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Los desiertos del norte de México

Por: Salatiel Barragán

Escenarios en donde aparentemente la vida “es nula por la falta de agua”, los desiertos del norte del país son una verdadera maravilla natural que tienes que conocer. ¡Te decimos cómo explorar su fantástico micro-universo!

La palabra desierto evoca la visión de un enorme mar de arena sin agua y sin vida, donde las temperaturas se elevan a extremos que nos remiten al interior de un horno. Pero muchas de estas regiones de nuestro planeta en realidad son ricas en flora y fauna, aunque en ellas el agua escasee. Por ejemplo, los desiertos de México poseen abundante vida y gran variedad de hábitats. Así, el desierto sonorense se describe como un exuberante bosque de cactus, arbustos y coloridas alfombras anuales; mientras el chihuahuense, con inviernos sin hielo y lluvias en verano, favorece la vida en sus formas más diversas de fauna y flora: cactus, agaves, arbustos espinosos y bosques ribereños.

Desierto de Sonora: reserva vital del noroeste

Ocupa el noroeste de México y suroeste de Estados Unidos. Cuenta con paisajes espectaculares como los que pueden verse en las dunas del Desierto de Altar, los cráteres del Pinacate, las salinas del Vizcaíno y la vida única de las islas del Mar de Cortés. El horizonte parece infinito en estas extensas planicies donde habitan coyotes, liebres, venados, berrendos, correcaminos, rapaces y cientos de especies más. Existen plantas que proliferan y dominan el paisaje, rompen la monotonía, retienen el suelo y evitan la erosión, brindan sustrato y alimento a fauna diversa. Algunas comunes son el mezquite, gobernadora, huizache, ocotillo, palo verde, palo fierro, agaves y cactus.

Desierto del Pinacate en Sonora./ Salatiel Barragán.

Desierto de Chihuahua: el más extenso

Comprende varios estados del sur de Estados Unidos (Arizona, Nuevo México y Texas) y ocupa gran extensión del estado de Chihuahua, se extiende al sur en parte de los estados de Nuevo León, Coahuila, Zacatecas, Durango, San Luis Potosí e Hidalgo. La mayor parte de la región está situada en altitudes notables y los inviernos en ella pueden ser muy fríos, con lluvias predominantes en el verano tardío.

Es considerado una de las tres regiones con mayor diversidad biológica en el planeta, pues alberga más de 350 especies de cactáceas de las 1,500 registradas en América. Como otros desiertos, éste se caracteriza por sus tipos de vegetación y las especies animales que lo habitan.

Adaptación y vida en la aridez

En este horno natural todo cambia con las lluvias de verano e invierno, las plantas rebosan de vida de modo espectacular, semejando inmensos jardines. Las que se han adaptado a esta vida rigurosa porque todas se disputan el agua, no el espacio y la luz como en las selvas tropicales.

Aquí las plantas perennes crecen lento y subsisten entre cada estación lluviosa. Casi todo el año sobreviven al calor intenso y adoptan formas de letargo total o parcial; la mayoría carece de hojas, su follaje luce opaco y en la sequía hasta las cactáceas y suculentas parecen marchitas: son tiempos de austeridad, donde algunos animales reducen su metabolismo hasta el borde de la muerte. La mayoría de la fauna se ha adaptado eficazmente para sobrevivir a las condiciones extremas: desarrollan sensibilidad nocturna, pieles escamosas para evitar la deshidratación o anatomías nasales para condensar la humedad del medio. La floración atrae especies infinitas: en el día buscan alimento aves, mamíferos, reptiles e insectos; después actúa la fauna nocturna voladora.

Perritos de la pradera en el desierto de Chihuahua./ Salatiel Barragán.

Repletos de vida

En los desiertos mexicanos abundan las cactáceas y las plantas espinosas que suman más de 1,000 especies de infinitas formas, tamaños y colores. El mejor ejemplo son los cactus que almacenan agua en sus tallos gruesos, cilíndricos o esféricos, que exponen mínima superficie de evaporación al aire y la luz. Los hay de variados tamaños, desde pequeños de 1 cm hasta gigantescos sahuaros de 15 metros de altura. Las cactáceas típicas tienen espinas para repeler a los animales y pliegues flexibles en el tallo parecidos a los del acordeón para que se expanda rápido cuando acumula agua y se contraiga al consumirla poco a poco cuando no llueve. Sus raíces son anchas y poco profundas porque menos del 3% del agua penetra en estos suelos antes de escurrir o evaporarse. El sol es su eterno acompañante.

Estos espacios son únicos desde diferentes puntos de visita; aunque mucha gente los considera tierras inútiles, en realidad se trata de ecosistemas vulnerables, pues grandes regiones son perturbadas por pastoreo excesivo, agricultura, saqueo y construcciones. El delicado equilibrio de este hábitat también es amenazado por minas a cielo abierto, caminos e industrias. No obstante, vale la pena admirar estos paisajes adornados por los tonos rojos y violetas de las puestas de sol; en la mayoría de las áreas protegidas existen senderos, programas de ecoturismo y excelentes guías para disfrutar de un ambiente incomparable, donde el viajero puede adentrarse en los antiguos caminos de la imaginación.

Rastros humanos

Los indígenas que poblaron estas tierras desérticas dejaron evidencias de su paso, como puntas de flecha, restos de cerámica y pinturas plasmadas en rocas. Durante miles de años se adaptaron a los ciclos naturales del desierto, y para sobrevivir han aprovechado los recursos como las plantas medicinales, los frutos de sahuaros y pitayas, las yucas y pastos para fabricar su indumentaria, así como la escasa agua de la lluvia almacenada en tinajas rocosas a lo largo de sus rutas tradicionales.

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