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La zona arqueológica de Izapa, en Chiapas

Por: Hernando Gómez Rueda

En la región del Soconusco chiapaneco, se levanta esta antigua capital indígena que tuviera una larga vida: del primer milenio antes de Cristo al 1200 de nuestra era. ¡Descubre sus más profundos misterios!

El viajero desprevenido que llegaba antes a Izapa tenía la impresión de encontrarse en una de aquellas “avanzadas del progreso”, las desoladas fronteras del mundo colonial que Joseph Conrad retrata magistralmente.

Y no sólo en sentido figurado, ya que a sólo 4 kilómetros de Izapa, el curso del río Suchiate traza la división limítrofe con Guatemala. Después de caminar bajo el intenso calor y la humedad sofocante, el visitante se encontraba con la formalidad de firmar un inverosímil libro de registro, algo un tanto absurdo en el entorno de un jacal con piso de tierra, entre puercos y gallinas.  Un montículo cubierto de pasto y unos pequeños techos de palma era casi todo lo que podía contemplar al llegar al “Grupo B”, pero si resistiendo la primera decepción, llegaba decidido a examinar los famosos relieves, tenía que contentarse con unas líneas indefinidas o unos pocos elementos aparentemente desdibujados en las estelas, bajo los cobertizos que albergaban también a una vaca o varios borregos echados sobre los grandes altares de piedra. 

Advirtiendo acaso alguno de los montículos en las ondulaciones del camino o entre los espesos cacaotales, el viajero pasaba junto a un rancho de mal aspecto antes de encontrar, en el “Grupo A”, un espacio abierto y sin significación alguna, con más techos deteriorados, aunque aquí se podían observar bajo ellos varios relieves notables. Sin embargo, en algunos, como la Estela 5, grabada con una magnífica e intrincada escena poblada de personajes, flora, fauna y figuras fantásticas, difícilmente se advertían unos cuantos elementos. Finalmente, en el “Grupo F” hallaba, entre evidentes muestras de abandono, pocas piedras, una plazuela y algunas estructuras consolidadas, ruinas de muy escaso interés en el rico concierto de las antigüedades mexicanas.  Esto prácticamente ocurre aún a quien emprenda la visita a Izapa, aunque actualmente la situación a empezado a cambiar. Pese a no ser tan conocido, Izapa es uno de los centros más importantes en la historia cultural mesoamericana. Descubierto hace más de 60 años por José Coffin y explorado extensamente entre 1961 y 1965, Izapa y muchas de sus esculturas fueron dejadas en un virtual abandono. Pero este sitio único ciertamente merece mejor destino, y no sólo porque su hábeas escultórico de 271 monumentos defina un estilo que—calificado de transicional entre olmeca y maya—muestra una importante dispersión aún en regiones distantes, ni porque en sus relieves se manifiesten conceptos esenciales de las regiones mesoamericanas. Izapa también es único por los monumentos que aún quedan por descubrirse, pero más aún, porque representa una de las primera ciudades estado cuyo surgimiento es tema crucial en la investigación arqueológica.   

Floreciendo durante el Formativo Medio y Tardío al Protoclásico (ca. 650 a.C.-100 d.C) aunque su historia se remonta desde ca. 1 500 a.C. hasta 1 200 d.C, en su época Izapa fue el centro del Soconusco, la fértil región costera del sureste de Chiapas, especializada en la producción del cacao. Contando tal vez con 10 000 almas, su parte central se extiende en unas 200 hectáreas bajo una muy rigurosa planeación urbanística: 13 grandes plazas entre montículos en disposición cruciforme, con orientación constante y que incorporan en su traza la geografía sagrada de la región, dominada por el imponente volcán Tacaná. 

