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Huaynamota, la fiesta de la Semana Mayor (Nayarit)

Por: Nicolás Triedo

La tradicional ausencia de evangelizadores en la zona, la resistencia de los indios a someterse a otra fe y lo aislado de la región han hecho de la Semana Santa en Huaynamota algo sin igual.

Sin la Sierra Madre no habría huicholes. La sierra es su patria, su muralla, su escondite. A veces la sierra es prácticamente impenetrable; cuando los ríos crecen no pueden cruzarse y hay que esperar días o hasta semanas. Es una sierra esculpida por las aguas a partir de un gigantesco bloque de roca volcánica; millones de años atrás existían en sus partes más altas poderosos y enormes volcanes y miles de kilómetros de roca que actualmente la conforman. La roca configura la sierra entera y hay muy poca tierra cultivable.

Al lado de los ríos se tienen algunas hortalizas, pero las crecientes son una constante amenaza, por lo que el serrano se pasa la vida caminando, subiendo y bajando. En las partes altas la vida es más segura, pero el agua y muchas veces la escasa tierra para sembrar están abajo. En medio de esta extraña y bella sierra se encuentra la pequeña comunidad de Huaynamota, apartada de las demás poblaciones del estado, aislada por el áspero terreno que ocupa. Para llegar a este poblado, que se localiza en las inmediaciones de Huajimic, cerca del centro huichol de Guadalupe Ocotán, se puede viajar a la manera tradicional, es decir tres días a caballo desde Tepic, pero también existen las avionetas que unen a muchas de estas comunidades con el resto del estado de Nayarit. Asimismo, desde hace algunos años, con la construcción de la presa de Aguamilpas, es posible llegar en lancha hasta el río Huaynamota y desde ahí caminar 8 km hasta el lugar. La localidad está partida en su mitad por una pista de aterrizaje de tierra; de un lado queda la comunidad mestiza y del otro sus habitantes de siempre: los huicholes.

A los huicholes les importan poco los valores occidentales que han heredado los mestizos, su atención se concentra más bien en la comunidad, con interés especial en las obligaciones ceremoniales; ellos prefieren permanecer en su propia tierra, conservar sus costumbres: vivir y morir como sus padres. Descuidar las ceremonias puede acarrear un desastre individual, familiar o comunal, porque las divinidades sienten el abandono y envían mala suerte al ofensor. Algunos huicholes consideran a los santos como contraparte de las deidades nativas, cuya función es garantizar las lluvias, la salud y el bienestar material, y añaden la “lista de santos” a su “lista de dioses” sin igualarlos con ellos.  En la actualidad algunos huicholes conservan la tradición del Miércoles de Ceniza, la Semana Santa y la fiesta del santo patrón de la comunidad. La historia del universo huichol descansa en la lejana memoria de este pueblo, en sus cantos y costumbres transmitidos sigilosamente de maracame a maracame.

La expedición de Nuño de Guzmán en 1531 constituyó el primer contacto europeo con los indios de esta región, y a partir de entonces se empezó a dar la dispersión que condujo al establecimiento de numerosos ranchos huicholes fuera de la esta comunidad ancestral. A principios de 1580, después de haber entrado varias veces a la sierra, fray Andrés de Ayala y fray Andrés de Medina, ambos franciscanos, se percataron de la enorme cantidad de indígenas que ahí vivían, sin contacto con el exterior, y convencieron a sus superiores de que se fundara un convento en el corazón de la sierra. Los dos misioneros escogieron el lugar que creyeron más indicado para asentar su convento: Huaynamota. Éste era un punto donde convergían diferentes grupos indígenas; desde la misión se adoctrinaba a tres naciones diferentes que se ubicaban en las inmediaciones del convento, y que hablaban lenguas muy semejantes (huicholes-tepehuanoscoras). La labor franciscana fue precaria durante varios años, por no decir que lo siguió siendo durante todo el periodo colonial, debido en gran medida a la resistencia de los indígenas a aceptar una nueva religión.

