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Cinco Tazas en la cascada de El Pescadito (Puebla)

Por: Giovanni Lampedecchia

Las aguas del Río Zoquial se juntan con las de Atoyac. La cañada es más grande y el reverbero del sol en el agua se pierde tras de varias curvas.

Las aguas del Río Zoquial se juntan con las de Atoyac. La cañada es más grande y el reverbero del sol en el agua se pierde tras de varias curvas.

La mixteca poblana no presenta un hábitat apto para recibir comunidades; de hecho esta región es la más grande y escasamente poblada del estado. Sacar provecho del suelo es un reto muy difícil, pues la escasez de agua solamente facilita el crecimiento de cactáceas junto con arbustos de menor importancia. Los niveles pluviales son de pocos milímetros por año, y el paisaje árido de tono café quemado se extiende a través de los cerros hacia la mixteca oaxaqueña por la Sierra Madre Oriental.

Hace dos meses fui invitado a explorar el entorno de la cuenca del río Atoyac con el fin de crear un recorrido ecoturístico. La primera visita fue de reconocimiento de la zona, su ubicación en el mapa y localización de las vías de acceso. Su clima es templado subhúmedo con lluvias en verano y la temperatura anual oscila entre los 20° y 30°C.

En mi segunda visita, acompañado por algunos amigos montañistas y con equipo básico para el rappel decidimos penetrar al área del río Zoquil y sus cascadas. Los lugareños llaman esta zona la cascada de El Pescadito, que después de esta aventura para nosotros se convirtió en la cascada de las “Cinco Tazas”.

El agua fresca y sobre todo limpia desboca de un manantial a 1 740 msnm y parte de su corto camino antes de caer en la primera taza, utilizada como riego por parte de Jacinto, un campesino intrépido que vive con su familia y un rebaño de cabras a la sombra de un ahuehete.

Nuestra primera gran sorpresa fue la belleza de los tonos de verdes que se alternaban bajando por el cerro y penetrando en la pequeña cañada que describe el río Zoquial.

Para aproximarnos a la primera taza hay que remontar la ladera derecha de la cañada pro una vereda muy angosta y sobre todo pegada a la pared. El terreno es irregular, hay tierra suelta y se corre el riesgo de caídas. A nuestra izquierda oímos el estruendo del agua que corre por las demás tazas. Los órganos gigantescos nos vigilan como torres centinelas; sus alturas varían desde dos hasta diez metros, frágiles en contra del viento y ermitaños en este entorno desolado.

Después de media hora a través de arbustos, espinas y cactáceas menores llegamos al balcón sobre la primera taza. A la vista parecen ser diez metros: el agua está pintada de verde olivo, seguramente el fondo es limpio y sin lodo. La hoya de piedra está recubierta de carrizos que se menean al soplar del viento. Tras de nosotros tenemos un ahuehuete que nos ofrece la seguridad de la cuerda, pasada en su derredor con una chamarra para proteger el roce con la corteza. La cuerda estática se recoge en una mano y haciendo péndulo con el mismo brazo se lanza hacia el vacío. Nuestro cuerpo está abrazado al arnés, asegurado con un mosquetón al ocho que sirve de freno. Librando el escalón del declive de la cascada nos acercamos al chorro de agua. Después de un metro de pendiente, el líquido nos cubre totalmente; son algunos segundos de cambio violento de temperatura, además de que es difícil mantener los ojos abiertos. Una gorra bajo el casco nos protegería en estas situaciones. Las paredes bajo nuestras pisadas son frágiles y resbalosas por el musgo que crece. El calcio del agua se solidifica con el paso de los años hasta formar estratos compactos pero nunca sólidos; por esta razón se considera necesario el uso del casco. Casi a mitad de mi descenso volteo hacia abajo y me encuentro con un extraplomo. Flexiono mis piernas, me doy un empuje hacia el exterior de la cascada y suelto cuerda para llegar al vació. Ya estoy nadando en la taza, y miro hacia arriba donde mi compañero se aproxima al descenso.