En Izapa se despliegan sistemáticamente altares y estelas en los espacios públicos, manifestando desde épocas tempranas un alto grado de integración alrededor de la religión oficial.  Un número muy importante de monumentos se exhiben en los tres grupos abiertos al público: 21 estelas, 6 altares y 2 tronos, todos con notables relieves, 13 esculturas y monumentos de diversa índole, estelas y altares lisos, más de un conjunto significativo de estelas fragmentadas, escultura menor y otras piezas. Sin embargo, en el resto del sitio hay escultura de bulto y numerosas estelas y altares lisos, petrograbados, pilas y brocales monolíticos asociados a manantiales. Importantes museos tienen un acervo de Izapa: destacan los nueve monumentos del Museo Regional del Soconusco, en Tapachula y cuatro más en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. 

Los monumentos han sido afectados por diversos factores: intemperismo, hongos, líquenes y vegetación, animales, vandalismo, pérdida, robo, destrucción intencional y tráfico ilegal. Pese a ello, aunque al observador casual le parezca que están gravemente deteriorados, Ias comparaciones entre el registro fotográfico realizado en 1995 y fotografías originales de los años 60 muestran que los monumentos aún están en muy buenas condiciones y que Ias medidas de protección que se han tenido que adoptar, algunas bastante radicales como colocar alambrada de púas, son todavía oportunas y efectivas. La impresión deI mal estado de los monumentos se debe a la iluminación frontal bajo los indispensables techos de protección, que prácticamente hace desaparecer el relieve de la piedra a los ojos del visitante.  La intervención oficial en Izapa ha sido esporádica, aunque desde 1992 se desarrolla un programa regular de exploraciones, cuidado de la zona y registro y recuperación de monumentos que ha permitido rescatar casi una veintena de ellos, varios ya resguardados en la zona o en el museo de Tapachula. El propósito final es incluir este sitio al reducido grupo de asentamientos tempranos de Mesoamérica que han sido estudiados y protegidos.   

La situación actual de Izapa es sui géneris. El sitio permanece inadvertido para el visitante, pese a las dimensiones de sus estructuras y espacios abiertos, como el montículo 60, que cubre una hectárea de base y es la mayor estructura arqueológica temprana de Chiapas y gran parte de Guatemala, o La plaza principal, que se extiende en más de dos hectáreas. La espesura de los cacaotales bajo sombra impide observar muchas de Ias estructuras mayores: algunos montículos se advierten como accidentes de los caminos de acceso, o porque dan asiento a las casas de las fincas. Pueden visitarse sólo tres sectores, los grupos A, B y F, terrenos que los propios custodios, sus propietarios, "prestan" al INAH -y se destinan también al uso de potreros o parcelas de cultivo- estos representan tan sólo un 1.5% del asentamiento. Sin embargo, Izapa es un sitio en relativo buen estado, sin procesos graves de erosión ni saqueo, aunque recientemente se presenta una expansión urbana con redes de alumbrado y teléfonos, ampliación de caminos y construcción de casas habitación. La carretera panorámica atraviesa el extremo norte del sitio y varios caminos de terracería cruzan en su interior, entre dos carreteras cuyo intenso tránsito fronterizo ha elevado el valor comercial deI suelo.

Todo esto constituye una amenaza inminente de destrucción acelerada para Izapa.  La raíz del problema está en la propiedad de la tierra: el área delimitada del sitio -restringida estrictamente a las 121 hectáreas centrales- se divide en 98 predios dedicados a cultivos de cacao y frutales con las viviendas de unos 60 pequeños propietarios. Para iniciar la integración de una zona arqueológica en Izapa, el paso más trascendente es un plan de adquisiciones que está en marcha por parte deI INAH, para comprar los terrenos ofrecidos en venta en el área central, y con el cual se salvan algunas de las principales estructuras, esto de común acuerdo con los pobladores. Así, se recupera en parte este patrimonio que ha sido objeto de explotación científica y administrativa para ser después abandonado, asegurando en primer lugar su propiedad nacional y diseñando para el mismo un plan de protección con acciones a largo plazo en investigación y conservación arqueológicas, que nos lo regresen provisto de su auténtico sentido histórico.

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