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Jerónimo de Aguilar y Gonzálo Guerrero: dos actitudes frente a la historia

Por: Eduardo Matos Moctezuma

Cuando en 1519 Hernán Cortés llegó a la isla de Cozumel, en la península de Yucatán, se enteró de que en aquellas tierras se encontraban varios náufragos españoles, miembros de expediciones anteriores, que habían sido tomados prisioneros por los mayas.

Dispuso entonces que los buscaran y que los rescataran para que se unieran a su expedición; fue así como uno de aquellos náufragos, Jerónimo de Aguilar, oriundo de Ecija, se enteró de la llegada de Cortés y fue a otro pueblo en busca de Gonzalo Guerrero, nacido en Palos, para llevarle la grata nueva. Menuda sorpresa debió de llevarse Aguilar, pues ante la noticia de que naves españolas los esperaban en Cozumel, Guerrero respondió con estas palabras, que han quedado grabadas en la historia y que llegan a nosotros gracias a Bernal Díaz del Castillo, quien las relata en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España:

“Hermano Aguilar, yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras. Id vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¿Qué dirán de mí cuando me vean esos españoles ir de esta manera? Y ya veis estos mis hijicos cuán bonicos son”.

La mujer de Gonzalo Guerrero no se quedó atrás e increpó así a Jerónimo:

“Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; íos vos y no curéis de más pláticas”. Aguilar tornó a hablar a Gonzalo, que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que los llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir.

Finalmente Jerónimo llega ante Cortés, y en un principio no se le reconoce: su piel era morena por el fuerte Sol peninsular, ya que trabajaba en las sementeras cultivando, y estaba ataviado como indígena, además de que tenía cortado el cabello como esclavo. Según Díaz del Castillo, hablaba mal el castellano, “mal mascado y peor pronunciado”, pues había pasado ocho años entre los mayas y había aprendido su idioma, en detrimento del castellano. Guardaba celosamente un libro de Horas, pues era diácono.

Incorporado a las huestes expedicionarias, Jerónimo de Aguilar desempeñó un relevante papel como traductor en la empresa conquistadora. ¿Cómo ocurrió esto? Resulta que al pasar Cortés por Tabasco, se le entregaron varias mujeres indígenas, entre ellas Malintzin, que será bautizada con el nombre de Marina. De ella dice Bernal Díaz que “era gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos”. La Malinche, pues de ella se trata, hablaba el náhuatl y el maya. Así que cuando meses más tarde las fuerzas españolas llegaron al altiplano, en donde predominaba el idioma náhuatl, Cortés hablaba en español a Jerónimo de Aguilar, éste a su vez se dirigía a la Malinche en maya y ella lo traducía al náhuatl. No pocos equívocos trajo como consecuencia esta triangulación de lenguas, como veremos más adelante.

En la actitud de Jerónimo de Aguilar y de Gonzalo Guerrero tenemos dos diferentes maneras de pensar. El primero vive en tierra extraña y jamás se adapta a ella. El segundo se integra de inmediato y toma mujer, de donde nacen los primeros mestizos. Jerónimo vive aquí, pero su pensamiento está puesto en España; Gonzalo viene de allá, pero su pensamiento está puesto aquí. Uno es español cristiano y lee su libro de Horas; el otro adquiere las costumbres mayas y es capitán en tiempos de guerra. A Jerónimo se le obliga a vestir y hacer labor de esclavo; Gonzalo se escarifica el rostro y usa orejeras al estilo maya. El primero sirve a los conquistadores; el segundo muere en combate en contra de ellos. Son dos formas diferentes de pensar, dos actitudes que surgen de un mismo destino y que los llevará por distintos senderos...

Poco sabemos del final de ambos personajes. Se dice que Jerónimo de Aguilar se casó, finalmente, con una india, y que de su unión hubo dos hijas. Su muerte se supone alrededor de 1531. Por su parte, Gonzalo Guerrero combatió en contra de los españoles y murió en acción hacia 1536. Se cumplía así el destino de dos personajes que vivieron la historia de manera diferente.

Cortés continúa su viaje hacia el sitio donde fundará la Villa Rica de la Veracruz. Durante su travesía encuentra el recibimiento hostil de los grupos mayas, pero cuando llega a tierras totonacas se le allegan los bastimentos que necesitaba y decide establecer ahí su cabeza de playa. ¿Por qué esta actitud por parte de los indígenas totonacas? La razón la dan ellos mismos. Se dirigen a Cortés para manifestarle que son tributarios de un poderoso señor que vive detrás de los volcanes: Moctezuma. Éste, enterado de la llegada de los españoles, manda a sus representantes con diversos obsequios para Cortés, quien los acepta y poco después envía parte de ellos a Carlos V. Muchos de los obsequios eran piezas de oro y de plata o de rica plumería, lo que aviva el interés de los españoles por ir a Tenochtitlan. Mientras tanto, Cortés aprovecha la actitud de los totonacos, ve la oportunidad de ganarse su adhesión y les ofrece ayudarlos. Establece entonces una alianza con más de 31 grupos totonacas y los libera de pagar tributo a los aztecas. Viendo que la situación le es favorable y que algunos españoles que le acompañaban deseaban regresar a Cuba, decide encallar –que no quemar– las naves, si bien antes rescata de ellas velas, anclas y otros materiales que pudieran serle de utilidad en el futuro.

De esta manera la suerte estaba echada. Los protagonistas esperan su momento. Por un lado están Cortés y sus capitanes, que van a contar con el apoyo de miles de indígenas enemigos de los aztecas y que se unen al bando español esperando liberarse del yugo de Tenochtitlan. Por el otro los aztecas, quienes dos siglos antes habían fundado la ciudad de Tenochtitlan en medio del lago de Texcoco y que habían expandido sus fronteras hasta ambas costas, de modo que a la llegada de los españoles tenían sometidos a más de 370 pueblos.

Se iniciaba, pues, la conquista de México...

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