Para la mayoría de los indígenas de México y América Latina, el siglo XIX fue particularmente difícil, ya que debido a las luchas que se libraron por la independencia, las relaciones entre terratenientes e indígenas que se habían creado a raíz de siglos de vida colonial tuvieron grandes cambios.
Durante la Colonia los mayas sufrieron una transformación radical de sus
costumbres, tradiciones y modo de vida, pero al mismo tiempo fueron
capaces de reconstituir su identidad a lo largo de los siglos XVII y
XVIII. No obstante las condiciones adversas en que se desarrollaron,
pudieron crear mecanismos para defender y expandir su cultura.
Después
del impacto de los primeros tiempos de la Colonia, la situación de los
mayas tendió a estabilizarse en cuanto se crearon las instituciones que
permitieron fortalecer el dominio y regular la explotación sobre los
indígenas, a niveles que evitaran, o al menos minimizaran, los motivos
de rebelión.
Al resquebrajarse las bases del dominio colonial,
primero con las Reformas Borbónicas y finalmente con la Independencia,
se rompieron también los diques que mantenían dentro de las márgenes
tolerables la explotación de los indígenas.
Esta segunda
conquista de los mayas tuvo dos momentos: el primero, se les privó de su
autonomía económica, y después de la Independencia, fueron despojados
de la autonomía política por los criollos. Finalmente, a consecuencia de
ello se extendió la hacienda y se reforzó el poder de una minoría
mestiza y criolla blanca.
Comenzaron entonces a desarrollarse
esfuerzos para lograr el dominio y control efectivo sobre los mayas, los
ayuntamientos y las repúblicas de indios, y de sus procesos internos,
con el objeto de consolidar la hegemonía de la naciente élite
mestizo-criolla.
Este proceso, por el cual se articula el poder
del nuevo grupo dominante, cobró formas, ritmos y tiempos diferentes en
las distintas regiones en que se hallaba ubicado el pueblo maya.
En
la península de Yucatán, el proceso tuvo enormes consecuencias. Pueden
mencionarse la expansión territorial a costa de los indios; el
relajamiento del dominio del clero, el enfrentamiento entre los grupos
oligárquicos, con la consiguiente utilización de los indios como carne
de cañón, lo que implicó su entrenamiento militar; la ruptura de los
límites a la explotación impuestos durante el periodo colonial.
La
expansión territorial fue quizá el factor que mayor inconformidad
provocó entre los indios. La aplicación de la política agraria nacional
desencadenó una acción de rapiña sobre las propiedades de los indios,
dando lugar a una denodada lucha por la tierra entre terratenientes e
indios.
La libertad de que gozaban los indígenas que no vivían en
la ciudad constituyó otra preocupación para los grupos dominantes, que
continuamente criticaban esta tendencia y solicitaban se les
“civilizara” y se evitaran sus costumbres “bárbaras y salvajes”. Por
otra parte, las Reformas Borbónicas suscitaron que los indios dejaran de
pagar tributos, y con ello se distanciaran del dominio de la Iglesia.
Este
propósito de reconquista de acuerdo a las directrices de la oligarquía
mestizo-criolla, desembocó en la Guerra de Castas de Yucatán (1847).
La
resistencia indígena frenó -al menos por algunos años- los intentos,
que databan a principios de siglo, encaminados a liquidar su autonomía.
Sin embargo, la actitud de los mayas en esta guerra, no fue uniforme
entre sus diversos estratos: buena parte de aquellos que pertenecían- a
las haciendas, se hallaban sometidos a condiciones de peonaje,
endeudados y en una relación de paternalismo con el hacendado.
Tendencialmente se identificaron con los blancos, e incluso fueron
utilizados por éstos como fuerza armada en su favor.
En el caso
de los indios libres o habitantes de zonas menos colonizadas, se
identificaron más con los patrones de rebelión e inconformidad, en la
medida que mantenían las condiciones materiales necesarias para
reproducir su conciencia indígena y recrear su identidad.
El
proceso de sometimiento de los mayas rebeldes de oriente marchó paralelo
a la reorganización de los de la región occidental, en función de lo
que fuera un gran auge económico para las clases dominantes. Hacia
finales del siglo XIX, la élite había logrado sus objetivos en relación
con los mayas: supeditarlos a sus intereses y darles un papel
subordinado, económica y culturalmente, en la estructura de clases. En
el caso de Chiapas, poco después de la Independencia se inició un
proceso de acaparamiento de tierras que dio lugar a la conformación de
enormes latifundios y plantaciones, en los cuales se ubicó a gran parte
de la población de origen maya en calidad de mano de obra
superexplotada.
Los criollos lograron hacerse de haciendas y
ranchos ganaderos, gracias a las facilidades que les ofrecieron las
leyes para apoderarse de las tierras de los indígenas. Todo esto dio
origen a nuevas revueltas indígenas en las zonas más afectadas. Como la
Guerra de Santa Rosa o Rebelión de Cuscat (1867) en los Altos de
Chiapas.
En Guatemala el liberalismo también cumplió un papel
importante en la transformación social. Durante la primera mitad del
siglo se vivió una fuerte crisis económica, decayó la producción
agrícola y la minera. En la segunda mitad, el mejoramiento de la
situación económica del país se dio acompañado de la creación y
expansión de haciendas.
El café surgió como el producto principal
de exportación y suplantó a la grana, que había visto disminuir su
demanda a causa de las anilinas. Se desarrollaron así las haciendas y
plantaciones cafetaleras y, en menor grado, las de azúcar.
Todo
lo anterior no redundó en favor de los mayas. Estos permanecieron
marginados de los beneficios que brindaban las plantaciones. En todo
caso la diferencia de Guatemala, entre Chiapas y Yucatán consistió en
que la expansión de las haciendas fue de manera más lenta. No obstante,
ahí también se desarrolló la servidumbre y el peonaje.
La
resistencia cultural del pueblo maya, se manifiesta a través de la
adopción de un conjunto de símbolos religiosos y de mitos que dan lugar a
un proceso sincrético como resultado de la presencia de los elementos
culturales traídos por los colonizadores.
Para los mayas del
siglo XIX constituyó un periodo de lucha intensa por la defensa de sus
tierras y su identidad. En ello pusieron en juego todos los elementos
con que contaban oponiendo al invasor la riqueza de su cultura. Podría
decirse que era una batalla de antemano perdida entre los hombres del
maíz y los descendientes y aliados de los conquistadores, que trataron
de realizar lo que podríamos llamar la segunda conquista: la de los
liberales. Sólo la riqueza de su identidad y la profundidad de sus
mitos, permitieron que los mayas resistieran a la gran ola
“civilizadora”.