En 1585, estando en Huaynamota fray Andrés de Ayala y fray Francisco Gil, llegaron migrantes de diferentes regiones, lo cual los naturales no aceptaban, no querían que esos nuevos colonos se asentaran en la región. Mientras los fuereños empezaban a explotar algunas minas, los indígenas trataban de convencer a los misioneros de que sacaran a los intrusos de sus tierras. Dado que los franciscanos no hicieron nada al respecto, los naturales aprovecharon la reunión del domingo para apresar y matar a los frailes. La reacción del gobierno ante la muerte de los sacerdotes no se hizo esperar: cientos de huaynamotecos fueron ejecutados y otros tantos vendidos como esclavos. Después de esto los misioneros tardaron quince años en regresar, y no fue sino hasta principios del siglo XVII que otros franciscanos llegaron a la región. Veinte años después los franciscanos vuelven a abandonar la sierra, y luego pasarán más de trescientos años antes de que los misioneros regresen a Huaynamota en 1950; hoy esta orden continúa asentada en la localidad. San Ignacio de Loyola es el patrón del pueblo, pero es el Cristo Nazareno el que se venera con fervor durante la Semana Santa. La tradicional ausencia de evangelización en la zona, la resistencia d

e los indios a someterse a otra religión, así como lo aislado e inaccesible del lugar han hecho de la celebración de Semana Santa en Huaynamota algo único. Por un lado se organizan procesiones con el Cristo Nazareno y por otra parte se realizan actividades y rituales absolutamente paganos, de los cuales la Iglesia se mantiene al margen. Desde el miércoles al caer la tarde llega gente de todas partes del país, unos en avioneta, otros a pie, todos con la intención de ver al Cristo Nazareno y velarlo toda la noche en el atrio de la iglesia. A partir del jueves y hasta el sábado el Cristo será llevado en procesión por todo el pueblo, por lo menos dos veces al día; el resto del tiempo permanecerá en el atrio para seguir siendo venerado. Personajes centrales durante la Semana Santa son los “judíos”. Mestizos y huicholes se pintan el cuerpo de negro, con olotes de maíz carbonizados y machacados. Estos personajes son los encargados de mantener el orden durante los días santos, son la “autoridad”; ellos estarán presentes en todas las actividades tanto cristianas como paganas.

Son más de ochenta, a veces con actitud irreverente, otras burlona y en muchos casos autoritaria y represiva (se dan casos de censura a las parejas que van abrazadas, por considerar al pueblo, en estos días de ritual, como un recinto santo, y tampoco permiten a la gente ingerir bebidas embriagantes). El Jueves Santo en la mañana el ritual inicia con el sacrificio de un borrego en la iglesia; más tarde el Cristo Nazareno es llevado en procesión, y al terminar se le deja nuevamente en el atrio para ser velado toda la noche.

En el transcurso de ésta los “judíos” aprehenden al Cristo, lo colocan en el centro del atrio, rodeándolo de ramales, y todos danzan dando vueltas al templo y golpeando sus espadas negras de madera, mientras tríos y bandas alegran la velada.  Al día siguiente por la mañana la gente corre por los callejones, buscando tener el mejor lugar para presenciar el siguiente acto, que tiene un carácter evidentemente pagano; tanto huicholes como mestizos participan en él. Un niño de aproximadamente ocho años, representando al Niño Jesús, va de la mano de un personaje que en la otra mano trae un látigo con el cual tendrá que protegerse de la agresión de los judíos, que ayudados con sus espadas tratarán de arrebatarle al niño antes de que lleguen al atrio. Varios callejones separan al niño y a su custodio de la meta, y tendrán que soportar una cruenta persecución antes de llegar a su destino.

Un poco más tarde, en la pista de aterrizaje aparece otro personaje, Barrabás, que viste una túnica de época y una larga peluca; junto a él están tres niños que lo irán surtiendo de piedras para que pueda defenderse del ataque de los judíos, quienes intentarán a toda costa someterlo. Esta otra batalla, no menos cruenta que la anterior, acabará con el sometimiento de Barrabás. El sábado, con la quema del Judas, y con la aparición de los danzantes y del diablo, la ceremonia termina; poco a poco Huaynamota regresa a la normalidad, los visitantes se retiran, los judíos desaparecen y el pueblo queda sumido otra vez en la tranquilidad y en el silencio, “como si aquí nada hubiera pasado”. 

Fuente: México desconocido No. 278 / abril 2000

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