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Carnaval en Tenosique (Tabasco)

Por: Hilario López y Ana Beatriz Parizot Wolter

Fiesta de raíces prehispánicas como El Pochó, y coloniales, como Los Blanquitos, mantienen vivas las tradiciones de la comunidad de Tenosique.

Casi dos toneladas de harina son arrojadas en el arranque del carnaval más impresionante del estado de Tabasco. En el municipio de Tenosique cientos de personas de diferentes edades quedan cubiertas con capas de harina, huevo y agua, mientras esperan ansiosas el inicio de las festividades de carnestolendas, famosas por las danzas rituales de “El Pochó” y “Los Blanquitos”. Estas costumbres son exclusivas de Tenosique, pequeña ciudad tabasqueña situada en la margen derecha del caudaloso río Usumacinta, en medio de la encrucijada que forman los estados de Campeche, Tabasco y Chiapas y el Departamento del Petén, de Guatemala. 

Entre las costumbres peculiares de esta región hay una que se distingue por el hecho de que ha conservado, a través de tantos años, sus caracteres primitivos, a pesar de sus complicadas ceremonias; esta costumbre consiste en una danza denominada “El Pochó”, que se lleva a cabo durante los días de carnaval, principiando el 20 de enero, día de San Sebastián. El carácter mítico de esta danza es indudable y se considera que sus orígenes se remontan al tiempo anterior a la Conquista, ya que los indígenas la practicaban como parte de una ceremonia religiosa del culto a sus dioses. Cuando los conquistadores convirtieron a los indígenas al cristianismo, esta danza siguió ejecutándose, pero desde entonces la relacionaron íntimamente con la religión católica, aunque sin formar parte del culto, y es así como se conserva hasta nuestros días.  El Pochó consiste en una serie de danzas y otras ceremonias ejecutadas al compás de una música melodiosa y triste, producida por un pito hecho con caña de carrizo, acompañado de tambores; todo esto simboliza la purificación del hombre a través de la lucha entre el bien y el mal. Los personajes de estas danzas son los “cojoes” (hombres), las “pochoveras” (doncellas) y los “tigres”.

Según el argumento, los cojoes son criaturas superiores de la naturaleza, en quienes los dioses han depositado rasgos positivos y negativos; el dios maligno llamado Pochó desea la destrucción de los hombres y envía a los tigres a eliminarlos; el grupo de pochoveras actúa ambiguamente, primero como enlace entre el Pochó y los seres terrestres, y después como mediadora entre cojoes y tigres. Los tres grupos de personajes deciden finalmente “recoger sus pasos”, es decir, desandar su vida de actos reprobables, y destruir con ello, dentro de sí mismos, al dios Pochó. Esto último se simboliza con el hecho de quitarse las máscaras en el mismo sitio donde, al ponérselas, habían absorbido sus rasgos negativos, y de ir arrojando, en una carrera por varias calles, las vestimentas vegetales que constituyen el vestuario de los cojoes. Se trata, entonces, de un retorno a la inocencia mediante un acto de purificación.   

Este argumento, a excepción de la última escena, que se representa sólo el martes de carnaval, se repite varias veces a lo largo de los recorridos por la ciudad. El número de ejecutantes de esta danza es variable. Al comienzo de los festejos son aproximadamente cincuenta varones, en su mayoría jóvenes y niños; pero en la culminación del martes de carnaval hay más de mil cojoes, unas veinte pochoveras y diez tigres.  En cuanto a la indumentaria ritual, los cojoes usan sombrero de palma cubierto con flores y hojas largas y frescas de cañita, dos pañuelos amarrados a la cabeza y el rostro cubierto con una máscara de madera; llevan un costal de henequén sobre la camisa; una toalla o paño sobre los hombros; guantes (o calcetines que hacen la misma función de cubrir las manos); faldilla de grandes hojas secas de castaño, entretejidas en una cuerda amarrada a la cintura, y polainas de hojas de plátano secas (“sojol”). Las pochoveras visten sombrero cubierto de flores, blusa blanca, falda floreada, un manto o paliacate sobre los hombros y collares.

Finalmente, los tigres llevan todo el cuerpo, a excepción del cabello y la espalda, embarrado de tierra amarilla (“sacab”) con manchas negras redondas aplicadas con la boca de una botella o con la tapa de un frasco pequeño; sobre la cabeza y los hombros portan una piel de ocelote o jaguar, y a la altura del hocico del animal, una flor roja. Los cojoes utilizan varios accesorios, como bastones, sonajas (“shiquis”), recipientes con harina o agua e incluso objetos obscenos.  Hay que mencionar que existe un personaje llamado “capitán” (anteriormente era conocido como “juez”), que se encarga de conservar la tradición y el fuego sagrado, y de que se lleven a cabo todos los ritos correspondientes. Para nombrar al “capitán del Pochó” la comunidad se pone de acuerdo sobre la persona en quien recaerá el nombramiento del año siguiente, que es siempre un indígena renombrado, y luego se da cita tumultuosamente frente a la casa del elegido, arrojando al techo piedras, botellas, naranjas y otros objetos. El propietario sale a la puerta y anuncia que acepta el cargo. Por último, al llegar la noche la gente se instala en la casa del capitán saliente para asistir a la “muerte del Pochó”, que desde ese momento cae gravemente enfermo.

Esta ceremonia se desarrolla como un velorio, donde se recuerdan los incidentes de la temporada mientras se consumen tamales, dulces, café y aguardiente, todo esto acompañado por el ritmo de los tambores, durante toda la noche del martes. Al despuntar la mañana del miércoles de ceniza, el toque de los tambores se va haciendo más lento y finalmente calla ante la muerte del Pochó, así que todos se despiden hasta el próximo año.  Antiguamente, el aprendizaje de este ritual se realizaba por imitación, pero en la actualidad existe una escuela autorizada por la comunidad en la que se preserva y difunde esta danza, bajo la dirección del conocido “maestro Felipe”.   

Por otra parte, en lo que se refiere a la danza de “Los Blanquitos”, que también se lleva a cabo durante el carnaval, se trata de una danza mestiza de protesta que probablemente tuvo su origen en la región del Petén guatemalteco, entre los negros que trajeron como esclavos los conquistadores españoles. Se cree que pudo ser introducida a Tenosique hacia el año de 1890 por un personaje de nombre José Pérez.  La danza consiste en que entre 10 o 12 danzantes vestidos con pequeños calzones de manta y con el cuerpo embarrado de un lodo calizo (“shosclok”), tratan de imitar la piel de los amos blancos, para ridiculizarlos, como una forma de protestar contra el mal trato que éstos daban a los esclavos negros en el duro trabajo de talar la selva para obtener las maderas preciosas que los españoles explotaban. 

Los danzantes, denominados “blanquitos”, lucen en la cabeza un penacho cilíndrico con papel picado de colores y llevan tatuada en el pecho y en la espalda una cruz de achiote que simboliza la religión cristiana de los blancos; éstos son maltratados por un capataz negro que se hace acompañar de sus esposas y que los fustiga durante la danza para hacerlos trabajar. Los “blanquitos” se la pasan quejándose a lo largo de la representación. 

Estas costumbres, únicas en la región y en toda la República, aún se mantienen vivas con toda su carga de simbolismo y tradición y se pueden presenciar durante los festejos de carnaval que se celebran en el municipio de Tenosique, Tabasco.  

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