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Laguna de Miramar, maravilla natural en la Selva Lacandona

Por: México Desconocido

En la Selva Lacandona, se encuentra una de las más bellas lagunas de Chiapas: la Laguna de Miramar. ¡Visítala en la Reserva de la Biósfera Montes Azules!

Selva Lacandona adentro

En el inicio de nuestra expedición, volábamos sobre los manchones de selva que aún existen pese a la dramática deforestación de la Selva Lacandona, que en sólo 30 años ha cambiado la fisonomía de la zona. Al aproximarnos a la pista de San Quintín, cercana al ejido Emiliano Zapata, una de las más espectaculares lagunas de Chiapas pasó frente a la avioneta que nos transportaba desde Tuxtla Gutiérrez: la Laguna de Miramar.

La Reserva de la Biósfera Montes Azules fue declarada el 12 de enero de 1978; debe su nombre a la coloración que se produce especialmente al amanecer. En esta reserva de la biósfera se encuentra la Laguna de Miramar, la mayor laguna natural del estado de Chiapas.

 

Cómo llegar a Miramar

Llegamos a la casa de Manuel Gómez, quien se hizo cargo de facilitar nuestro traslado a la Laguna de Miramar, una de las más espléndidas lagunas de Chiapas, donde se entretejen varias historias a lo largo del tiempo: la de los antiguos lacandones, la de los conquistadores y la del agreste ambiente selvático.

Al salir del poblado nos topamos con el río Perlas, de unos 25 metros de ancho. Los caballos que nos transportaron debían cruzarlo en cierto punto, pero nunca pensamos que el agua nos llegaría hasta la silla de montar. El grupo de apoyo que iba a pie llevaba parte del equipo y lo cruzó a través de un puente colgante; con su experiencia para moverse en la zona, llegó antes que nosotros a la laguna. En el camino pudimos observar la selva secundaria que predomina después del desmonte.

Alcanzamos la Laguna de Miramar por la noche. Sólo percibíamos el contorno de los enormes árboles de esta parte de la Selva Lacandona, adornados por miles de luciérnagas.

 

Vegetación de la Selva Lacandona

La Laguna Miramar es como una isla de agua dentro de la densa selva de Chiapas. Esta reserva de la biósfera es uno de los ecosistemas más diversos del planeta; en su interior uno experimenta esa rara ambigüedad de sentirse un ser extraño en un santuario de la naturaleza y al mismo tiempo parte integral de un todo armónico. Aquí, lejos de la cotidianidad, se estimulan todos los sentidos: es posible percibir colores brillantes, disfrutar aromas exóticos y escuchar los sonidos estremecedores de los monos saraguatos que habitan en los árboles.

La observación cuidadosa del entorno permite admirar las mil y una maneras en que la vegetación de la Selva Lacandona se enfrentan al reto de la supervivencia: los enormes árboles que atrapan la luz y el agua y crean sombra para los otros organismos; plantas como las lianas y enredaderas que los usan como soportes y entretejen su existencia a la de ellos en busca de luz; orquídeas de colores y formas atrayentes para los insectos polinizadores; y bromelias que almacenan agua y se convierten en condominios aéreos para varias especies.

En medio de tanta vida se regula el clima, se atenúa el impacto de la lluvia sobre el suelo y se produce oxígeno, en una actividad incesante de incontables microorganismos, plantas y animales de la Selva Lacandona.

Los árboles con grandes alturas de 30 a 50 m y diámetros de hasta un metro predominan en el paisaje. Así, nos topamos con ceibas, amates, guanacastles, el súchil, la caoba y el palo mulato. En muchos de ellos se observan los típicos contrafuertes que les permiten agarrarse al suelo.

En la selva hay dos factores por los que todos los seres vivos que forman parte de la vegetación de la Selva Lacandona compiten: la luz y el agua. El verde oscuro brillante que domina el panorama es característico de las hojas que se extienden a veces más de un metro de longitud para atrapar la poca luz que dejan pasar las copas de los árboles o lo que llamamos el dosel de la selva. Muchas poseen extremos puntiagudos que favorecen el goteo de la humedad que recolectan.

En la parte baja, el sotobosque, predominan las palmas, los helechos, diversas hierbas y plantas rastreras: es el sitio de la penumbra. Ahí llega sólo del 1 al 3% de la luz; alrededor de las cuatro de la tarde parece que ya es de noche. Esto crea un ambiente muy especial en la Selva Lacandona de Chiapas, en la cual sobreviven organismos que han desarrollado ciertas estrategias.

También nosotros debimos adaptarnos a esas condiciones, ya que la poca cantidad de luz representó un problema para captar nuestras imágenes.

En la vegetación de la Selva Lacandona existen diversos mecanismos para alcanzar la luz. Las aráceas, por ejemplo, son enredaderas que trepan hábilmente. Sus semillas germinan en el suelo hasta que localizan un tronco por el que ascienden y ya en las alturas dejan caer sus largas raíces aéreas que crean ese mágico ambiente de la selva siempre verde.

Algunas de estas lianas —famosas gracias a Tarzán— están llenas de agua. En condiciones extremas pueden cortarse para beber de ellas el líquido más puro que uno pueda imaginar; por ello se les llama “palos de agua”.

En nuestro recorrido nos encontramos con otro caso formidable: el del matapalo, una planta estranguladora del género Ficus. Sus semillas son dispersadas por murciélagos; al caer sobre otro árbol, crecen a una velocidad impresionante y lanzan hacia el suelo sus vigorosos tallos que rápidamente se engruesan y quedan finalmente como árboles encaramados sobre otros, a los que envuelven y estrangulan después de varios años. En su lugar quedan huecos que suelen ser ocupados de nuevo por murciélagos.

