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Haciendas de Guanajuato

Por: Federico Vargas Somoza

Una de la formas de tenencia de la tierra durante la época virreinal en México fue la hacienda, cuyo origen se remonta a la segunda mitad del siglo XVI y está íntimamente relacionado con el otorgamiento de mercedes y encomiendas de la corona española a los primeros peninsulares que se aventuraron a poblar el territorio recién conquistado.

Al pasar los años, estas dádivas y beneficios que en un principio se componían de sólo unas cuantas leguas de terreno, uno que otro indio y muy pocos animales para la labor, se fueron paulatinamente transformando en una poderosa unidad socioeconómica de vital importancia para el desarrollo del mundo novohispano.

Podríamos decir que la estructura de las haciendas estaba conformada, en general, por un centro habitacional denominado “casco”, en él se encontraba la “casa grande” donde vivía el hacendado con su familia. También allí se localizaban algunas otras viviendas, mucho más modestas, destinadas al personal de confianza: el tenedor de libros, el mayordomo y algunos que otros capataz.

Pieza indispensable de toda hacienda era la capilla, en la cual se ofrecían los servicios religiosos a los habitantes de la finca y, por supuesto, todas contaban con trojes, establos, eras (lugar en el que se molían los granos) y algunas humildes chozas que utilizaban los “peones acasillados”, llamados así porque como pago de su salario recibían una “casa” en donde vivir.

Las haciendas proliferaron en todo el vasto territorio nacional, y dependiendo de la zona geográfica, existieron las llamadas pulqueras, henequeneras, azucareras, mezclaleras y otras, según su ocupación principal.

Por lo que toca a la región del Bajío guanajuatense, el establecimiento de estas fincas estuvo íntimamente relacionado con la minería, el comercio y la Iglesia, motivo por el que, en lo que ahora es el estado de Guanajuato, encontramos básicamente dos tipos de haciendas, las de beneficio y las agroganaderas.

HACIENDAS DE BENEFICIO
Con el descubrimiento de las ricas vetas argentíferas de lo que posteriormente se conocería como Real de Minas de Santa Fe en Guanajuato, comenzó la explotación en gran escala de las mismas y la población comenzó a crecer desmesuradamente gracias al arribo de ansiosos mineros sedientos de plata, lo cual trajo como consecuencia que se comenzaran a poner en producción estancias dedicadas a la minería, a las que se les daba el nombre de haciendas de beneficio. En ellas se llevaba a cabo la extracción y purificación de plata mediante el “beneficio” del azogue (mercurio).

Con el transcurso del tiempo y los avances tecnológicos de la industria minera, el método del beneficio del azogue fue cayendo en desuso y las monumentales haciendas mineras poco a poco se fueron dividiendo; debido a la creciente demanda de vivienda, fueron abandonando su principal actividad para irse convirtiendo en pequeños núcleos habitacionales. Hacia finales del siglo XIX, la ciudad de Guanajuato ya se había formado sobre los terrenos de las que se fraccionaron, las cuales fueron dando nombre a los más antiguos barrios de la población; las haciendas de San Roque, Pardo y Durán conformaron los barrios homónimos.

Debido al actual avance de la mancha urbana, la mayoría de estas construcciones ha desaparecido, aunque todavía podemos encontrar algunos cascos hacendarios adaptados a las necesidades que la vida moderna nos impone y, en nuestros días, funcionan ya se como hoteles, museos o balnearios y, alguno que otro, aún es utilizado como casa-habitación de alguna familia guanajuatense. Pero, desafortunadamente, de algunas sólo nos queda el recuerdo de su nombre.

En otras zonas mineras del estado, el abandono de los enormes latifundios mineros se debió, en gran medida, al agotamiento de las vetas o al “aguamiento” (inundación de los niveles bajos). Este es el caso del pueblo minero de San Pedro de los Pozos, cerca de la ciudad de San Luis de la Paz, en donde actualmente podemos visitar las ruinas de lo que en su tiempo fueron prósperas haciendas de beneficio.

HACIENDAS AGROGANADERAS
Otro tipo de finca ubicada en el área del Bajío guanajuatense fue la dedicada a la agricultura y a la ganadería, aprovechando para su instalación los fértiles suelos que hicieron famosa a la región. Muchas de éstas fueron las encargadas de abastecer de todos los insumos necesarios a aquéllas dedicadas a la minería y, en el caso de las administradas por religiosos, a los conjuntos conventuales que también abundaron en la zona.

Así, todos los granos, animales y demás productos que hacían posible la existencia de la próspera industria minera, provenían de las fincas establecidas, principalmente, en zonas rurales de los actuales municipios de Silao, León, Romita, Irapuato, Celaya, Salamanca, Apaseo el Grande y San Miguel de Allende.

A diferencia de las haciendas de beneficio, que vieron llegar a su fin debido a la evolución en las técnicas de explotación del material o al agotamiento de las vetas, el ocaso de las grandes agroganaderas se debió, principalmente, a la nueva ley agraria promulgada a raíz del movimiento armado de 1910, el cual vino a poner fin a varios siglos de latifundismo y explotación en nuestro país. Así, con la reforma agraria, la mayor parte de los terrenos de las haciendas de Guanajuato (y de todo el país) se convirtieron en propiedades de tipo ejidal o comunal, dejando, en el mejor de los casos, únicamente la “casa grande” en poder del hacendado.

Todo esto ocasionó que los cascos de las antiguamente prósperas haciendas se fueran abandonando, lo cual provocó graves e irreversibles daños a las construcciones. Muchas de ellas, debido al alto grado de olvido y deterioro en que hoy se encuentran, no tienen otro futuro que el de su total desaparición. Pero afortunadamente para todos los guanajuatenses, a partir de 1995 la Subsecretaría de Turismo del estado ha implementado un programa, en coordinación con los actuales propietarios de algunas de las haciendas, para tratar de buscar alternativas que permitan evitar la pérdida de tan bellas e históricas construcciones.

Gracias a esfuerzos como éstos, todavía podemos admirar a todo lo largo y ancho del territorio guanajuatense un gran número de haciendas en magnífico estado de conservación que, aunque fraccionadas, nos permiten remontarnos imaginariamente hasta aquellas épocas en las que el ir y venir de la gente era una prodigiosa realidad que llenó de vida toda una etapa de la historia de Guanajuato.

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