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De la sierra a la selva, imágenes de la sierra de Oaxaca

Por: Carlos Rangel Plascencia

Con tortillas recién hechas y café humeante endulzado con panela se hacían los días.

Con tortillas recién hechas y café humeante endulzado con panela se hacían los días. En las noches nos extraviábamos por las callecillas para convivir con los habitantes de San Miguel Talea de Castro, punto de partida en nuestra travesía por la sierra oaxaqueña.

La gente nos pedía que estuviéramos un día más con ellos, pero debíamos emprender nuestro camino hacia el norte, en la misma dirección del río Cajonos; es decir, bajar hacia el estado de Veracruz para llegar a la selva.

CAMINO DE FRUTAS

La llegada a San Miguel Reagui es tortuosa, pero a la vez increíble. Anduvimos por una vereda con sonidos escasos, ya que los muros de la vegetación disminuían los ecos y tapaban cualquier vista, sólo podíamos ver el camino. Grandes hojas de platanares, cafetales y aguacatales delineaban el sendero en vueltas y más vueltas. Hasta las casas parecían ocultas por estar construidas con la misma tierra. Mientras caminamos, la lluvia caía generosa sobre nosotros.

Minutos después, vislumbramos la cancha de básquet, la escuela, la iglesia con sus campanas, la agencia municipal y su gente. Como si hubiera surgido de la tierra. Hombres de maíz, color de barro.

San Miguel Reagui es una población alejada de todo, donde se habla y se vive en zapoteco. Empapados como estábamos, los pobladores nos brindaron su hospitalidad y nos dieron de comer.

UNA HACIENDA DE PRINCIPIOS DE SIGLO

Después de Reagui, el camino desemboca en el río, Xajoni (pronunciadoshajoni), el cual debe cruzarse por un puente de ramas entrelazadas entre sí por lianas. No es un puente colgante, sino fijo. A la mitad hay una roca enorme que sirve de descanso entre ambas orillas, sobre la roca, uno descubre que hay un segundo puente idéntico al interior; además, la vista se pierde en la fuerza de las aguas que chocan contra la inamovible y gran piedra que está debajo de nuestros pies.

Después de dos horas de subida por la ladera del cerro, en el centro de un espacio amplio, rodeada de montañas, se encuentra la hacienda Xajoni; una construcción de piedra de principios de siglo donde habita una pequeña familia que vigila la propiedad.

La hacienda estaba vacía. No coincidimos con los hombres que van de los poblados vecinos para ganar algo de dinero trabajando la tierra. Al atardecer, el cielo se vuelve rosado, y se escucha el silencio en medio de canto de los grillos y el fulgor de las luciérnagas.

RUMORES ACERCA DE LA SELVA

Los hombres que han pasado aquí toda su vida y que conocen el cerro hasta sus últimos pliegues, saben que nosotros no imaginamos siquiera las proporciones de la sierra.

Los rumores comenzaron desde Reagui. Se preguntaban cómo íbamos a pasar por el monte con esas mochilas, con las piernas desnudas, con tanto mosco y tantos peligros que hay en el monte.

A pesar de todo, seguimos. Cuando cruzamos la gran montaña que separa San Francisco Yovego de la hacienda Xajoni, nos dieron por aparecidos. Lo habíamos logrado.

En Los Reyes Yagalaxi nos insistieron en tomar el autobús. Nos comentaron que en seis años nadie había transitado por aquellos caminos; que era peligroso llegar a Ladú porque se tenía que atravesar más monte, y la vereda estaba tapada, lo que significaba más días de excursión. Pero que si tanto queríamos ir, podíamos desviarnos hacia San Pedro Ozumacín, pues la vereda estaba menos cubierta por la vegetación de la selva.

Un arcoiris y cientos de bendiciones fueron nuestra despedida.

EN MEDIO DE LA SELVA

Los dedos de la mano se cierran sobre el mango del machete. La hoja de acero se levanta por encima de la cabeza y cae sesgada hacia aquello con lo que ha de chocar. La mano asesta el golpe y luego otro. Otro y otro. En los tallos más gruesos, el acero resbala, se atasca y rebota en ese trabajo intenso de abrir un túnel en la pared vegetal de la selva: apenas un sendero para transitar.

Debajo de nuestros pies había un camino, una huella, pero las huellas no se hacen solas, ni son sólo ir pisando. De tanto ir y venir, llevar y traer, los pies y las manos de gente más curtida, más conocedora del terreno y sus secretos, con sudores y cansancios habían marcado esa senda. Y después, los torrentes del agua de las lluvias apisonaron sus huellas: el camino está ahí, abandonado de hace años, lleno de pastos y helechos, lleno de cantos de aves y agua.