 

Animales de la Selva Lacandona

La diversidad de animales es enorme: colibríes dispersores de polen; mariposas, tucanes, loros y guacamayas que muestran vistosos coloridos; el águila arpía que hace presa de los monos araña, los saraguatos y los osos hormigueros; jaguares, ocelotes y tapires que sigilosamente recorren la selva; peces y aves acuáticas; numerosos insectos y reptiles, entre muchos otros.

La Selva Lacandona en Chiapas cuenta con una riqueza genética de gran importancia y puede ser fuente proveedora de fármacos, árboles maderables, semillas y aromas atrayentes que son parte de nuestra alimentación, como la vainilla.

La magnificencia y complejidad de la dinámica de una selva tropical se manifiesta cuando por alguna circunstancia se abre un espacio a la luz. Cuando ocasionalmente los vientos derriban algunos gigantes del dosel, se forman grandes claros, ya que con frecuencia en la caída son arrastrados otros árboles. Los hongos, microorganismos y animales aprovechan este claro. Con ayuda de la luz, se descompone la materia orgánica y se crean condiciones adecuadas para que las semillas latentes despierten de su letargo. En poco tiempo plantas pioneras como los chancarros, junotes, palos de balsa, platanillos y mafafas crecen velozmente. Posteriormente las plantas tolerantes a la sombra sustituyen a las pioneras... poco a poco se restituye la vegetación y el claro se cierra.

Así, al caminar por esta selva, apreciamos formas, colores, aromas, sonidos y formidables interacciones que en otro tiempo acogieron a sus antiguos pobladores. Al amanecer el espectáculo era impresionante: los rayos del Sol tras las nubes que envuelven la cumbre de las montañas en torno a la laguna crearon un panorama difícil de describir.

Pronto, en dos lanchas de remo nos dirigimos al otro extremo de la Laguna de Miramar. Aunque el esfuerzo y el tiempo requerido para cruzarla es mayor que si se utilizaran lanchas de motor, se ha planteado que es la mejor manera de recorrerla para evitar que sea perturbado el maravilloso ambiente sonoro.

El poder de regeneración de la selva ha cubierto vestigios de construcciones mayas en cientos de zonas del sureste del país que poco a poco se han ido descubriendo y restaurando para el conocimiento de todos. Tal es el caso de Bonampak y Yaxchilán, inaccesibles para el turismo hace sólo unos meses y que hoy podemos visitar por carretera. Pero aún existe en medio de la selva una gran riqueza arqueológica por investigar.

 

Lacan-Tun

Tres horas después de remar y casi exhaustos nos acercamos a la mayor isla dentro de la laguna. Se llama Lacan-Tun, que significa “piedra grande”. De aquí deriva el nombre con el que hoy conocemos a la Selva Lacandona. El lugar se nos presenta como un maravilloso oasis verde en medio de aguas transparentes.

Al penetrar en la densa vegetación de la isla Lacan-Tun nos topamos con los restos arqueológicos de construcciones hechas por sus antiguos moradores. Desde la época de Bernal Díaz del Castillo ya eran llamados lacandones, y por su carácter y el conocimiento que tenían de la selva, resistieron durante más de 150 años el embate de los conquistadores.

Cuando finalmente fue destruida su ciudad, se trasladaron hacia el sureste y fundaron Sac-Bahlán, donde sufrieron enfermedades y epidemias. La última ocasión en que se supo de ellos fue en el poblado de Retalhuleo de Guatemala, en 1769. Los lacandones que hoy viven en la selva migraron desde la península de Yucatán unos 50 años después para formar pequeñas poblaciones.

Envueltos en la belleza del atardecer, remamos de regreso al campamento bordeando la Laguna de Miramar y en el trayecto nos topamos con dos cuevas. En la cueva del Mono admiramos una figura labrada en la piedra por la cual recibe su nombre. Al entrar a ella la naturaleza nos concedió la fortuna de contemplar un espectáculo más: paredes de roca completamente cubiertas por densa vegetación.

A fin de cuentas y después de vivir esta aventura, uno se pregunta si pasará inadvertida para la humanidad la enorme cantidad de organismos que todavía los taxónomos no han tenido tiempo de catalogar y que día tras día ven amenazada su existencia.

Es necesario entender la razón por la cual la selva se va. La riqueza de la Selva Lacandona consiste precisamente en su biodiversidad; en una hectárea existen pocos individuos de cada especie, lo que provoca un insuficiente aprovechamiento forestal. Por este motivo ha sido más fácil la deforestación de la Selva Lacandona y utilizar el suelo con fines agropecuarios. Pero si se buscan opciones de manera diversificada, la selva puede ser una fuente inagotable de recursos, incluso para los que hoy la desmontan. Existen cultivos no maderables, como el chicle, la pimienta gorda, la palmera xiate, la miel de abeja; también la cacería basada en un estudio adecuado de las poblaciones y el ecoturismo, entre otros.

El reto a enfrentar es cómo organizar a las comunidades que hoy la habitan para que todo esto sea una realidad.

 

Camino a la Laguna de Miramar

Desde San Cristóbal de las Casas hay que tomar la carretera federal núm. 190 hacia el sur, y tras recorrer 108 km encontrarás una desviación, a la izquierda, en dirección a Emiliano Zapata.

Una vez allí toma la carretera de terracería rumbo a San Quintín, en plena Reserva de la Biósfera Montes Azules, donde se halla la Laguna de Miramar, cuya ubicación geográfica clima y variedades bióticas hacen del lugar un sitio privilegiado.

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