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Historia de la Feria de la flota en Xalapa

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Por: Gema Lozano y Nathal

Conoce la historia de la Feria de la Flota, celebrada en Xalapa por vez primera en el año de 1721.

El primer pueblo de indios al que llegaron los viajeros coloniales después de su entrada a la Nueva España por el Puerto de Veracruz, fue Xalapa. Sus antiguos barrios de indígenas: Tlamecapan, Xalapan y Techacapan, con ascendencia teochichimeca y nahua, se habían acomodado entre las faldas del lugar de las Cinco Flores: el cerro Macuiltépetl, cuyas cintas de ríos y arroyos descansaron sus puntas en lagunas rodeadas de bosques de liquidámbar con ligeras lluvias mañaneras y un cielo "hermoso y sereno en verano" o de inspirada "melancolía desde el mes de diciembre hasta el de febrero".

El primer pueblo de indios al que llegaron los viajeros coloniales después de su entrada a la Nueva España por el Puerto de Veracruz, fue Xalapa. Sus antiguos barrios de indígenas: Tlamecapan, Xalapan y Techacapan, con ascendencia teochichimeca y nahua, se habían acomodado entre las faldas del lugar de las Cinco Flores: el cerro Macuiltépetl, cuyas cintas de ríos y arroyos descansaron sus puntas en lagunas rodeadas de bosques de liquidámbar con ligeras lluvias mañaneras y un cielo "hermoso y sereno en verano" o de inspirada "melancolía desde el mes de diciembre hasta el de febrero".

Xalapa fue convertida por la conquista española en República de Indios para administrar su territorio y explotar sus recursos. Sus antiguos barrios fueron bautizados por los misioneros franciscanos con los nombres de Santiago, Santa María de la Concepción y San José de la Laguna, entre otros.

También fue lugar de residencia de comerciantes porteños que huían periódicamente de los "grandes calores", la "arena muerta" y los mosquitos del Puerto de Veracruz, mientras esperaban el tiempo de arribo de las embarcaciones mercantes custodiadas por navíos de guerra de la flota española, para luego trasladar las mercancías europeas a lomo de mula por experimentados indígenas arrieros conocedores de los caminos, veredas, apantles (veneros) y cortaduras hasta la Ciudad de México, punto clave del sistema monopólico colonial, donde se efectuaba la feria comercial por excelencia que reunía a vendedores y compradores no sólo de productos europeos, sino también de otros lugares de la propia Nueva España.

Los comerciantes capitalinos, a través de su órgano gremial, el Consulado de México, habían acrecentado sus capitales financiando a sectores productivos como la minería y la agricultura con el interés de obtener de ellos el compromiso de la venta de sus productos. Esto les permitió cerrar jugosos negocios en exclusiva que dejaron a los comerciantes regionales, por ejemplo a los veracruzanos, limitados a "desempeñar el papel de socios, agentes o comisionados de las grandes firmas mercantiles del centro".

Este sistema de comercio fue imaginado por algunos novohispanos "como una gran boca sentada en España, que era alimentada por un grueso conducto que corría de México a Cádiz pasando por Jalapa y Veracruz, el cual a su vez se nutría, por conductos menores, de los centros y ciudades del interior".

Sin embargo, al paso de los años, los comerciantes veracruzanos encontraron formas de fortalecerse a nivel regional al participar en las redes de intercambio del tinte grana, la cochinilla, llamada por los indígenas "sangre de tuna", que se producía en Oaxaca y en Xalapa, entre otros lugares novohispanos.

También aprovecharon el mercado interno de los productos venidos de la zona costera del Golfo, de tierra adentro y las islas caribeñas que les ofreció maderas preciosas, pieles, plantas medicinales y aquel material tintóreo, altamente preciado por los gaditanos como producto de importación después del oro y la plata.

Esta dinámica les permitió establecer algunas alianzas mercantiles y negociar con los comerciantes de Cádiz agrupados en su Consulado.

Otros factores externos vinieron a determinar que el grupo regional de los veracruzanos comerciantes cohesionara sus intereses económicos y fuera capaz de cuestionar e intervenir en las decisiones de los comerciantes de México: las llamadas Reformas Borbónicas. Impulsadas por el rey de España, Felipe V, estas reformas tuvieron por objetivo recuperar la economía de la metrópoli a través de la centralización de la administración y la economía del propio imperio y de sus colonias, mermada por el contrabando y los grupos comerciales, entre ellos los integrados al Consulado de México, que a trasmano permitían que otros países europeos (Inglaterra, Holanda y Francia) ejercieran el comercio para abastecer con sus productos a las colonias novohispanas.

Esta coyuntura fue aprovechada por los comerciantes veracruzanos para darle peso a su propuesta de cambiar el lugar donde se realizaba la feria comercial: la Ciudad de México. Argumentaron para ello desde la benevolencia del clima de Xalapa, su lugar estratégico (punto intermedio) entre el camino de Veracruz y la Ciudad de México, hasta la importancia de distribuir equitativamente los gastos erogados por los comerciantes de varias partes de la Nueva España y especialmente a los de las flotas que acudían a la feria. Sus alegatos tuvieron éxito y lograron obtener la Real Cédula del año de 1720, por la cual la Feria de la Flota se realizaría en Xalapa.

