PUBLICIDAD
Tapijulapa: Para los amantes de la naturaleza
PUBLICIDAD
Rankings
Newsletter de México Desconocido México Desconocido en Facebook México Desconocido en Twitter México Desconocido en Google+ México Desconocido en YouTube México Desconocido en Flipboard RSS de México Desconocido
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Cedros, la isla en la niebla (Baja California)

Por: Luis Romo Cedano

La Isla de Cedros constituye para la mayoría de la gente una gran incógnita,a pesar de ser la mayor isla mexicana en el océano Pacífico.

Los antecedentes que tenía de la isla eran más bien pobres; sólo sabía que es el punto de embarque de la sal que se extrae en Guerrero Negro y que cuenta con dos grandes poblados. Mi destino inmediato era El Morro, cuyos muelles han hecho de Isla de Cedros el tercer puerto más activo del país (y primero de la costa del Pacífico) por su carga. Siete millones de toneladas de sal salieron por aquí solamente en 1998. Rigoberto Cárdenas, que hacía el favor de mostrarme los muelles, me llevó a ver otro espectáculo sorprendente: docenas de lobos marinos dormitaban tranquilamente en los soportes del muelle principal, usándose mutuamente como almohadas.

Yo estaba emocionado lo mismo con los propios animales que con su despreocupación, no obstante el ajetreo portuario y nuestra presencia a unos cuantos pasos. Luego de la zona portuaria vimos algo de El Morro, un pueblo flamante por su limpieza y modernidad (al menos si se compara con el pueblo de Cedros, 9 km al norte) que cuenta con una bella iglesia. Al día siguiente tenía proyectado darle la vuelta a la isla en la lancha de Catarino Martínez. Don Catarino constituye, sin lugar a dudas, uno de los principales puntos de interés de la isla. Con medio siglo de experiencia como buzo y pescador, no hay quien conozca aquellos mares como él. En los años cuarenta inició sus inmersiones submarinas todavía usando escafandra, y décadas después acompañó al famoso Ramón Bravo a filmar las orcas que deambulaban por las costas de Cedros. Así pues, aquel jueves esperaba convivir horas con aquel lobo de mar, pero la neblina lo impidió. 

EL POBLADO DE CEDROS 

Ante la imposibilidad de realizar la excusión me quedé en lo que propiamente se conoce como Cedros, el asentamiento más grande de la isla. Se trata de un pueblo de pescadores que creció sin planeación alguna. Las ruinas de una planta empacadora de pescado y varias casas abandonadas hablan de que no hace mucho vivió mejores tiempos. Cedros es un poblado relativamente joven. Fue fundado por pescadores en 1922. Inicialmente trabajaban para alguna de las empresas de Abelardo L. Rodríguez, presidente de México entre 1932 y 1934. Más adelante lo hicieron para los japoneses y algunas firmas mexicanas; y más recientemente para la cooperativa bajacaliforniana Pescadores Nacionales de Abulón.

Anteriormente fueron muchos los que conocieron y habitaron la isla, comenzando por los indios. El profesor Hiram Covarrubias Wilkes, que es como la autoridad local en historia, me comentó que existen diversos sitios con restos de sus antiguos campamentos. Los jesuitas que exploraron y evangelizaron la Baja California apuntaron en el siglo xviii el nombre que los indios le daban a la isla: algo semejante a “Huamalguá”, que significa muy apropiadamente “la nebulosa”. En 1540, la expedición de Francisco de Ulloa, enviada por Hernán Cortés, descubrió y tomó posesión de este retazo de tierra californiana. Con el tino para poner nombres del que hacían gala los audaces exploradores hispanos, a esta isla rica en pinos, encinos, juníperos, torotes y otros muchos árboles, pero no en cedros, le dieron su nombre actual. Por alguna razón desconocida, en los dos siglos posteriores el nombre se corrompió a “Isla de Cerros” (mucho más adecuado que el original), y después, por otra razón igualmente oscura, recuperó el nombre anterior. El viernes tenía la esperanza de que amaneciera despejado para poder subir a las sierras centrales y conocer sus extraños bosques.

Entre las dos elevaciones más importantes de la isla, el Cerro de Cedros, en el centro-sur, y el Pico Gill, hacia el norte, se encuentran estos bosques que tienen dos famosas especies endémicas, una de pinos (Pinus radiata var. cedrosensis) y otra de encinos (Quercus cedrosensis).  Luego de una gentil invitación de Rigo, decidimos ir en camioneta por una terracería que recorre el sur y el oeste de la isla. Nos acompañaron en la excursión otros dos salineros: Orlando y Javier. Los primeros kilómetros por la costa sureña, que los lugareños llaman El Playón, fueron bastante alentadores. Un claro en la interminable nata de nubes dejaba ver un hermoso cielo azul enmarcado por un arco iris. Pero conforme nos enfilamos al oeste el cielo se tornó tan opaco como mis expectativas. Difícilmente la niebla nos dejaría ver más allá de nuestras narices.