Nuestro rumbo era el norte, aunque era difícil saberlo con precisión ahí, en medio de la selva, rodeados de árboles enormes que limitaban nuestro horizonte. De cualquier manera, íbamos adonde nos llevara el camino.

En alguna época se utilizó parte de la ladera de la montaña para sembrar. Allá arriba todavía existe una construcción de troncos y paja donde almacenaban maíz y caña de azúcar, pero ahora está abandonada.

Más allá de esa troje, cerro arriba, dejamos las hamacas colgando de los árboles como telarañas. No sabíamos el tiempo que sería necesario para pasar por las hierbas, por ese claro de selva más tupido que la selva misma. Quizá todo el día, pues habíamos estado trabajando desde hacía tres horas y no parecía tener fin.

PIQUETES DE AVISPA

Estábamos abriendo el camino y yo estaba parado sobre unos troncos grandes limpiando la vereda delante de Iván y David; los árboles estaban resbalosos por la lluvia, por el clima. Era necesario andar con cuidado sobre ellos para no tropezar y romperse una pierna.

De pronto escuché un zumbido cada vez más potente, más numeroso. Comprendí al instante que eran avispas, entonces grité a mis compañeros que corrieran. Giré sobre los troncos lentamente, cuando puse los pies en la tierra corrí como desesperado preguntándome dónde debía esconderme.

Después de pasar un túnel espeso dejé de escuchar el zumbido de las avispas, ya no me perseguían, habían abandonado su área de mayor actividad. Al llegar al campamento sólo tenía el cansancio de haber corrido cuesta arriba y varias hinchazones en el cuerpo.

APARICIÓN

Cuando aparecimos sobre la loma que baja a Ozumacín, la gente no comprendía cómo llegamos hasta ese lugar si el camino estaba muy malo y más en la temporada de lluvias. Estábamos cansados, mugrosos y hambrientos.

Tres días parece poco tiempo, sin embargo, desde que entramos a la selva, habíamos abierto camino a fuerza de machete hasta el atardecer, cuando la oscuridad hacía refugiarnos en lo que podría ser un campamento, pero que en realidad era una serie de hamacas colgadas tan al azar, según lo permitían los árboles.

Una ocasión, casi al oscurecer, estábamos platicando en el momento en que se escuchó un ruido lejano pero fuerte. "Qué es eso?" -preguntamos. Nos callamos para escuchar mejor. El sonido y la luz aumentaban como si se fueran acercando: era la tormenta que daba sus pasos de gigante en los techos de los árboles. Supimos de la tormenta 30 segundos antes de que cayera sobre nosotros.

RÍOS

El río Cajonos nace desde lo alto de la sierra, allá por donde está Maravillas. A un lado, Talea; por la otra pendiente, a lo lejos, Villa Alta. Su caudal pasa por pueblos y se acrecenta conforme baja al mar. El río Xajoni es, pese a su volumen, sólo un tributario.

La última vez que cruzamos en Cajonos fue antes de Los Reyes Yagalaxi, aquella pendiente que subimos con el aguacero sobre la cara. El Soyolapan, en cambio, es un río de aguas tranquilas, calmadas.

En el pueblo de San Martín Soyalapan, pasamos una de las etapas más deliciosas del viaje. Como en otros poblados, jugamos básquet con los muchachos del pueblo; lo que había sido la mejor tarjeta de presentación.

Todo era tan maravillosamente apacible que decidimos quedarnos otro día. Entonces preguntamos palabras en chontal y por la mañana fuimos a nadar al río.

En ese poblado nadie nos preguntaba nada, solo nos miraban con asombro. Sabían de dónde veníamos y hacia dónde íbamos. Nos trataban como viajeros a los que no hay que preguntar las causas de nada.

Únicamente trataron de ser amigos nuestros. Y lo lograron, porque cuando estábamos al borde de la montaña que daba acceso al pueblo de Monte Bello, volvimos los ojos atrás y vimos el gran espacio abierto dividido por el ancho río, y San Martín como un pueblito miniatura. "Quédense", -nos dijeron. Pero debíamos seguir porque el tiempo, ese tiempo de las ciudades que no existe en el campo, se nos agotaba.

Volver los ojos atrás nos daba una visión clara de lo que había sido para nosotros este viaje: habíamos vivido en una de las regiones más aisladas de México. Ahí, en la montaña todavía hay senderos ocultos que se ha tragado la vegetación, pero lo más importante: todavía hay personas que se preocupan por la seguridad de sus visitantes.

Fuente: México desconocido No. 243 / mayo 1997

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