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Bahía Navachiste. Un viaje ecoturístico sin igual

Por: Luis Romo Cedano

En la parte norte del sistema de esteros de Sinaloa, la bahía Navachiste alberga petroglifos, paisajes naturales increíbles y una sorprendente isla con decenas de especies de aves.

Desde antes de llegar a la bahía Navachiste, en donde realizaríamos un largo recorrido marino, se auguraba una riqueza natural extraordinaria. Nuestro centro de reunión era Playa Las Glorias, a 40 km al sur de Guasave, Sinaloa. A la vera del camino que une ambos puntos, un sinnúmero de garzas blancas picoteaban incesantemente sobre los surcos recién abiertos por los tractores y en la playa los chorlitos buscaban algún crustáceo bajo la arena húmeda, al tiempo que grandes bandadas de pelícanos y otras aves sobrevolaban las olas. Mientras tanto, en los comedores servían distintas variedades de los deliciosos pescados zarandeados, capturados justo enfrente. Con todo, nuestras expectativas se quedaron cortas ante lo que más tarde observamos.

La bahía Navachiste es propiamente una parte de la larga cadena de esteros que desde Nayarit cubren la costa del Pacífico mexicano hasta el extremo sur del estado de Sonora. Al mismo tiempo, es una región independiente formada no por una bahía, sino por un conjunto de bahías, islas y esteros, que en toda su amplitud puede medir 60 km de largo en el eje de la costa, por unos 15 km de ancho. Su principal virtud económica radica en la gran cantidad de pesca que ofrece; pero su riqueza, como lo pudimos comprobar, rebasa ese ámbito. En realidad es todo un mundo poblado de abundante vida natural, sobre todo de aves, e interesantes vestigios culturales.

Durante nuestro recorrido en lancha quizá la parte menos llamativa la encontramos en el occidente. Buscábamos zonas arqueológicas de las que teníamos vagas noticias, y algunos pescadores nos orientaron, o confundieron, con la mención de “El Nachito”, un “algo” que nunca supimos bien de qué se trataba, si de una formación natural, de una escultura prehispánica o de la imagen de un santo. De acuerdo con la descripción de los pescadores, se encontraba en una cueva de aquel lado de la bahía. Nunca dimos con el tal “Nachito”, pero en cambio pudimos gozar de hermosos paisajes y rincones.

Hacia el poniente, las islas y tierra firme tienden a presentar un relieve relativamente pronunciado. Una gruesa península cubierta de serranías separa por esa parte a la bahía Navachiste de las bahías Topolobampo y Ohuira. Los cerros junto al mar llegan a tener ahí cientos de metros de altura y son bastante secos aun en octubre, en las postrimerías de la temporada de lluvias, pero el agua de mar, aunque salada, opera el milagro y logra dar vida a los manglares en algunos segmentos de la playa.

El espectáculo resulta imponente gracias a la atmósfera de soledad que todo lo cubre. Muy de vez en cuando, una panga de pescadores o algún ave pescadora se aparecen por ahí. En aquella parte, como los cerros muchas veces descienden directamente al mar, abundan los acantilados. Hay una área que le llaman la “isla de los poetas”, ya que periódicamente se celebra una reunión internacional de poetas, quienes, como parte de los actos de la reunión, escriben versos en las paredes rocosas. Nosotros pudimos ver un par de ellos, raro grafiti, seguramente inspirados en el bello paisaje: “todo azul mar pez acantilado bruma tristeza”; “paciencia por el sol molida: arena”.

EL CORAZÓN DE NAVACHISTE

De todo el paisaje serrano de la bahía, el elemento que a todas luces resulta más atractivo es un islote llamado Cerrito Blanco. Éste se encuentra más bien en el centro de la bahía, en medio de una docena de islas.

El Cerrito Blanco es una gran roca de algunas decenas de metros de largo por unos 20 m de altura sobre el nivel del agua. Sus dimensiones lo convierten en una de las últimas elevaciones visibles de la bahía, pero por sí mismas no la hacen atractiva. Su magia estriba en el color que le da tal nombre: aunque originalmente era de tono rojizo, el guano la volvió de una blancura deslumbrante.

En el laberinto de islas de la parte central tuvimos mejor suerte en nuestra búsqueda de zonas arqueológicas. Preguntamos a un grupo de pescadores y gentilmente nos guiaron alrededor de una gran isla. Tuvimos que ir con mucha lentitud porque las hélices de las lanchas removían el fango del fondo de la bahía, que en general no es muy profunda. Finalmente dimos con un punto llamado “Las Ventanas”, una delgada península junto a la cual había algunos cerros. La playa estaba cundida de grandes piedras, entre las que desembarcamos lo mejor que pudimos. Saltando de una a otra fuimos descubriendo aquel extraño conjunto. Aquí y allá se distinguían trazos bastante toscos pero inconfundiblemente humanos, hechos sobre varias de las rocas mayores a lo largo de cincuenta metros o más de playa. La mayoría de los grabados consistía en indescifrables diseños abstractos, si bien en una losa de un metro de ancho observamos las formas más familiares de cruces acompañadas de otros dibujos. Sin embargo, los petroglifos más sofisticados eran dos grandes y hermosas espirales, quizá geometrizaciones de conchas de caracol, como de medio metro de diámetro.

