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Historia de la música en la Nueva España

Por: Aurelio Tello

A principios del siglo XVII comenzó a darse un cambio en la música española que terminó por influir en la música creada en los territorios conquistados del continente americano.

En España, como en el resto de Europa, hacia finales del siglo XVI y comienzos del XVII tuvo lugar un importante cambio en la música. Hasta hace poco a esa época se le conocía como inicios del barroco, un nombre prestado de las artes plásticas. Pero a diferencia de Italia, en España el cambio ocurrió de modo imperceptible, sin estridencias, por la dinámica interna y la evolución de la música del Renacimiento, que cuando había alcanzado su punto máximo de perfección rompió hacia nuevos derroteros. Este desarrollo alcanzó a la música americana de una forma natural, ya que la vida musical de nuestras catedrales estaba hecha según el modelo de las de España.

El uso del órgano para el acompañamiento de la polifonía y el desarrollo de una práctica policoral estuvieron asociados, o bien se desarrollaron de manera conjunta. La bicoralidad fue el punto de partida de una práctica que alcanzó proporciones esplendorosas en el siglo XVIII. Durante el siglo XVII, además del órgano, se incorporó el arpa a las capillas musicales catedralicias para realizar el acompañamiento de los villancicos. Aunque desde 1611 se registra la presencia de un arpista en Puebla, el bajo continuo con el arpa se consolidó en todo el ámbito hispanoamericano alrededor de 1630 y este instrumento estuvo vigente hasta finales del siglo XVIII. Muchos de los arpistas que tocaron en los conjuntos catedralicios eran mestizos o indígenas.

Quizá el verdadero aporte de nuestros compositores de la época colonial no está tanto en la música latina como en el villancico o en la canción de alabanza en lengua vernácula. En el siglo XVII, el villancico polifónico se torna en una pieza acompañada con instrumentos que ejecutan el bajo continuo, alcanza rasgos de dramatismo y asume una jerga típica de los negros e indios conversos; aunque en esto suele repetir esquemas provenientes de España, la solución es mucho más típica, mucho más nuestra. Los elementos sustanciales del villancico están planteados en el Cancionero musical, de Gaspar Fernandes, un cuaderno que contiene casi 300 composiciones polifónicas escritas a mano, la mayor parte de ellas firmadas por el mismo Gaspar, el cual logró llegar más o menos completo hasta nuestros días.

CREADORES PROPIOS

En el siglo XVI se conformaron grandes centros culturales y artísticos que hicieron posible prescindir de la importación europea de pintores, escultores, poetas y músicos. Muchas de las edificaciones fueron realizadas por constructores nativos o peninsulares radicados en la América española. Lo mismo se puede decir de las obras de pintura y escultura, que en su mayoría surgieron de los talleres de la Nueva España, Nueva Granada y del Perú. En lo musical, instrumentistas y compositores nativos o españoles avecindados en nuestras tierras llenaron de sonidos los conventos y los templos grandes y pequeños. En los centros urbanos, donde se fundaron obispados, aparecieron conjuntos musicales, coros y grupos de ministriles.

El primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, nombrado en 1528, emprendió un ambicioso programa para la catedral, solicitando fondos especiales a Carlos V para cantores y músicos profesionales. En 1539, nombró al canónigo Juan Xuárez como maestro de capilla y a Antonio Ramos como organista. El principal compositor de la Nueva España del siglo XVI fue Hernando Franco, o Fernandus Franco, maestro de capilla de la catedral de México en 1575 y 1585. De su labor quedan valiosos testimonios, entre los cuales destaca el famoso códice Franco, un excepcional manuscrito que contiene una colección de Magnificat y que se conserva en el Museo del Virreinato, en Tepotzotlán.

La música de los maestros españoles también se cantó en las catedrales de México, Puebla y Oaxaca, donde se conservan ediciones originales o copias manuscritas de música hispana de Cristóbal de Morales, Sebastián Aguilera de Heredia, Tomás Luis de Victoria, Francisco Guerrero, Rodrigo de Ceballos y Alonso Lobo. Pero el vínculo entre la metrópoli y las colonias se dio también por la presencia en la Nueva España de compositores ibéricos que desempeñaron un papel importante en nuestras catedrales, entre ellos destacan Juan Xuárez, Lázaro del Álamo, Juan de Victoria y Hernando Franco, en la catedral de México y Pedro Bermúdez en la de Puebla.

NUESTROS COMPOSITORES

Junto a la obra de compositores españoles hay varios maestros en la Nueva España que brillaron con luz propia en este siglo. En la Ciudad de México sobresalieron Fabián Pérez Ximeno, Francisco de Vidales, Francisco López y Capillas, José Agurto y Loaysa y Antonio de Salazar. En Puebla destacaron Gaspar Fernandes, Juan Gutiérrez de Padilla, Juan García de Zéspedes, Antonio de Salazar, autor de la música de numerosos villancicos de Sor Juana Inés de la Cruz, y Matheo Vallados.

En el siglo XVIII se consolidó el espíritu barroco, que propició el desarrollo de importantes expresiones dramáticas, como la puesta en escena de óperas, zarzuelas, entremeses y tonadillas escénicas. Al mismo tiempo, permitió el surgimiento de una nueva música instrumental, que se cultivó lo mismo en los templos que en el seno de la sociedad civil. En este siglo la música americana ya era una expresión absolutamente consolidada, con músicos de primer nivel. En la Nueva España destacaron muchos autores, como Manuel de Sumaya e Ignacio Jerusalem, maestros de capilla en México, y músicos notables de Oaxaca, Puebla, Guadalajara, Valladolid (hoy Morelia), Durango y Zacatecas.

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