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Félix María Calleja

Calleja fue organizador y jefe del ejército del centro (1810-12) durante la guerra de Independencia y sexagésimo virrey de la Nueva España, gobernando de 1813 a 1816, siendo uno de los grandes villanos de la historia de México.

Nació en Medina del Campo, Valladolid, y murió en Valencia. Hizo su primera campaña como alférez en la desgraciada expedición de Argel que, en el reinado de Carlos III, dirigió el conde O'Reilly. Fue maestro y capitán de una compañía de 100 cadetes, entre los que se contaron Joaquín Blacke, regente después de España, y Francisco Javier de Elío, futuro virrey de Buenos Aires, en la Escuela Militar de Puerto de Santa María.

Llegó a la Nueva España con el segundo conde de Revillagigedo (1789), como capitán agregado al regimiento de infantería fijo de Puebla, y desempeñó con acierto varias comisiones hasta ser nombrado comandante de la brigada de San Luis Potosí. Tuvo allí a su mando el cantón de tropas mandado reunir por el virrey Marquina, al que concurrió con su compañía el capitán Ignacio Allende. Allí también casó con Doña Francisca de la Gándara, hija del alférez real de esa ciudad, el cual era dueño de la gran Hacienda de Bledos; y adquirió gran influencia sobre la gente del campo, que le conocía por "el amo Don Félix".

Al ocurrir la insurrección de Hidalgo, sin esperar órdenes del virrey, puso sobre las armas las tropas de su brigada, las aumentó con otras nuevas y organizándolas y disciplinándolas, formó el pequeño (4,000 hombres) pero poderoso ejército del centro, que logró vencer a Hidalgo y hacer frente a la formidable ofensiva comenzada por Morelos.

Retirado Calleja a México después del sitio de Cuautla (mayo, 1812), tenía en su residencia (Casa de Moncada, llamada luego Palacio Iturbide) su pequeña Corte adonde concurrían los descontentos con el Gobierno de Venegas, a quien acusaban de falto de plata e impotente para contener y terminar la revolución. Cerca de 4 años gobernó luego el país como virrey. Completó el ejército haciéndolo llegar a 40,000 hombres de tropas de línea y milicias provinciales, y otros tantos de realistas organizados en todas las poblaciones y haciendas, salidos unos y otros en su mayor parte de las provincias mismas que estaban en revolución; reorganizó la Hacienda Pública, cuyos productos aumentó con nuevos impuestos; restableció el tráfico mercantil con los frecuentes convoyes que circularon de nuevo de una extremidad a otra del reino y el servicio regular de correos; e hizo crecer la actuación y los productos aduanales.

Esto supone las continuas e intensas campañas que promovió contra los insurgentes, en las que sucumbió Morelos. Hombre resuelto y sin escrúpulos, no se detuvo él mismo en los medios y cerró los ojos a los abusos que sus comandantes cometían, si servían con celo a la causa real. Hízose así odioso a sus contemporáneos.

Vuelto a España, recibió el título de conde de Calderón (1818) y las grandes cruces de Isabel la Católica y San Hermenegildo. Después de ser capitán general de Andalucía y Gobernador de Cádiz, tuvo el mando de las tropas expedicionarias de Sudamérica, las cuales se sublevaron antes de partir y le redujeron a prisión (1820). Puesto en libertad, rehusó el Gobierno de Valencia y estuvo de nuevo preso, en Mallorca, hasta 1823. "Purificado" en 1825, quedó en el cuartel en Valencia hasta su muerte.

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