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El resurgimiento de San José Manialtepec y las aguas termales de Atotonilco (Oaxaca)

Por: Michael Mancillas

En contadas ocasiones acuden mexicanos en busca de las propiedades curativas de las aguas termales.

San José Manialtepec, Oaxaca, es una población que no aparece en los mapas turísticos, y sin embargo en octubre de 1997 imágenes de este lugar dieron la vuelta al mundo, ya que fue uno de los puntos donde el huracán Paulina causó mayores estragos.

Es realmente satisfactorio para quienes observamos a través de los medios de información las penurias que pasaron los casi 1 300 habitantes del lugar, encontrarnos actualmente con un pueblo apacible, pero lleno de vida, donde los malos recuerdos se van perdiendo en el tiempo.

Aun cuando San José Manialtepec está en una zona eminentemente turística, a sólo 15 km de Puerto Escondido, rumbo a las lagunas de Manialtepec y Chacahua, dos atractivos naturales muy concurridos por turistas –sobre todo por extranjeros aficionados a la observación de aves–, no es punto de visita, o tan siquiera paso obligado de quienes se dirigen a los mencionados sitios turísticos.

El deseo de visitar el lugar nació cuando, estando en Puerto Escondido, surgió el comentario del paso del huracán Paulina por la región, y recordamos el desbordamiento del río Manialtepec sobre el poblado de San José; pero el deseo aumentó al enterarnos de que sus habitantes habían superado en forma ejemplar aquella crisis.

A primera vista es difícil creer que hace dos años muchas de las casas que ahora vemos estuvieron sumergidas en el agua casi por completo, y que incluso, según comentan los lugareños, más de 50 casas se perdieron en su totalidad.

Lo que sucedió, según nos explicó después nuestro guía, Demetrio González, a quien le tocó participar como miembro del comité de sanidad, regando cal y realizando otras actividades para evitar epidemias, fue que el río Manialtepec, que baja desde la sierra y pasa justo a un lado de San José, no fue suficiente para encauzar toda el agua que por diversas vertientes engrosaron su caudal hasta hacer que creciera al doble, y siendo muy bajo el bordo que separaba al río de la población, el agua se desbordó y arrasó un gran número de casas. Aun cuando fueron cubiertas por el agua casi en su totalidad, las más fuertes resistieron, pero incluso algunas de éstas muestran grandes hoyos por donde buscó salida el agua.

Continúa Demetrio: “Fueron alrededor de dos horas de espanto, como a las nueve de la noche del 8 de octubre del 97. Era miércoles. Una señora, a la que le tocó vivirlo todo desde el tejabán de su casita, que temía que en cualquier momento se la llevara el río, quedó mal de su cabeza. Apenas parece que ya se está aliviando”.

Esa fue la parte desagradable que nos tocó compartir en este viaje, la remembranza de la cercanía de la muerte. Pero por otro lado es de reconocerse la capacidad de recuperación de la gente del lugar y el amor por su tierra. Actualmente todavía existen algunos indicios de aquel trago amargo. Aún encontramos por ahí parte de la maquinaria pesada que levantó un bordo mucho más alto, tras el cual sólo asoman los techos de las casas vistas desde el río; y allá, muy en lo alto de un cerro, se alcanza a distinguir un conjunto de 103 casas construidas para reubicar a los damnificados, un proyecto realizado con el apoyo de numerosos grupos de ayuda.

San José Manialtepec sigue ahora su ritmo de vida normal, tranquilo, con poco movimiento en sus bien trazadas calles de terracería, ya que sus pobladores trabajan durante el día en parcelas cercanas donde se siembra maíz, papaya, jamaica, ajonjolí y cacahuate. Unos más se trasladan diariamente a Puerto Escondido, donde laboran como comerciantes o prestadores de servicios al turismo.

Después de haber compartido con los manialtepequenses sus experiencias, tanto la del horror como la de la reconstrucción, nos dispusimos a cumplir nuestro segundo cometido: recorrer el cauce del río, ahora que su tranquilidad nos lo permite, hasta llegar a Atotonilco.

Para entonces ya están listos los caballos que nos llevarán a nuestro próximo destino. A pregunta expresa, Demetrio responde que la mayoría de las personas que los visitan son turistas extranjeros que desean conocer las bellezas naturales, y sólo en contadas ocasiones acuden mexicanos en busca de las propiedades curativas de las aguas termales. “Hay quienes hasta se llevan sus envases con agua para tomarla como remedio, pues se las han recomendado para varios males”.

Ya montados en nuestros caballos, apenas salimos del poblado bajamos el bordo que lo protege y ya estamos cruzando el río. A nuestro paso vemos niños refrescándose y mujeres lavando; un poco más allá, algunas reses bebiendo agua. Demetrio nos señala cuánto se ensanchó el río –el doble, de unos 40 a 80 metros– y apunta a una parota, que es un árbol muy grande y fuerte de la región de la costa que, según nos dice, con sus fuertes raíces ayudó a desviar un poco el agua, evitando que el daño fuera peor. Aquí realizamos el primero de seis cruces –o pasos, como ellos le llaman– para ir de un lado a otro del río.

