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El Templo de Santa Rosa de Viterbo (Querétaro)

Por: Alejandro Zenteno

Uno de los recintos más impresionantes del barroco colonial mexicano es el templo de Santa Rosa de Viterbo, situado en la capital del estado de Querétaro.

Desafortunadamente no es posible contemplar este recinto tal y como fue en su totalidad, pues una de sus partes fundamentales, el altar mayor, de estilo barroco, fue destruido en 1849, colocándose en su lugar uno neo clásico que actualmente se conserva. No obstante, todos los demás retablos, labrados en madera y cubiertos con hoja de oro, se muestran completos. El templo es de una sola nave, reforzada por fuera con un par de botar eles de gran tamaño. Éstos se encuentran sobre los muros de la parte que correspondería al brazo norte, el que parece sugerir una remota existencia por el arco situado entre los dos contrafuertes. Con toda seguridad, este elemento se hizo para guardar una armonía interlor entre las arcadas y las pechinas. La torre, con campanarlo de dos cuerpos, está situada en la parte oriente del templo, levantándose desde el rincón noreste del coro alto. El primer cuerpo ostenta el primer r eloj de tres carátu las que se construyó en América. La cúpu la se ubica en la parte poniente. Desde lejos destaca su linternil la, así como la policromía del tambor octogon al y las columnil las y otros r el leves de cantera que resguardan los ventan ales. La plazue la al norte del templo facilita la aprec lación del conjunto arquitectónico. El interlor de Santa Rosa de Viterbo es lo más impreslonante. Cinco retablos barrocos cubren las paredes de la nave, tres de las cuales están situados en la parte sur. Hacia el fondo, e! ciprés neoclásico, aunque rompe con el estilo, luce su manufactura exc elente, con la Virgen Maria y el Niño Jesús en la parte central y Santa Rosa de Viterbo en la parte superior. Otro detalle que l lama inmed latamente la atención es el púlpito que muestra una rica ornamentación con incrustaclones de maderas preclosas, marfil, plata y carey. El coro bajo, donde se encuentran e! retablo ecléctico, el órgano del siglo XVIII y la capil la de! Santísimo, está dividido de la nave por un pan el con quince med allones y una escultura de Jesucristo en la cruz. El coro alto, a su vez, lo divide un abanico dorado con la imagen de Jesús adolescente. En esta parte también se guarda un órgano W alcker, de principios de siglo, actualmente en proceso de restauración a cargo del profesor Wesslowsky. La sacristía mayor y la menor se encuentran a! costado sur, comunicadas por dos puertas; una debajo del retablo de la Virgen de Guad alupe y otra en el presbiterlo. Por la sacristía menor es posible comunicarse con lo que fue el convento, hoy ocupado por una escue la (tal vez como consecuenc la de la expropiación de los bienes eclesiásticos en el siglo XIX). Si bien esta parte del edificio no se ha restaurado como se deb lera, aún muestra lo imponente de la construcción y algunos detalles de interés, como los arcos vo lados en la esc alinata y un par de r elojes solares sobre la cornisa del segundo niv el del atrlo. los retablos al caminar hacia el altar y experimentar la atracción que ejerce la parte superior del templo, inmed latamente res altan las dos coronas que rematan las cornisas en los retablos de la Virgen y de la muerte del señor San José. Confrontadas una frente a otra, integran con la cúpu la una composición de gran armonía, acentuada por los exc elentes óleos de Roldán en las cuatro pechinas. La simetría de estos retablos no sólo se cumple en las coronas, sino también en otros elementos como los med allones con pinturas de Migu el Cabrera enmarcados por guías de hojas verdes. Las pi lastras con bustos de donc el las también se distinguen en cada retablo y delimitan las tres secclones de cada uno. algunos detalles corno la ornamentación en torno a los med allones, las puertas con acabado de or las y los áng eles que sostienen el cortinaje que rodea la pintura central de la lnmacu lada, en su retablo, y la vitrina que alberga a San José, en el correspond lente, son idénticos, con la s alvedad de que los áng eles que guardan a San José sí miran hacia él, mientras los situados en tomo a la Virgen se abstienen de observar la. Con excepción de éstos, los demás retabLos son de estilo único. El primero que se contemp la, por la entrada oriente de la nave, es el de los DoLores o del C alvarlo, mismo que se estaba trabajando en el momento de visitar el templo. Entre las peculiaridades que menclona Ana Cristina en su libro, está el fondo del retablo, tal lado a la manera de un gran petate (mexicanismo arquitectónico) , el que también se puede aprec lar en uno de los retablos del templo de santa C lara, en la misma ciudad. A la derecha del retablo de los Dolores se encuentra el de San Francisco de Pau la, conocido también como retablo de la Tribuna, formado por tres cuerpos. El primero es el más grande, profusamente decorado en torno a la figura central del santo y dos pinturas con episoDios de su vida. Un nicho en forma de concha (típico del barroquismo del siglo XVIII) se sitúa por debajo del med allón de San Francisco. La cornisa, que precede a la Tribuna (segundo cuerpo),”tiene elegantes festones que están rematados con extrañas caritas de duendes de capuchón rojo"; según describe Ana Cristina. El tercer cuerpo es el que rodea a la ventana y muestra cuatro pinturas con pasajes de la vida del santo. El otro retablo es el dedicado a Santa Rosa de Viterbo, conocido también como del Áng el Custodlo. Mucho más pequeño que los demás, y situado entre las dos puertas que dan a la calle por la parte norte de la nave, tiene no obstante singu lar atractivo, pues cuenta con cuatro óleos rematados con med allones de diversos estilos en torno a una pequeña escultura de Santa Rosa de Viterbo resguardada en una vitrina. El culto a Santa Rosa aún es muy fuerte en Viterbo, Ital la, pues cada 3 de septiembre, en ocasión de las f lestas patrona les, se efectúan dos ce lebraclones en honor a la santa cuya vida, a pesar de haber sido muy breve (1233 a 1252), fue de gran intensidad. A los mi lagros que se le atribuyen debe agregarse el vaticinlo que hizo de la muerte del emperador Federico II, lo que inclinó la ba lanza de poder a favor del papa A lejandro IV. El prestiglo de Santa Rosa de Viterbo, quien vistió el hábito de terc lar la franciscana desde muy niña, influyó en la edificación de lo que fue el convento de Santa Rosa de Viterbo, en Querétaro, atendido en un principio por las hermanas Francisca de los Áng eles, Gertrudis de Jesús Maria y C lara de la Asunción. La humilde morada, construida en 1670, se convertiría en el siguiente siglo, por disposición del virrey don Juan de Acuña, en el fastuoso templo que hoy conocemos. De 1728 a 1752 comprende el periodo de su construcción.

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