenómenos de la naturaleza y recrear los acontecimientos divinos y humanos.

 La mazorca florida cargada de danzas se desgranó; sólo falta la última de ellas, que está por concluir: entre el silencio de la expectación los hombres pájaro de la Sierra Norte descienden volando en torno del mástil sagrado. Bajan de las alturas como bajan las nubes para arropar al Popocatépetl, que empieza a prepararse para pasar la noche. Bajan del Netotiloaya los hombres de la danza y bajan del cerro sus espectadores. Por último, baja el sol al nivel del suelo y se entierra en él. La misión está cumplida. La satisfacción se eleva, y con ella, la espera gustosa del siguiente Atlixcáyotl. 

SI VAS A ATLIXCO

La población con el mejor clima del mundo, como se le ha llamado a Atlixco, cuenta con varios hoteles de todas las categorías, que para el Atlixcáyotl se deben reservar con anticipación. La ciudad de Puebla se encuentra a 30 km y de su central (CAPU) salen con frecuencia autobuses para Atlixco; no hay ninguno directo desde la ciudad de México. 

Banca Parque Colón

 

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