Xalapa, enclavada en una región caracterizada por su producción agrícola a través de las haciendas de caña o ganaderas en sus diversas estancias, muchas de las cuales se dedicaban a la cría de mulas para la arriería, de improviso se convirtió en el centro de intercambio comercial más importante de la Nueva España con oficinas Reales de la Aduana, Estafeta del Correo, Avería y Consulado, más un aparato militar dispuesto a custodiar las mercancías y sus propietarios. Así se inició otro tiempo para aquel pueblo de indios y residentes ocasionales del Puerto de Veracruz, que desde el año de 1720 y hasta 1776 se conoció con el nombre de "Jalapa de la Feria", ligando su destino al vaivén del comercio que le vino de la mar y de tierra adentro.

Su población, compuesta en su mayor parte por indígenas, pocos negros y mulatos y unas cuantas familias de españoles, se preparó para recibir a la feria. Construyeron nuevos espacios urbanos para aquella actividad: "almacenes, bodegas, figones y habitaciones, mesones y hostales" que unieron los antiguos barrios de San José, Santiago, Santa María de la Concepción, el Calvario, Pacho y Cantarranas, hasta conformar el centro de un poblado dispuesto a recibir variadas mercaderías y a "marineros de la flota, arrieros, comerciantes del interior, forasteros atraídos por el husmo de ganancias, faquines y recuas interminables que llegaban de Veracruz, México y otras provincias del reino", generando curiosidad con sus diferentes escalas de valores culturales. Una mujer de Oaxaca, una de Chihuahua o una china de Puebla eran ahí como de diferentes y lejanas naciones.

EL IMPACTO DE LAS FERIAS EN XALAPA

El impacto de la Feria en Xalapa y sus habitantes marcó un ritmo y actividad generadores de nuevas relaciones sociales. Excepto el período entre el establecimiento de la primera Feria en Xalapa en el año de 1721 y la segunda en 1729, y el que va de 1737 a 1748, las demás ferias se realizaron con cierta regularidad cada tres años, tiempo que se empleó en reconstituir la capacidad de cambio que se presentaba en cada nueva feria. El tiempo rural de Xalapa, medido por ciclos agrícolas, crianza de ganado, aves marías y gallos tempraneros, cambió de súbito a un tiempo vertiginoso de navíos y arrieros que se midió en cada feria por las cuentas de los comerciantes.

Las campanas de las iglesias echaban a vuelo olvidándose del tiempo litúrgico para bendecir las transacciones que habían de llevarse a cabo por elegantes mercaderes o anunciar la llegada de las cuadrillas de arrieros, indios en su mayoría, algunos negros libres y mulatos que, al servicio de propietarios de las recuas de mulas, llegaban a Xalapa después de 10 o 15 días de camino si venían del Puerto de Veracruz, o con jornadas más largas si llegaban de "Oaxaca, Querétaro, San Luis Potosí, Valladolid, Guadalajara, Guanajuato, Pachuca, Acapulco, Puebla y México".

Llamaba la atención el mayordomo de arrieros, (navegantes de tierra adentro), jinete con fuste, espuelas, rienda y látigo que reflejaba en su vestimenta la geografía de sus andanzas: camisa de seda con hilos de oro y plata deslizándose bajo una chaqueta corta de gamuza; calzonera de cordobán y botas de piel; sombrero de ala ancha y copa baja con chapetón de plata en forma de animal para conjurar "los malos vientos". Fue considerado jefe de la "oleada salvaje" o compañero indispensable y leal en los caminos.

También era contrabandista audaz conocedor de los secretos de los aparejos para esconder onzas de oro propiedad de contrabandistas comerciales, que de este modo aumentaban su fortuna o "gentes de ley" apreciados por su honradez. De cualquier forma, el arriero consolidaba el capital comercial.

Descargados los fardos, botijas, cajas, barriles y cuñetes en los almacenes y bodegas, los nuevos habitantes provisionales de Xalapa: "traficantes, marineros de la flota, arrieros (y) comerciantes del interior, transitaban por calles empinadas y sus abajaderos", como las de San Francisco, La Amargura, Tecuanapa, del Beaterío o La Alameda, y por los callejones de Jesús te Ampare, La Acequia, del Suspiro o San Cristóbal, o por las plazas del Mercado, del Rey o la plazuela de Belén, para detenerse en las peleas de gallos finos o escuchar tonadillas de amor o sones pícaros.

Después venía el regateo de los tratos y el grito de los pregoneros para llamar la atención sobre las mercancías puestas a la venta por los comerciantes de la flota, que contrastaban por su forma y color con los cotidianos productos mexicanos: sandías, chirimoyas, plátanos, piñas y aguacates, si se trataba de frutas; si de animales: tlacuaches, cacomizcles, armadillos y tortugas; o también con los productos destinados a la venta a granel: caña, tabaco, vainilla, purga de Xalapa y cereales; o con los "hombres negros antillanos" puestos a venta para satisfacer la demanda de los estancieros.

 

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