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Ixtapan del Oro en pleno corazón del monte

Por: Lena Garc

Rodeado de montes y de bruma, de verdes tonos, húmedos y cálidos, se encuentra el pueblo de Ixtapan del Oro con sus poco más de 1 000 habitantes.

A 1,800 msnm, la locación vuela en reversa hasta encontrarse con sus orígenes mazahuas. De la ancestral tradición indígena queda, a la vista del viajero observador, la profunda mirada de los habitantes de Ixtapan del Oro, la firmeza de sus rostros y la noble alegría de sus sonrisas, así como una zona arqueológica poco explorada, El Pedregal, que invita al visitante curioso a investigar las circunstancias culturales de su origen. Lo cierto es que poco se sale de la población que orbitó alrededor de este sitio. Probablemente comerció con sus vecinos michoaques (los de la tierra del pescado) y batalló contra los embates expansionistas de los aztecas y sus aliados, los señores de Texcoco y Tlacopan (con quienes Tenochtitlan había formado la Triple Alianza en 1431). Haciendo un poco de historia, en 1478 los aliados fueron vencidos por los michoaques o tarascos, bajo el mando de su señor Tzitzipandácuri, en Tlaximaloyan (Taximaroa, Ciudad Hidalgo, Michoacán). Pero desconocemos el rol que desempeñó la población mazahua en este contexto histórico. La respuesta precisa sólo podrán darla, con el tiempo y la investigación necesaria, los arqueólogos. Sin embargo, la raíz del nombre indígena de este pueblo da cuenta por sí sola de su valor: Ixtapan o “lugar en o sobre sal”: uno de los productos más preciados y costosos del México prehispánico. No en vano se realizaba para su obtención un específico ritual que garantizaba, en manos de las sacerdotisas de Chalchiuhtlicue (esencia femenina del agua), su pureza y su valor.

Pero la tierra local no sólo fue rica en este producto. Para el siglo XIX, cuando la sal se había devaluado y los metales sustentaban entonces el intercambio comercial del mundo, el pueblo era conocido ya como Ixtapan del Oro debido a la existencia de vetas auríferas en su subsuelo y en sus alrededores. ¿Fueron explotadas en su totalidad? Los pobladores responden con sonrisas y silencios. Para la gente los mineros son cosa de un pasado no muy lejano, pero ya casi tan añejo como el siglo. El oro forma parte hoy de la memoria legendaria de un lugar donde sólo abunda la riqueza de la naturaleza. Las bocas de las minas que se conocen han sido selladas. Su corazón metálico dejó de latir, y las veredas abiertas por los pesados y cansados andares de los mineros de antaño se han ido perdiendo ante el avance de la maleza.

Los principales atractivos de la localidad son, hoy por hoy, su encalada iglesita y el jardín de su plaza, adornado por dos objetos contrastantes, tanto en función como en estética: su quiosco y una escultura encontrada en las cercanías de El Pedregal.

El quiosco es pequeño y mantiene la tradición de todos los que durante el siglo XIX adornaron, y aún embellecen, las plazas del país. Destacan su cuerpo en forma de octágono, su escalinata de ascenso y las columnas de madera sobre base de piedra que sostienen un techo con vigas, del mismo material, cubierto con teja roja.

En cuanto a la escultura prehispánica, remite a las formas de la pirámide de Qutzalcóatl en Teotihuacan: de las fauces abiertas de una estilizada serpiente emerge, aparentemente ciego, un personaje enmascarado, tal vez un sacerdote con la piel de laguna importante víctima sobre el rostro. En sí, el conjunto habla del mito de Quetzalcóatl, pero también falta por investigar al respecto, ya que no se conoce bien el contexto del que formaba parte.

Por lo demás, el jardín de la placita responde al diseño de un jardín afrancesado, recortado en sotos donde el intenso verde de las plantas y el alegre colorido de las bien cuidadas flores, contrastan con el cemento gris-blancruzco de los andadores de la misma plaza.

Atrás de ella, y resaltando sobre cualquier otro edificio circundante, se encuentra la iglesia. Pese a haber sufrido los efectos de las modas cíclicas, el atrio abierto marca su claro antecedente del siglo XVI. Su encalado portón forma un perfecto arco de medio punto con remate piramidal, que se extiende a los lados con un muro de mediana altura que parece abrazar los costados del sacro recinto.El efecto de la entrada, que cuenta a la vez con un bello trabajo de herrería, se repite en el portón de la iglesia. Hacia uno de sus costados se extiende la construcción en dos pisos, pero hacia el otro lado se encuentra el elemento que la distingue: una torre con cinco cuerpos, los dos intermedios con ventana, el cuarto con un reloj y el quinto con una ventana oval techada por una pequeña cúpula. Tanto la iglesia como el pueblo llevan la marca de la remodelación que en 1975 se realizara de todas las poblaciones del Estado de México, para hacerlos atractivos al turista: casitas encaladas, farolitos de corte siglo XIX en cada esquina y calles empedradas. ¡Ideal para cualquiera que busque olvidarse, en un lugar tranquilo, de la mañana cotidiana! Y algo más...

Pero Ixtapan del Oro cuenta con un elemento más a su favor, que lo vuelve doble o, mejor dicho, triplemente atractivo.

En primer lugar, a escasos 2 km al noroeste del lugar, lo que implica un paseo de media hora a pie, se encuentra el parque ecológico de El Salto, en honor de la cascada del mismo nombre. Con sus 60 m de altura la cascada refresca al paseante para luego aumentar el cauce del río Ixtapan, que cruza la población y que se alimenta también de un manantial local. Marca su entrada el regalo de uno de los lugares más visitados del Estado de México: una carreta color terracota que lleva al zoológico de Zacango. El Salto, ya sea al recorrer el parque por los bien marcados caminos o al descansar en las mesas estratégicamente colocadas para merendar, se ajusta perfectamente al disfrute del paseante. No se trata del “gran parque” que lo deja a uno atontado, boquiabierto, y que lo obliga a regresar para poder realmente apreciarlo: El Salto nos atrapa con su mezcla de árboles, flores y rocosos y elevados farallones, así como por la tranquilidad que se respira y que invita al paseo sosegado, al descanso y a la meditación.

Sin embargo, el lugar más concurrido es el balneario El Salitre, que cuenta con un manantial cuyas aguas a 20ºC surten una alberca y un chapoteadero, más otra alberca de agua templada y una zona de cabañas junto con otra de campamento, perfectamente acondicionadas; posee además un bello jardín donde, entre árboles frutales de diversas especies, se extiende la zona de juegos. En total, el balneario tiene tres hectáreas que, como todo en Ixtapan del Oro, armoniza y parece fundirse con las montañas que conforman el paisaje local.

Y es que todo se vuelve bruma en Ixtapan del Oro. Todo de pronto es tierra húmeda y fecunda, paz, vida casi tropical, y color. Pocos sitios puede uno encontrar donde el hombre y la naturaleza se encuentren tan acordes. Si tuviéramos que definir el sentimiento que nos invade al estar ahí sería, probablemente, el de ser poseídos por la belleza natural, abierta y dadivosa, pero precisa. Ixtapan: lugar sobre la sal, el oro y la hermosura, emergiendo silente, ancestral y amable en pleno corazón del monte.

SI USTED VA A IXTAPAN DEL ORO

Partiendo de Toluca, tome la carretera federal núm. 15 hasta la población de San Nicolás Tolentino, pasando por Colorines. Aquí se desvía hacia la derecha por la carretera estatal núm. 2 para, tras 24 km aproximadamente, llegar a Ixtapan del Oro.

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