El aislamiento que padecen algunas comunidades de México, así como el desconocimiento de sus bienes culturales, ha contribuido a su gradual deterioro y, en algunos casos, su total abandono y destrucción.
Huatlatlauca ha corrido esa suerte; sin embargo, conserva
aún importantes testimonios históricos, arquitectónicos, iconográficos y
culturales, así como mitos, fiestas, tradiciones orales y artesanales que datan
de la época prehispánica, y han perdurado hasta nuestros días, pero que han
permanecido ignorados debido a su relegamiento. En Huatlatlauca, pequeño pueblo
ubicado en una región calurosa y seca donde abunda la cal, el tiempo parece no
transcurrir. Ahí solamente se ven niños, mujeres y ancianos, ya que los hombres
emigran periódicamente en busca de trabajo.
Huatlatlauca se localiza en el extremo oriental del Valle de Atlixco, en la
llamada Meseta Poblana, al pie de la serranía del Tentzo, una pequeña
cordillera de cerros escabrosos, calizos y áridos que forman una depresión cuyo
fondo sirve de cauce al río Atoyac. La población está situada en la ribera del
río.
El aspecto actual de Huatlatlauca no es sustancialmente distinto de aquel que
pudo haber presentado en el apogeo del período colonial. Dado el aislamiento de
la comunidad, las prácticas sociales y culturales de tradición prehispánica
continúan estando muy arraigadas. La mitad de la población habla castellano y
la otra mitad "mexicano" (náhuatl). Igualmente en algunas fiestas
importantes se sigue celebrando la misa en náhuatl.
Una de las fiestas más relevantes de Huatlatlauca es la que se celebra el 6 de
enero, día de los Santos Reyes Magos. Seis mayordomos, uno por cada barrio, se
encargan cada día de llevar las flores al templo y de dar de comer a toda la
concurrencia, para la que diariamente se sacrifica un toro. En estos días el
pueblo se llena de alegría y música; hay jaripeo, baile de Moros y Cristianos,
y se representa "La bajada del ángel", obra de teatro popular que se
ha escenificado durante varios siglos en el atrio del templo de Santa María de
los Reyes. La actividad principal de Huatlatlauca desde la época prehispánica
es la producción de artículos de palma.
Los domingos, y conforme a la antigua costumbre mesoamericana, en la plaza principal
del pueblo se pone el tianguis, en donde se comercia con productos provenientes
de lugares vecinos.
"Huatlatlauca en lengua de indio quiere decir águila colorada ", y en
el Códice Mendocino su glifo está representado con la cabeza de un hombre con
el cráneo rasurado y pintado de color rojo.
Encontrándose en una región estratégica, en lo que son ahora los Valles de
Puebla y Tlaxcala, Huatlatlauca jugó un papel muy importante, tanto durante su
historia prehispánica, como en la colonial, ya que primero tributó a los
Señores de México y después a la Corona de España. Sus más antiguos pobladores
fueron grupos de filiación olmeca-xicalanca, expulsados posteriormente de estas
tierras por grupos de chichimecas que irrumpieron en ellas hacia el siglo XII de
nuestra era. Posteriormente, debido a la ausencia de un poder hegemónico en la
región, Huatlatlauca aparece ya como aliado de Cuauhtinchan, ya como aliado de
Totomihuacan, o bien, sujeta al Señorío de Tepeaca. Es sólo hasta el último
tercio del siglo XV cuando la invasión y el dominio mexica en el valle y la
meseta poblanas sitúan definitivamente a Huatlatlauca bajo el dominio de los
Señores de México- Tenochtitlán. En los Papeles de la Nueva España se menciona
que "eran de Moctezuma Señor de México, y sus pasados débanle de tributo
cal blanca, cañas macizas grandes y navajas para poner en las lanzas, y rodelas
de caña maciza para pelear, y algodón silvestre para sacos y corseletes que
vestían los hombres de guerra...
El conquistador Hernán Cortés llegó a la región y otorgó Huatlatlauca en
encomienda al conquistador Bernardino de Santa Clara, con la obligación de
meter en la caja de Su Majestad el producto de los tributos que consistían en
ropa, toldillos, mantas, maíz, trigo y frijoles. A la muerte del encomendero en
1537, el pueblo pasó a la Corona de la que sería tributario junto con Teciutlán
y Atempa, pertenecientes al actual Municipio de Izúcar de Matamoros. Desde
1536, Huatlatlauca tuvo su propio corregidor y entre 1743 y 1770 fue anexada a
la alcaldía mayor de Tepexi de la Seda, hoy de Rodríguez, distrito del cual
depende actualmente.
Acerca de su evangelización, sabemos que los primeros frailes en llegar a la
zona fueron los franciscanos y que, entre 1566 y 1569, abandonaron el lugar
cediéndolo a los frailes agustinos, quienes al parecer concluyeron la
construcción del convento y residieron en el sitio hasta el siglo XVIII,
dejándonos uno de los ejemplos más significativos de artesonado en madera y de
pintura mural policromada.
De lo que debió haber sido el asentamiento prehispánico, situado al sur del
convento, queda una mínima parte de los pisos, un fragmento de muro construido
con cal blanca, arena y pedacería de objetos de cerámica con características de
la Mixteca y Cholula.
