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San Miguel de Allende, paradigma del encanto provinciano

La ciudad de San Miguel de Allende, situada en la zona norte del estado de Guanajuato, es uno de los sitios más bellos de la República Mexicana.

Escrito por: Maruja Gonz

Rodeada de haciendas y ranchos productivos, la ciudad es un oasis en medio de un magnífico paisaje semidesértico. Sus grandes casonas y sus iglesias son una muestra de la importancia que tuvo esta ciudad en la época del virreinato. En los salones de algunas de esas casonas se fraguo la guerra de Independencia del país. Los conspiradoresaprovechaban las tertulias, en donde se reunían para organizar el levantamiento. Entre estos hombres se encontraban don Ignacio de Allende, los hermanos Aldama, don Francisco Lanzagorta y muchos otros sanmiguelenses que han pasado a la historia como héroes de México.

San Miguel el Grande, San Miguel de los Chichimecas, Izcuinapan, como se llamó anteriormente, fue fundada en 1542 por fray Juan de San Miguel, de la orden franciscana, en un paraje cercano al río La Laja, unos kilómetros más abajo de donde se encuentra actualmente. Once años más tarde, a causa de los ataques de los chichimecas, se trasladó a la ladera donde ahora se asienta, junto a los manantiales de El Chorro, que han surtido a la ciudad desde su fundación hasta hace unos cuantos años. Ahora se hayan agotados por la excesiva perforación de pozos a su alrededor.

El siglo XVIII fue la época de esplendor de San Miguel, y su huella ha quedado en cada calle, en cada casa, en cada rincón. La riqueza y el buengusto se reflejan en todos sus contornos. El Colegio de San Francisco de Sales, edificio hoy en el abandono, fue considerado en su momento tan importante como el Colegio de San Ildefonso en la ciudad de México. El Palacio del Mayorazgo de la Canal, que actualmente es sede de un banco, representa un estilo de transición entre el barroco y el neoclásico, inspirado en los palacios franceses e italianos del siglo XVI, moda de los finales del XVIII. Es el edificio civil más importante de esta región. El convento de la Concepción, fundado por un miembro de esta misma familia De la Canal, con su impresionante patio de grandes dimensiones, es ahora escuela de arte, y la iglesia del mismo nombre cuenta con importantes pinturas y un coro bajo que se conserva completo, con su magnífico altar barroco.

Después de la Independencia, quedó San Miguel en un letargo en el que parecía que el tiempo no le pasaba encima, se arruinó la agricultura y su declive hizo que muchos de sus habitantes lo abandonaran. Más tarde, con la Revolución de 1910, hubo otra desbandada y abandono de ranchos y casas. No obstante, muchas antiguas familias siguen viviendo aquí; a pesar de las vicisitudes y malos tiempos, nuestros abuelos no perdieron el arraigo.

No es sino hasta los años cuarenta cuando este lugar vuelve a cobrar auge y es reconocido por propios y extraños por su singular belleza y señorío, por su clima benigno, por la gran calidad de vida que ofrece. Las casas son restauradas sin alterar su estilo y se adaptan a la vida moderna. Infinidad de extranjeros, enamorados de esta forma de vida, emigran de sus países y vienen a radicar aquí. Se fundan escuelas de arte con maestros reconocidos (entre ellos Siqueiros y Chávez Morado) y escuelas de idiomas. El Instituto Nacional de Bellas Artes forma un centro cultural en un antiguo convento, con un éxito insospechado. Se organizan conciertos, festivales de música y conferencias de la mejor calidad que uno pueda encontrar, así como una biblioteca bilingüe -que es la segunda en importancia en el país- y un museo histórico en la que fuera casa del héroe Ignacio de Allende. Proliferan los hoteles y restaurantes de todo tipo y precio; los balnearios de agua caliente, las discotecas y tiendas con variadas mercancías y un club de golf. La artesanía local es la hojalata, el latón, el papel mache, el vidrio soplado. Todo esto se exporta al extranjero y ha vuelto a traer bonanza a la ciudad.

Los bienes raíces han subido hasta las nubes; las últimas crisis no los han afectado, y es de los pocos lugares en México en donde la propiedad sube día con día a pasos impresionantes. Una de las frases que no les fallan a los fuereños que nos visitan es: "Si sabes de una ruinita barata, de esas casas abandonadas que debe de haber por ahí, avísame". Lo que no saben es que la "ruinita" puede costarles más que una casa en la ciudad de México.

A pesar de ello San Miguel aún conserva ese encanto provinciano que todos buscamos. La sociedad civil se ha preocupado mucho por cuidar su "pueblo", su arquitectura, sus calles empedradas, que le dan ese aspecto de paz y que evitan que los automóviles corran imprudentes, su vegetación, que aún así se ha deteriorado y, lo que es más importante, su forma de vivir, la libertad de escoger el tipo de vida que se quiera, ya sea la paz de antaño, la vida entre el arte y la cultura, o la de sociedad comprometida en cocteles, fiestas, conciertos.

Ya sea la vida de juventud entre salas de fiesta, discotecas y jolgorio o la vida recatada y religiosa de nuestras abuelas, que aunque parezca extraño, la encuentra uno de vez en cuando a la salida del rezo o en sus múltiples procesiones y festividades religiosas. San Miguel es una ciudad de "fiestas" y cohetes, de tamborazos y cornetas todo el año, de danzantes emplumados en la plaza principal, de desfiles, de corridas de toros, de música de todo tipo. Aquí viven muchos extranjeros y muchos mexicanos que emigraron de las ciudades grandes buscando una mejor calidad de vida, y vivimos muchos sanmiguelenses que cuando nos preguntan: "¿Cuánto lleva usted aquí?", contestamos orgullosos: "¿Aquí? Tal vez más de doscientos años. Desde siempre, quizá".