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El Cañón del Diablo, Tamaulipas. Una ventana a la prehistoria

Por: Jean Louis Lacaille M

El Cañón del Diablo constituye una ventana a la prehistoria donde tenemos el privilegio de atisbar los orígenes de la civilización en nuestro continente.

El Cañón del Diablo es, arqueológica y antropológicamente hablando, uno de los sitios más importantes del estado de Tamaulipas y de México.

Situado en una de las zonas más recónditas del norte de la Sierra de Tamaulipas, el cañón fue escenario de uno de los episodios fundamentales de la historia humana: el aprender a producir lo que se va a comer. En este singular ámbito montañoso, en un proceso lento y gradual que tomó miles de años, los primeros pobladores del territorio tamaulipeco evolucionaron desde la etapa de los nómadas cazadores-recolectores hasta el establecimiento de las comunidades agrícolas sedentarias, gracias a la domesticación de las plantas silvestres, particularmente la del maíz (2 500 años a.C.).

Grupos nómadas y seminómadas de la más remota antigüedad, así como algunas tribus que conservaron un sistema arcaico de vida hasta los tiempos históricos, ocuparon cientos de cuevas y abrigos rocosos localizados a todo lo largo del cañón, y ahí dejaron lo que hoy son importantes vestigios arqueológicos. Sin embargo, nuestro interés se centró en la evidencia cultural más notable, refinada y enigmática de nuestros antepasados: las pinturas rupestres del Cañón del Diablo.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

El primer reporte formal sobre estas pinturas proviene de un informe rendido por el Cuerpo de Exploradores “Esparta” de la Escuela Secundaria, Normal y Preparatoria de Ciudad Victoria, después de un reconocimiento efectuado en la Sierra de Tamaulipas en diciembre de 1941. En ese informe se describen tres “cuevas” (aunque se trata más bien de abrigos rocosos poco profundos) con pinturas rupestres ubicadas en el Cañón del Diablo, municipio de Casas.

Años después, entre 1946 y 1954, el arqueólogo estadounidense Richard S. MacNeish, buscando esclarecer el desarrollo de la agricultura y los orígenes del maíz en nuestro continente, realizó importantes trabajos de arqueopaleobotánica en abrigos rocosos y sitios arqueológicos de la misma sierra.

Mediante estos trabajos MacNeish estableció para el Cañón del Diablo una secuencia cronológica de nueve fases culturales: la más primitiva y antigua de Tamaulipas, la fase Diablo, se remonta a 12 000 años a.C. y representa la vida nómada original del hombre americano en México; le siguen las fases Lerma, Nogales, La Perra, Almagre, Laguna, Eslabones y La Salta, hasta culminar con la fase Los Ángeles (1748 d.C.).

VISITA AL CAÑÓN DEL DIABLO

Conociendo los antecedentes históricos –o más bien prehistóricos– del Cañón del Diablo, no pudimos resistir la tentación de visitar una de las cunas de la civilización en nuestro país. Así, junto con Silvestre Hernández Pérez, salimos de Ciudad Mante rumbo a Ciudad Victoria, donde se nos uniría don Eduardo Martínez Maldonado, querido amigo y gran conocedor de infinidad de cuevas y sitios arqueológicos del estado.

De Ciudad Victoria tomamos la carretera que va a Soto la Marina, y aproximadamente una hora después, en las primeras elevaciones de la Sierra de Tamaulipas, doblamos hacia la derecha por un camino de terracería de 7 km que nos condujo a una pequeña comunidad ejidal; de ahí avanzamos hasta el último punto al que podíamos llegar con la camioneta, un rancho ganadero donde don Lupe Barrón, encargado de la propiedad y amigo de don Lalo, nos recibió muy amablemente.

Al explicarle el objetivo de nuestra visita dispuso que su hijo Arnoldo, y Hugo, otro joven del rancho, nos acompañaran en la expedición. Ese mismo día, al caer la tarde, subimos a un filo de la sierra y descendimos por una cañada infestada de garrapatas hacia el fondo de un cañón, cuyo cauce seguimos aguas abajo hasta su confluencia con el Cañón del Diablo; de ese punto nos dirigimos hacia el sur con un paso muy lento, hasta que trepamos la ladera de una amplia terraza aluvial que se levanta sobre la margen izquierda del arroyo. Habíamos llegado finalmente a la Planilla y Cueva de Nogales.

Exploramos enseguida la cavidad, uno de los abrigos rocosos más grandes e impresionantes del Cañón del Diablo, y encontramos sobre la pared vestigios de pinturas rupestres, la mayoría poco discernibles, salvo unas cuantas impresiones de manos en rojo; vimos también, con tristeza, gran cantidad de grafitis modernos hechos por cazadores que han usado el abrigo como campamento.

Al día siguiente por la mañana partimos a pie hacia donde nace el cañón, para explorar otros sitios. A los 2 km del recorrido encontramos la Cueva 2, según la numeración del Grupo Esparta, en cuyas paredes son dignas de admirarse dos grandes series de “inscripciones”, todas ellas con pintura roja, tan bien conservadas que parecen haber sido hechas hace poco tiempo. MacNeish denomina a este tipo de dibujos “tally marks”, o sea, “marcas de cuenta” o “marcas numéricas”, que quizá representen un sistema arcaico de numeración en que se utilizó el punto y la raya para registrar la acumulación de una cantidad, o bien a manera de algún rústico calendario agrícola o astronómico; MacNeish piensa que este tipo de “marcas” ocurre desde fases muy tempranas, como la Nogales (5000-3000 a.C.).