Encontramos también algunos ejemplos de arquitectura civil colonial, como un
puente muy bien conservado y una casa, del siglo XVI, la primera construida por
los españoles y que probablemente albergó a los primeros frailes, la cual luce
motivos prehispánicos labrados en el dintel y las jambas de su fachada
interior, así como un horno para pan muy grande. Las casas de Huatlatlauca son
sencillas, tienen techos de zacate de dos aguas, con paredes de piedra blanca
de la región. La mayoría conserva aún sus hornos, temascales y coscomates
(especie de silos en los que todavía guardan el maíz), lo que nos permite
imaginarnos con una relativa aproximación cual fue su pasado prehispánico. En
años recientes, construcciones modernas y antenas parabólicas han modificado
severamente el paisaje, haciéndole perder en gran parte el estilo de la
arquitectura vernácula original. La traza urbana es dispersa y conserva una
distribución territorial de barrios. En cada uno de ellos hay una capilla.
Éstas fueron edificadas probablemente a principios del siglo XVII, como las de
San Pedro y San Pablo, San José -la cual conserva aún un pequeño retablo-, San
Francisco, la Candelaria y la de San Nicolás de Tolentino, que se localiza en
la segunda sección de Huatlatlauca. En todas ellas se observa un pequeño amo
siempre orientado hacía el poniente, como el convento. Están a cargo de sus
respectivos mayordomos que las cuidan con amor, apego y respeto.
En la década de los sesentas fue descubierto el conjunto conventual de Santa
María de los Reyes, Huatlatlauca por investigadores del lNAH, llevándose a cabo
los primeros trabajos de conservación y restauración, los cuales consistieron
en la eliminación de un recubrimiento de cal sobre los murales, que les había
sido aplicado en alguna época anterior y que cubría completamente los casi 400
m2 de pintura mural, tanto del claustro bajo, como del alto. También se
llevaron a cabo trabajos de conservación en las techumbres del inmueble, por
las que se filtraba mucha humedad.
El conjunto del convento de Santa María de los Reyes cuenta con un atrio de
planta rectangular que tiene dos accesos y una barda mixtilínea. En uno de sus
extremos, al sur, hay un reloj de sol realizado en piedra.
Rematando el atrio se levanta la iglesia, de estilo plateresco. Está construida
de una sola nave techada con bóveda de cañón corrido, con tres capillas
laterales y presbiterio semicircular. Los frailes franciscanos dejaron en ese
templo, -recientemente remodelado- uno de los mejores ejemplos de artesonado de
madera del siglo XVI que aún se conservan en nuestro país, y que, tanto en la
nave como en el sotocoro, ostenta una decoración con temas alusivos a la
iconografía franciscana, que se repiten cada cierto tramo y se conforman en
tableros rectangulares labrados en madera de ahuehuete. Algunos, como los del
sotocoro, tienen aplicaciones en plateado y dorado.
Al lado izquierdo hay una construcción de lo que al parecer fue una capilla
abierta, posteriormente tapiada, y que actualmente alberga una parte del
Archivo Parroquial. A la derecha se encuentra la portería que da acceso al
claustro del convento y en la parte central hay un aljibe circular. Además de
las celdas originales, también se han añadido otros cuartos, construidos hace
pocos años y orientados hacia lo que alguna vez fuera la huerta del convento.
En los dos niveles del claustro, de pequeñas dimensiones, se conservan pinturas
murales policromadas de una gran calidad plástica y riqueza iconográfica, en
las que se pueden observar las improntas de diferentes manos y estilos.
En el claustro bajo se encuentran una serie de santos que en su mayoría
pertenecen a la orden de San Agustín: Santa Mónica, San Nicolás de Tolentino,
San Guillermo, así como otros mártires que sólo aparecen en la iconografía de
este convento: San Rústico, San Rodato, San Columbano, San Bonifacio y San
Severo. Hay también escenas de la Flagelación, la Crucifixión y la Resurrección
de Cristo, intercaladas en las esquinas de los muros del claustro. Por encima
de todas éstas, está un friso con santos y apóstoles encerrados en escudos,
lamentablemente muy desvanecidos en algunas partes. Entre escudo y escudo
encontramos ornamentación de plantas, pájaros, animales y ángeles que se
repiten rítmicamente y están cargados de significación y simbolismos. En el
claustro alto, la mayoría de la pintura está en mal estado de conservación y
algunas muy perdidas; aquí también, en las esquinas de cada muro, se
representan importantes escenas religiosas como El Juicio Final, la
Flagelación, la Oración del Huerto, la Resurrección y la Crucifixión, la
Tebaida, el Camino al Calvario y el Ecce Homo.
Lo más extraordinario del convento consiste precisa- mente en el excepcional
repertorio de imágenes bíblicas que se representan en estos murales. Es algo
fuera de lo común en los conventos agustinos del siglo XVI.
Huatlatlauca también ha sido un lugar olvidado, pero sus riquezas naturales,
históricas, culturales y artísticas podrían perderse aún más, no sólo por el
deterioro producto del tiempo y el medio ambiente, sino también por la incuria de
propios y visitantes que en formas muy diversas provocan la paulatina
desaparición de estas manifestaciones de nuestro pasado. Esto puede crear un
irremisible vacío en nuestra historia colonial que jamás lamentaríamos
bastante. Urge revertir este proceso.
Fuente: México en el Tiempo No. 19 julio / agosto 1997