Es posible que algún grupo de pescadores y recolectores cahítas haya habitado el lugar, pero no hay forma de saberlo. De cualquier modo, los petroglifos atestiguan que desde hace siglos el hombre ha conocido y habitado Navachiste.

LA ISLA DE LOS PÁJAROS

El plato fuerte de toda la bahía es la Isla de los Pájaros, nuestro objetivo principal. La isla no impresiona mucho desde lejos. Es un trozo de tierra tan plano como el resto, de acaso kilómetro y medio de diámetro. Un anillo incompleto de manglares la circunda. En su superficie crecen profusos matorrales espinosos y algunos grandes cactos. El asombro se produce cuando uno se acerca y entiende el por qué de su nombre.

La cantidad de aves que hay ahí es simplemente extraordinaria. El biólogo Alejandro Nolasco y nuestro amable anfitrión, Gustavo Miguel Rivera, que conoce muy bien el lugar, fueron dando los nombres locales de muchas de ellas. Ahí, a la vuelta de una pequeña saliente rocosa, nadaba medio centenar de cormoranes de distintos tipos (Phalacrocorax sp.). Entre ellos había algunas garzas pardas y varios pelícanos grises (Pelecanus occidentalis). En la siguiente playa, decenas de gaviotas compartían las ramas de los manglares con numerosas fragatas magníficas (Fregata magnificens), muchas jóvenes y unos cuantos machos con su vistoso buche colorado. Más allá, un águila pescadora nos miraba con recelo. No había tramo de costa sin uno o varios vigilantes alados.

El interior no estaba menos poblado. Cientos de cormoranes, habituados a la ausencia de humanos, anidaban sobre los arbustos, a uno o dos metros del suelo. Los grandes cardones eran atalayas favoritas de algunas familias. En uno de ellos, un ibis oscuro (Plegadis chihi) nos observaba solitario. En otro, un buen número de garzas blancas de distintos tamaños habían construido varios nidos entre sus largos brazos. Muy probablemente eran de diferentes especies, puesto que gustan de establecer colonias mixtas. En otros rincones detectamos zopilotes, chanates, gallitos... Y mientras tanto, el cielo parecía picado de viruelas por la cantidad de aves negras, cafés y blancas que volaban encima de nosotros.

Tan sorprendente como el número de individuos que habitan la isla, es el número de especies. En nuestro rudimentario recuento logramos distinguir arriba de una docena de ellas, aunque era principios de octubre, cuando aún no habían llegado las especies migratorias. Gustavo, sin embargo, nos contó que en febrero de 1999 acompañó a varios estadounidenses aficionados a la observación de pájaros, y que éstos, mucho mejor entrenados, llegaron a contar 117 especies diferentes. Cuando más adelante recurrí a la ayuda de la bióloga Esperanza Álvarez Mondragón, del Museo de Zoología de la Facultad de Ciencias de la UNAM, para tratar de ubicar el probable nombre científico de algunas especies avistadas, ella me explicó que en general las islas mexicanas no suelen albergar grandes cantidades de aves y mucho menos aves que aniden, de tal modo que 117 especies “es un gran número”.

Cuando uno deja un sitio como ese se lleva sentimientos encontrados. El más opresivo es la preocupación por su futuro. Si muy pronto no se aplican las medidas adecuadas para su conservación terminará por perderse. Hoy la Isla de los Pájaros debe su riqueza a la abundancia de vida acuática de la bahía, pero también a que el hombre no la perturba demasiado. Para su suerte, los pescadores de pueblos ribereños, como Huitussi y Cerro Cabezón, no paran en ella. El drenaje de Guasave va a dar a varios kilómetros de ahí, de modo que no le afecta. Pero si el volumen de la descarga aumenta, el resultado será distinto y perjudicial. Alejandro Nolasco, nos mostró el lugar donde desagua dicho drenaje: “ahí ya no se pesca nada de nada”, nos dijo. Los visitantes, escasos de por sí en el norte de Sinaloa, llegan ahora a cuentagotas a la zona, pero seguramente serán cada vez más numerosos con el paso de los años. Si sus recorridos no son acotados (seleccionando temporadas, abriendo veredas exclusivas, etc.) se volverán una calamidad. Sería un acierto convertir el lugar en un destino ecoturístico controlado.

Pero a nosotros la isla nos dejó una grata impresión de entusiasmo y alegría frente al insólito espectáculo de la vida en ebullición. Si la bahía Navachiste es un tesoro de nuestro México desconocido, la Isla de los Pájaros es, verdaderamente, su mayor joya.

SI VAS A LA BAHÍA NAVACHISTE

La mejor manera de visitar la bahía y la Isla de los Pájaros es a través de Guasave y Playa Las Glorias. La primera es una ciudad mediana (con suficientes servicios), a 68 km al sureste de Los Mochis, por la autopista núm. 15, y a 150 km al noroeste de Culiacán por la misma vía (o por la carretera federal del mismo número). Las Glorias se encuentra a 32 km de carretera pavimentada al sur de Guasave (hay suficiente señalización y transporte público entre ambos poblados).

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