En efecto, una vez que llegamos a la costa poniente e intentamos subir las cuestas de la sierra comenzaron los problemas. Las nubes ocultaban hasta los cerros más chaparros y una fina y pertinaz llovizna me hacía sentir, un frío tan crudo como el peor de la ciudad de México. Para colmo, esa llovizna convirtió en barro la brecha por la que queríamos subir, y la camioneta resbalaba una y otra vez. Después de meses de una sequedad absoluta en la Isla de Cedros hubo precipitación (y me tocó exactamente a mí). Para consolarnos, Rigo, Orlando y Javier tramaron visitar los campos pesqueros del sur. Llegamos primero al Campo Wayle que tiene una playa minúscula en la que sólo cabe una lancha a la vez. De ahí unos pescadores nos llevaron a San Agustín, en el extremo sudoeste de la isla. San Agustín, más que visitarse, merece vivirse. Si existe en el mundo una típica aldea de pescadores, esa es San Agustín. Comenzaba por entonces la temporada de langosta y los pescadores del lugar tienen la loable costumbre de convidar a los visitantes el crustáceo en una cantidad sin límite. La única condición que ponen es que el huésped se la prepare por cuenta propia. Había decenas de langostas forcejeando inútilmente por salir de los costales y las cajas.

Un barco mediano se aproximó a San Agustín y los pescadores corrieron a las lanchas: era el María del Carmen, de Pescadores Nacionales de Abulón, que venía por sus langostas. Yo los seguí y en un santiamén estuvimos en el agua. Los pescadores tienen trampas para la langosta, abundante ahí como en pocos sitios del mundo entero. Diariamente recogen las langostas vivas y las encierran en cajones de madera flotantes amarrados unos con otros. En ese momento se dieron prisa por recoger los cajones y llevarlos al María del Carmen, junto al que hacen cola para entregar. En el barco, otros cooperativistas izan los cajones y con-tabilizan su carga. Verifican con una rara regla en forma de C que sean animales adultos; si son de menor tamaño los regresan al agua, para disgusto de los pescadores. Pero los del tamaño adecuado los arrojan en otros cajones donde alguien más verifica el peso.

Cuando se termina la faena el barco regresa al pueblo de Cedros, donde las langostas son conducidas al aeropuerto, para luego continuar su largo viaje primero a Ensenada, B.C., luego a San Diego, en la Alta California y de ahí, ¡quién sabe! El sábado, mi último día en la isla, otro intento de excursión en lancha con don Catarino se volvió a cancelar por la neblina matutina. Sin embargo, horas más tarde ocurrió el milagro: al medio día, un sol radiante iluminaba el aeropuerto de El Morro. El recorrido que hicimos siguió la costa de la Isla de Cedros, primero por el sur y luego por el oeste hacia el norte. La belleza de aquel pedazo de México inundado por el sol compensó todos los sinsabores de la semana. Ahí estaba en primer lugar Jerusalén, el barrio oriental de El Morro, alegre y ordenado. Luego se veía el contraste imponente de un mar esmeralda con la tierra arenosa en El Playón. En el occidente, pudimos mirar el llano interrumpido por los lechos secos de varios arroyos. 

Cientos de metros más allá del Pico Gill, la claridad nos permitió ver otro cerro coronado por ese mismo bosque que quise conocer el día anterior y no pude. Era una arboleda pequeñita con muchos troncos caídos, pero de follaje robusto. Las nubes arañaban sus orillas por el poniente, pero una vez que cruzamos la isla en dirección a la bahía Sebastián Vizcaíno descubrimos la reluciente falda pelona del cerro. En esa zona trazamos varios círculos sobre la sierra, la costa y el mar.

Vimos el campo pesquero de Punta Norte, el faro de aquel extremo de la isla y las largas playas grises en las que un sinnúmero de lobos marinos parecían gozar tanto como yo de aquellos raros minutos de sol. Yo pensaba en la vida cotidiana de los habitantes de la isla, que se nutre con los dos regalos más inmediatos del océano: la sal y la pesca. Concluí fascinado y agradecido por toda aquella riqueza oculta que me había sido revelada. Por su apacible y amabilísima gente, su abundante pesca, sus muelles adornados de sal y lobos marinos, sus montañas, sus especies endémicas de pinos y encinos, pero sobre todo por su clima, que, aunque nebuloso, me regaló algunos minutos de sol en el momento más oportuno. 

SI USTED VA A LA ISLA DE CEDROS 

La manera más sencilla de llegar es por vía aérea. Aero Cedros vuela desde Ensenada, B.C. y Guerrero Negro, B.C.S., martes y viernes. Los pescadores de Punta Eugenia, B.C.S., también pueden ll

Compartir

ComScore
IASA Comunicación