Continuando nuestro camino, y al pasar junto a unas cercas que circundan algunas propiedades, Demetrio nos explica que sus dueños suelen sembrar en los límites de sus tierras dos tipos de árboles muy fuertes para reforzar sus cercas: los que ellos conocen como “Brasil” y “cacahuanano”.

Precisamente al ir por uno de estos pasajes sombreados alcanzamos a ver el cuerpo de una víbora de cascabel, sin su cascabel y sin cabeza, lo que aprovecha nuestro guía para comentar que en los alrededores hay también coralillos y un animal muy parecido al ciempiés, que ellos conocen como “cuarentamanos” y que es especialmente venenoso, al grado de que si su mordedura no es atendida con rapidez puede causar la muerte.

Más adelante el río parece coquetear con los altos riscos, pasando a su lado, serpenteante; y allá, muy en lo alto, descubrimos una gran roca cuya forma da nombre a la cima que está frente a nosotros: “Pico de Águila” se llama. Seguimos cabalgando extasiados por tanta grandeza y hermosura, y al pasar bajo unos enormes árboles macahuites nos toca ver entre sus ramas un nido de comejenes, construido a base de madera pulverizada. Ahí mismo nos enteramos de que posteriormente estos nidos serán ocupados por unas cotorritas verdes como las que en varias ocasiones se nos han atravesado por el camino.

Ya casi para llegar a nuestro destino, después de haber cruzado los dos últimos pasos del río, todos ellos de agua cristalina, algunos pedregosos y otros con fondos de arena, se observa una situación bastante peculiar. Durante todo el recorrido nuestros sentidos se llenaron de verde y de grandeza, pero en este lugar, en un paraje extremadamente rico en vegetación, un gran árbol conocido como “frutillo” albergó en su corazón, justo donde nacen sus ramas, a una “palma de corozo”. Así, aproximadamente a unos seis metros de altura, nace de un tronco un árbol completamente diferente, que extiende su propio tronco y ramas hasta cinco o seis metros más arriba, confundiéndose con las ramas del árbol que lo cobija.

Casi enfrente de este prodigio de la naturaleza, cruzando el río, están las aguas termales de Atotonilco.

Hay en este lugar entre seis y ocho viviendas muy dispersas, escondidas entre la vegetación, y por ahí, en la ladera de un cerro, sobresale de entre el verdor una imagen de la Virgen de Guadalupe resguardada en un nicho.

Justo a un lado, a unos metros, puede verse cómo baja por entre las piedras un pequeño manantial que deposita sus aguas en una pileta, donde también brota el agua, y que fue construida para que los visitantes que lo deseen y soporten la temperatura del agua, sumerjan sus pies, sus manos o incluso, como lo hacen algunos, todo su cuerpo. Por nuestra parte, después de refrescarnos en el río, decidimos descansar sumergiendo pies y manos, poco a poco, en el agua que se encuentra a gran temperatura y que despide un fuerte olor a azufre.

Poco después estábamos listos para desandar lo andado, disfrutando a nuestro regreso una vez más de la contemplación de estas bellezas naturales, de montes y planicies ricas en vegetación y de la frescura que nos brindó el río en todo momento.

El tiempo total que nos tomó realizar el presente recorrido fue de aproximadamente seis horas, así que de regreso a Puerto Escondido aún tuvimos tiempo de visitar la laguna de Manialtepec.

Con gran beneplácito nos encontramos con que el lugar conserva su hermosura y sus servicios. En su ribera existen algunas palapas donde se come magníficamente y los lancheros ofrecen sus embarcaciones para realizar diversos paseos, como el que nosotros hicimos, y en el cual pudimos comprobar que los manglares siguen siendo el hábitat de numerosas especies, como martín pescador, águilas negras y pescadoras, diferentes tipos de garzas –blancas, grises y azules–, cormoranes, patos canadienses; cigüeñas que anidan en las islas, y muchas, muchas más.

Incluso, según nos comentaron, en la laguna de Chacahua, ubicada 50 km al oeste, el huracán les benefició, ya que abrió el paso entre la laguna y el mar, quitando el azolve que durante años se había venido acumulando hasta cerrarlo, lo que además permite la limpieza permanente de la laguna y facilita la transportación y la comunicación de los pescadores. Ahora se ha construido una bocabarra para evitar en lo posible que el azolve se vuelva a producir.

Este fue el final de un hermoso día donde compartimos, a través de la palabra, el sufrimiento que gracias a la fortaleza se borra día con día, y a través de la vista y los sentidos, la magnificencia que aquí, como en muchos otros lados, nos sigue ofreciendo nuestro México desconocido.

SI VAS A SAN JOSÉ MANIALTEPEC
Salga de Puerto Escondido por la carretera núm. 200 rumbo a Acapulco, y tan sólo 15 km adelante siga el señalamiento a San José Manialtepec, a la derecha, por un camino de terracería en muy buen estado. Dos kilómetros después llegará a su destino.

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