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Interpretaciones sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe

Por: Margarita Zubiría de Martínez Parente

El ayate de Juan Diego, donde se muestra la milagrosa imagen de la "Madre de México", ha sido objeto de numerosos estudios pero, ¿qué opinan expertos en simbología y hasta oftalmólogos?

El lenguaje simbólico

El simbolismo es el arte de pensar en imágenes. Las antiguas culturas de México tenían a los símbolos como su lenguaje natural, siendo la forma más sencilla de expresar sus ideas, sus emociones, su cultura.

La aparición de un símbolo corresponde en primer término a la necesidad que tienen los hombres de comunicarse; al conocer los símbolos entendemos que surgieron del mundo que los rodeaba, del valor propio que cada grupo humano les fue dando, por lo que no se pueden desligar del contexto dentro del cual se interpretan.

Al ir avanzando la humanidad, también evolucionaron los lenguajes y comenzaron a aparecer las letras, cuyo significado fija las ideas y aproxima los sonidos que, al ser repetidos, empiezan a ser señales y más tarde frases melódicas es decir, cantos.

La simbología en la imagen de la Guadalupe

Los símbolos, la historia, algunos códices y la tradición oral –fielmente transmitida de padres a hijos y plena en valores trascendentales- hacen que la sagrada imagen de la Santísima Virgen María de Guadalupe constituya para el pueblo indígena un códice pictográfico que pudo ser leído y valorado desde el primer momento. Para los frailes cristianos fueron certezas religiosas lo que allí entendieron:

María se encuentra estampada en actitud de oración y recogimiento, lo que no se alejaba de las imágenes tradicionales por ellos conocidas; pero los religiosos comprobaron principalmente el impacto gozoso con que los naturales la acogieron. “Si para los españoles la aparición del Tepeyacac no era más que una de tantas, para los indígenas vino a ser una resurrección”.

La Virgen, desde el ayate, fue un libro abierto que analizaron, entendieron y compararon; sus símbolos les ayudaron a tender el lazo entre sus creencias y lo que la doctrina cristiana proponía. Con criterio histórico, el padre Mario Rojas ha estudiado a profundidad la pintura guadalupana y nos ayuda a situarnos en el contexto de aquel 1531 para tratar de comprender en todo su valor la imagen.

Colores sagrados, fechas y plenitudes

Los cuatro colores que aparecen en la imagen de la Señora correspondían a la tonalidad cósmica de los días de las apariciones: azul verdoso es el manto; blanco en los puños y cuello; rosado, en su vestidura; negro su cabello, también el del ángel y el cinto. “Si la Muchachita Celestial tenía todos eso colores, es la Reina del Cosmos”.

Asociemos igualmente cuatro elementos cósmicos en el ayate: fuego, sol; viento y agua, manto; tierra, en el vestido, y como adornos las flores cerro.

Al 9 de diciembre le correspondía el signo 11-Calli (casa) y Ella pidió a Juan Diego llevara al obispo Zumárraga la petición de edificar una casita sagrada; el signo casa se relacionaba con el cerebro. Al 10 le correspondía el 12-Cuetzpallin (lagartija) signo de la fecundidad, pues se asociaba con la matriz femenina. El 11 no hubo aparición. El día 12 de diciembre correspondía al 1-Miquiztli (muerte), el cráneo, relacionado con la muerte-vida, día del dios Piltzintecutli, el Dios Niño.

Plenitud de espacio, de tiempo, de vida, de matemáticas, de Dios-hombre, de vida-muerte. Simbolismo pleno en fechas y colores.

Las pinturas indígenas, que hoy en día podemos disfrutar tanto en los restos encontrados en sus monumentos como en sus utensilios, telas y manuscritos pictográficos, nos muestran materiales obtenidos de formas diversas, ya fueran vegetales, animales o minerales. El análisis de los pigmentos en el ayate de Juan Diego habla de materiales no conocidos.

El ayate de Juan Diego

El tejido del ayate no debió significar nada para la mentalidad española de la época, pero poniéndonos los ojos indígenas, éste representaba un lenguaje maravilloso: era parte del vestido de una persona trabajadora; tiene una gran costura en el centro, uniendo dos tramos del tejido, porque estas piezas se elaboraban en telares de cintura, donde era necesario unir las tiras. Esta unión puede observarse hoy perfectamente, sin que moleste ni afecte la belleza de la doncella.

El ayate o tilma es símbolo del hombre mismo, de su virilidad, de su persona. La costura puede entenderse como la unión de dos pueblos diferentes.

María, por tanto, se estampó en la persona de Juan Diego, lo que lo dignificaba ante sus contemporáneos, concediéndole una especial predilección al quedarse Ella en su ser persona. Evoquemos la disponibilidad de Juan Diego de servirla al traer y llevar sus mensajes.

El maguey en el concepto indio era un recipiente cósmico: María de Guadalupe se estampó en el ayate, que es fibra de un maguey; la fibra del ixtle no tiene durabilidad y menos aún si las fibras se humedecen. Simbólicamente, al estar embarazada, la Virgen lleva en su seno al Dios del Universo, está sirviendo como recipiente y se atavía con el cielo y la tierra. Alusiones éstas al manto azul verdoso y a la túnica rosada.

