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Instrumentos musicales del México antiguo: el huéhuetl y el teponaztli

Por: Araceli B

Los músicos prehispánicos poseían una impresionante riqueza en instrumentos musicales, entre ellos el tambor, que acompañaba las danzas de nuestros ancestros. Hoy en día, y gracias al respeto por la tradición musical prehispánica, aún escuchamos el huéhuetl y el teponaztli en medio de las plazas, en las celebraciones religiosas populares, en conciertos, en discos y en películas.

La cultura de nuestros antepasados es rica en tradición, sublimada por resabios de piedra traducidos en honrosos palacios que se erigen aún hoy en pirámides y sitios arqueológicos, resaltados por grecas y composiciones artísticas que se observan también en murales y códices de una gráfica netamente mexicana. La herencia no termina aquí, le siguen los sabores y los olores impregnados de una característica muy particular.

Pocas veces, sin embargo, se recuerdan los orígenes de los sonidos del México antiguo, donde los testimonios escritos aseguran que la música era especialmente importante en la época prehispánica. Varios códices muestran cómo las antiguas culturas creían en los instrumentos musicales, no sólo como uno de los medios para llamar o adorar a los dioses, sino que servían a la población para establecer la comunicación con sus muertos. Así, mucho antes de que los españoles llegaran a colonizar estas tierras, los indígenas poseían una impresionante riqueza de instrumentos musicales, entre ellos el tambor, que con el rimbombar de sus espléndidos sonidos acompañaban con énfasis las danzas espectaculares de nuestros ancestros.

Pero los tambores no eran los únicos instrumentos, sino que contaban con diferentes tipos de percusiones y otros resultado de la diáfana imaginación por reproducir los sonidos naturales del entorno, creando, por lo tanto, además de los tonos básicos de graves y agudos, una elevada y complicada polifonía de escalas hasta hoy, se dice, difíciles de registrar, pues los músicos prehispánicos no contaban con un sistema coordinado de entonación, sino que respondían a la sensibilidad y necesidad de recrear, a través de fiestas, rituales y ceremonias, la magia de aquella época. Estos sonidos formaban las bases de la música para la caza, la guerra, los rituales y las ceremonias, otrosí de la música erótica y popular usada en celebraciones como los nacimientos, los bautizos y las muertes.

Entre otros instrumentos aparecen nombres como el ayacaxtli y el chicahuaztli, que producían delicados susurros, mientras que el aztecolli, y el tecciztli eran trompetas usadas como señales de guerra. Entre los instrumentos de percusión encontramos el ayotl, hecho con corazas de tortuga, así como el huéhuetl y el teponaztli, de estos últimos nos ocuparemos para descubrir algunas de sus características.

El huéhuetl y el teponaztli sobrevivieron por fortuna a la conquista española; actualmente algunos ejemplares se exponen en el Museo Nacional de Antropología. Hoy en día, gracias al interés por la tradición de la música prehispánica por parte de danzantes y músicos, así como de la experimentación de una búsqueda contemporánea que tiene como clave los ritmos ancestrales, se siguen reproduciendo los instrumentos del pasado.

Así, escuchamos de nuevo el huéhuetl y el teponaztli en medio de las plazas con los danzantes en torno, en las celebraciones religiosas, en conciertos, en discos y cintas de cine. Muchos de esos instrumentos son creaciones propias o fieles reproducciones de los originales; los cuales, sin embargo, no serían posibles sin la diestra mano de un artista popular, como don Máximo Ibarra, reconocido tallador de madera de San Juan Tehuiztlán, en Amecameca, Estado de México.

Desde niño don Máximo se distinguió como un artesano serio y taciturno que con dedicación y amor se ha entregado a este oficio que ha valorizado las raíces de nuestros sonidos ancestrales, trabajando las maderas y formando a sus hijos y a otros talladores que han aprendido el oficio, brindando la promesa de que dicho arte no desaparezca. De extracción humilde, con la sabiduría en sus manos, don Máximo recrea tesoros de un mundo lejano, donde lo real se une con lo irreal, extrayendo de un simple tronco de árbol no sólo la forma sino los sonidos fuertes y vibrantes de un país que se expresa con todo su esplendor a través de ellos.

Descubierto por el músico y coleccionista de instrumentos Víctor Fosado y por el escritor Carlos Monsiváis, don Max, de tallador de piedra como artesano de estatuas e ídolos, y después de tallador de madera, creador de muertes, máscaras, diablos y vírgenes, se convirtió en un especialista del arte primitivo y en uno de los pocos artesanos que fabrican actualmente huéhuetl y teponaztli. Sus descubridores le enseñaron por primera vez un huéhuetl con talla de jaguares y un teponaztli con cabeza de perro. “Me gustaron mucho –recuerda el señor Ibarra–. Me dijeron: tú eres descendiente de todos estos personajes”. Desde entonces, y por casi 40 años, don Max no ha detenido su labor.

Los utensilios que él utiliza son diferentes y algunos de su propia creación, tales como el barreno, pinzas para depilar, buriles, cuñas, gubias de diferentes tamaños, tecladores para sacar la tecla, escochebre para tallar las esquinas, formoles que servirán para ahuecar el tronco de árbol. Una vez que se tiene el tronco, que puede ser de pino, se dejan secar por 20 días; luego se comienza a ahuecar dándole forma de barril y con las medidas establecidas; cuando se tiene el espesor del hoyo le sigue la talla de limpieza. Se elige el dibujo y se traza con lápiz sobre el tronco, para así dar lugar a la talla artística. El tiempo empleado es aproximadamente de medio año, aunque depende de la dificultad del dibujo. En la antigüedad se usaba piel de venado o de jabalí para los tambores, hoy se utilizan pieles gruesas o delgadas de res. Los dibujos son copias de los códices o de invención propia, donde cabezas de serpientes, soles aztecas, águilas y demás iconos rodean el mundo imaginario de los instrumentos.

En un inicio la mayor dificultad la representaba los sonidos, a través de la realización de las teclas, los trastos, los empotres y los encabezados del teponaztli, pero con ingenio y una técnica aprendida líricamente, poco a poco los pequeños troncos de árbol comenzaron a traducirse en sonidos. El señor Ibarra se siente inspirado por el volcán y sus alrededores. “Para hacer este tipo de trabajo –nos dice– hay que sentirlo, no cualquiera tiene la capacidad. El lugar nos ayuda porque estamos cerca de una vegetación, de los manantiales y aunque el volcán eche ceniza queremos mucho al Popo, sentimos su fuerza y su naturaleza que es muy rica”. Y si para la música indígena prehispánica el aspecto más importante era la comunicación con la naturaleza, donde los músicos escuchaban su voz para tratar de entender el ritmo perfecto, a través de la calma del viento, el silencio profundo del mar o de la tierra y la caída del agua, de lluvias y cascadas, entendemos por qué don Max es capaz de convertir en sonidos místicos su creación.

A las faldas del volcán, en un ambiente bucólico y rodeado de sus nietos, don Max trabaja pacientemente bajo la sombra. Ahí convertirá el tronco de árbol en huéhuetl o en teponaztli, en formas y sonidos ancestrales; así escucharemos los ecos profundos de un pasado, mágicos y misteriosos como los ritmos del tambor.

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