Continuamos nuestro recorrido por el cauce del cañón y 1.5 km más adelante pudimos apreciar claramente sobre la pared vertical del acantilado la Cueva 3. No obstante que miden entre 5 y 6 cm, son de gran interés las pinturas rupestres encontradas en este abrigo rocoso. Vimos figuras que parecen ser chamanes, una estrella, hombres montados sobre animales de tres patas, una lagartija o camaleón, un ave o murciélago, vacas, un diseño en forma de “rueda con ejes” y un grupo de personajes o figuras humanas que parecen llevar cuernos, plumas o algún tipo de tocado. Por la representación del jinete y el “ganado”, posible solamente durante los tiempos históricos, MacNeish concluye que las pinturas fueron hechas por los indios pasitas en el siglo XVIII.

Después de haber caminado unos 9 km desde la Planilla de Nogales, por fin avistamos la Cueva 1. Se trata de una enorme oquedad dentro de la roca viva del acantilado.

Las manifestaciones rupestres se han conservado bastante bien, la mayoría de ellas se localizan en el cielo o techo del abrigo. Se pueden ver cuadrículas, trazos rectilíneos, grupos de líneas y puntos y líneas onduladas, así como figuras geométricas que, de acuerdo con una interpretación relativamente reciente del arte rupestre, representan las visiones de los chamanes durante estados alterados de conciencia.

También en el techo se observan dos dibujos que por lo general se asocian con estrellas. Quizás estos dibujos son el registro de un fenómeno astronómico ocurrido hace casi mil años, cuando apareció un objeto seis veces más brillante que Venus en la constelación de Tauro, visible a plena luz del día; al respecto, William C. Miller calculó que el 5 de julio de 1054 d.C. hubo una espectacular conjunción de una brillante supernova y la luna creciente, siendo esta supernova la explosión de una enorme estrella que dio origen a la gran nebulosa de Cáncer.

En el techo y la pared de este abrigo rocoso encontramos también un regular número de pequeñas manos pintadas, algunas de ellas con sólo cuatro dedos; más abajo, casi en el piso, se encuentra un curioso dibujo en negro de lo que parece ser un caparazón de tortuga.

Ya de regreso al campamento, durante el trayecto nos deshidratamos rápidamente debido al excesivo calor, a la reverberación del sol y al desgaste físico; nuestros labios comenzaron a despellejarse, caminábamos unos cuantos pasos en el sol y nos sentábamos a descansar bajo la sombra de los álamos, imaginando que bebíamos un enorme y refrescante vaso de agua fría.

Poco antes de llegar a la Planilla, uno de los guías comentó que seis meses atrás un pariente había escondido una garrafa de plástico con agua en ciertas rocas del arroyo; afortunadamente lo encontró y así aliviamos un poco la intensa sed que sentíamos, sin reparar en el mal olor y sabor del líquido. Emprendimos nuevamente la marcha, trepamos la Planilla, y faltando unos 300 m para llegar al campamento, volteé a ver a Silvestre, que venía apenas subiendo la ladera unos 50 m atrás de mí.

Sin embargo, al poco tiempo de estar ya en el campamento, nos extrañó que Silvestre tardara en llegar, por lo que fuimos de inmediato a buscarlo, pero sin lograr dar con él; nos parecía increíble que se hubiera extraviado a tan corta distancia del campamento y, al menos yo, imaginaba que algo peor le había sucedido. Con menos de un litro de agua, decidí permanecer con don Lalo una noche más en la Planilla, y le dije a los guías que regresaran al rancho con los caballos para pedir auxilio y reabastecernos de agua.

Al día siguiente, muy de mañana, abrí una lata de elotes para tomar el líquido, y al rato volví a gritarle a Silvestre, y esta vez sí respondió, ¡había encontrado el camino de regreso!

Más tarde llegó uno de los guías a caballo con 35 litros de agua; bebimos hasta hartarnos, escondimos una garrafa con agua en las rocas del abrigo y dejamos la Planilla. Arnoldo, que traía los otros animales y venía a auxiliarnos, había salido más tarde del rancho por otra vereda, pero en la cañada vio nuestras huellas y se regresó.

Finalmente, después de tres horas y media, estábamos de vuelta en el rancho; nos ofrecieron una comida que nos supo a gloria, y así, reconfortados y tranquilos, dimos fin a nuestra expedición.

CONCLUSIONES

La delicada situación que vivimos en el Cañón del Diablo, lugar alejado de las acostumbradas comodidades, nos enseñó una gran lección que debíamos ya saber: aunque tengamos mucha experiencia como excursionistas, siempre hay que extremar las medidas de seguridad. En situaciones semejantes, es aconsejable llevar siempre más agua de la que se crea necesitar, así como un silbato para hacerse oír en caso de extraviarse, y nunca, pero nunca, dejar solo o perder de vista a ninguno de los integrantes de una excursión.

Por otro lado, experimentamos en carne propia la angustia que debieron sentir nuestros antepasados, sometidos a los caprichos de la naturaleza, en su lucha diaria por sobrevivir en esos terrenos semiáridos con condiciones de vida tan difíciles. Quizás esa angustia por sobrevivir obligó al hombre prehistórico, en sus inicios, a utilizar las manifestaciones rupestres como referencias topográficas para señalar la presencia de agua, y más tarde para llevar un registro del paso de las estaciones y predecir la llegada de la anhelada temporada de lluvias, expresando sobre las rocas una compleja cosmología por medio de la cual trataba de explicar los fenómenos naturales que escapaban a su comprensión y que eran invocados de manera propiciatoria. Así, su espíritu, pensamiento y visión del mundo quedaron plasmados en imágenes sobre las piedras, imágenes que son, en muchos casos, el único testimonio que tenemos de su existencia.

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