“Su rostro es el de una jovencita apenas saliendo de la adolescencia, que no era de india ni de española, pero sí de una mestiza mexicana”. El color de su piel es ligeramente moreno, aceitunado. El manto azulado era del colorido de las altas esferas gobernantes. En la imagen lo vemos ligeramente ahuecado por el viento, lo que significa que estaba en movimiento. Arabescos floridos adornan al sencillo vestido rosado; observándolos con detenimiento se puede entender que representan a las personas poseedoras de un rostro y un corazón, pero a la vez son símbolos de flores, que están sonriendo.

El ángel mensajero

A los pies de la Morenita un ángel asoma con dignidad; en la cultura hispana los angelitos revolotean en muchas imágenes, pero en nuestro lienzo mexicano se lee otra connotación muy indígena. Éste representa a un mensajero, orgulloso de llevar y mostrar a la Señora. Si supieron que Juan Diego fue ese personaje, entendieron, entonces, el símbolo del mensajero: tiene unas alas muy coloridas, que resultan ser de los colores cósmicos, o sea que él está bajo el total cobijo de su Niña; tiene su vestido del mismo color de la túnica de Ella, así como el broche que la pliega bajo la barbilla: hijo de la Señora del broche, en lectura indígena. Con una mano el mensajero junta la cola del manto azuloso, y con la otra, el pliegue del vestido rosado: Juan Diego juntó al cielo con la tierra al llevar el mensaje de Guadalupe al obispo.

El nombre de Guadalupe

¿Por qué en México llamamos a María de Nazareth, la madre de Jesús, con el nombre de Guadalupe? Porque Ella se autonombró Tlecuauhtlacopeu cuando acudió a sanar al tío enfermo de Juan Diego, llamado Juan Bernardino. El anciano dio testimonio de lo oído a Nuestra Señora, hablando su nativo náhuatl; los oyentes hispanos entendieron Guadalupe y así la seguimos llamando.

Podríamos continuar analizando otros elementos que nos acercan a la lectura de esa presencia determinante de María de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, pero sugerimos a los interesados consultar la extensa bibliografía existente.

Sobre las pupilas de la Virgen de Guadalupe

En 1929, Alfonso Marcué, fotógrafo oficial de la antigua Basílica de Guadalupe, descubrió en una fotografía en blanco y negro lo que parecía ser la imagen de un hombre con barba reflejada en el ojo derecho de la Virgen; después de varias y minuciosas inspecciones a sus fotografías, decidió informar a las autoridades de la Basílica, quienes le indicaron guardar silencio sobre el descubrimiento.

Más de 20 años después, el 29 de mayo de 1951, el dibujante mexicano José Carlos Salinas Chávez, luego de examinar una fotografía del rostro de la Virgen, redescubrió el busto humano reflejado en el ojo derecho y luego también en el ojo izquierdo.

Desde entonces, varios especialistas han tenido la oportunidad de inspeccionar de cerca los ojos de la Virgen en la tilma, incluyendo más de 20 médicos oftalmólogos.

El primero fue el médico oftalmólogo mexicano Javier Torroella-Bueno, el 27 de marzo de 1956, quien en lo que constituye el primer reporte emitido por un médico sobre los ojos de la imagen, certifica la presencia del triple reflejo (efecto de Samson-Purkinje) característico de todo ojo humano normal vivo, y afirma que las imágenes resultantes se ubican exactamente donde deberían de estar según el citado efecto, además de que la distorsión de las mismas concuerda perfectamente con la curvatura de la córnea.

Ese mismo año, otro oftalmólogo, Rafael Torrija-Lavoignet, examinó los ojos de la imagen con ayuda de un oftalmoscopio y reportó la aparente figura humana en las córneas de ambos ojos, con la ubicación y distorsión propias de un ojo humano normal, notando además, una inexplicable apariencia “viva de lo ojos al ser examinador.

En fechas posteriores, varias otras inspecciones de los ojos han sido realizadas por médico especialistas y con mayores o menores detalles concuerdan en general con las dos primeras aquí expuestas.

Algunos datos extras sobre el ayate de Juan Diego

El ayate en el que se encuentra plasmada la imagen de la Virgen de Guadalupe está hecho de fibra de maguey, de la variedad conocida como Agave popolute; mide 1.78 cm de largo por 1.03 cm de ancho. Consta de dos piezas unidas por el centro de arriba abajo con un delgado hilo, sin que la unión atraviese el rostro de la Virgen, debido a que su cabeza está ligeramente inclinada.

La imagen es translúcida, no presenta ningún tipo de preparación previa. Se han hecho estudios sobre el ayate, sin encontrarle ningún colorante animal, vegetal o mineral.

Pese a los muchos años que estuvo expuesto a la veneración de sus fieles, a los embates del tiempo y al humo de las velas, la imagen se ha conservado de manea extraordinaria.

En el siglo XIX, al limpiar el marco de la imagen con ácido, éste se derramó sobre una esquina del ayate, pero sólo lo decoloró ligeramente.

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