Cuerda al ocho y ducha fría. Desde la poza en la cual estoy tomando un merecido descanso puedo mirar hacia los lados del chorro de agua y de sus formaciones características. Seguramente en tiempos pasados el ancho de la cascada era muy superior al actual y estilo comprueban los sedimentos calcáreos y las formaciones parecidas a estalactitas que caen como dientes de dinosaurios.

Con éxito pasan todos mis compañeros uno por uno. El carrizo presente en grandes cantidades no nos permite ver por dónde desboca el agua. El camino se hace lento debido a que nadie sabe utilizar bien el machete. Pisamos con cuidado, pues no se ve el fondo. El Sol. Encuentra a filo sobre nuestras cabezas, hay una temperatura de 28°C aproximadamente y extrañamos un refresco helado. Después de pasar sobre una gran piedra nos asomamos a la segunda taza; más que una cascada es un gran resbalón de unos 15 m de largo. Escogemos el paso más emocionante a través de una cueva que vuelve a la poza. Ricardo avanza primero, mide con seguridad sus pasos y desaparece en la oscuridad de la grieta, pues el hoy mide tres metros. Son fracciones de segundos. Todos contenemos la respiración. La emoción se rompe con un grito de felicidad de Ricardo que aparece a la luz.

Entre todos consideramos singularidad del lugar, las marcadas diferencias entre la exuberante vegetación a nuestro lado contra la aridez que notamos 20 m arriba de nuestras cabezas. Junto con la frescura del agua oímos a lo lejos algunas chicharras y vemos el vuelo de hambrientos zopilotes.

La tercera taza no tiene mayor interés, mientras que la cuarta nos ve en un descenso más técnico y mixto por su variante en la misma pared. Subo agachado por el muro de tierra blanca para no recibir los pinchazos de espinas traicioneras. Me resbalo. Prefiero arrastrar mi cuerpo sobre la tierra que ser detenido por algunas cactáceas. Llego a la poza, la cruzo nadando y me sitúo frente a la cascada para tener una buena toma de fotos.

El primero desciende por los tres primeros metros, después cambia su ruta hacia la derecha debido a la fragilidad de la pared y otra vez a la izquierda en un extraplomo.

La quinta taza es la más larga, de 20 m con un gran tronco al final. Tenemos suficientes árboles para asegurar la cuerda. Abajo, las aguas del río Zoquial se juntan con las del Atoyac. La cañada es más grande y el reverbero del sol en el agua se pierde tras de varias cuevas. Con cuidado uno por uno nos lanzamos desde esa altura. Esta es la cascada más emocionante: el paisaje se abre y, a diferencia de las demás tazas, la pared se presenta perpendicular y con una dificultad media.

Satisfechos de nuestra aventura nos encaminamos a la camioneta. El final del día termina con sabor amargo y triste por la gran cantidad de basura que encontramos al regresar al poblado. La quinta es la única cascada alcanzable por el hombre. Las demás tazas, debido a su difícil acceso no sufren de la agresión humana y esto nos hizo reflexionar. A veces en nuestro trabajo preferimos no dar a conocer ciertos rincones debido a la ignorancia que nos rodea. En este caso, dado que el daño está hecho y es parcial, esperamos que la municipalidad del Molcaxac tome acciones para proteger y mantener limpia esta zona.

SI USTED VA A MOLCAXAC

Si Usted se encuentra en la ciudad de Puebla, tome la carretera federal 150 en dirección a Tehuacán; pasando el pueblo Tepeaca y a unos 7 km hay que desviarse a la derecha rumbo a Tepexi de Rodríguez, famoso por sus minas de mármol. Por esta carretera llegará al municipio de Molcaxac donde tendrá que dar vuelta a la derecha por una brecha que después de 5 km lo conducirá a la zona de las cascadas.

Fuente: México desconocido No. 252 / febrero 1998

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