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La Aduana Marítima de Tampico, Tamaulipas

Por: José N. Iturriaga de la Fuente

En la margen norte de la desembocadura del río Pánuco se encuentra un bello edificio de incalculable valor histórico para Tampico y para México: la Aduana Marítima. ¡Te invitamos a conocerlo!

La ciudad y el puerto de Tampico han tenido dos edificios que albergaron las instalaciones aduaneras: el primero se ubicaba en el lugar que hoy ocupa la Plaza Libertad; el segundo y actual se estableció en 1898 sobre la franja de tierra que separaba los cauces de los ríos Tamesí y Pánuco.

Los barcos de mayor calado tenían acceso por el río Pánuco, mientras que las embarcaciones menores lo hacían por el Tamesí.

La franja de tierra se unía mediante un puente de madera que mandó construir Sebastián Lerdo de Tejada el cual fue sustituido por uno metálico durante el porfiriato, y se le conoció como Puente de Francisco I. Madero.

La porción del río Tamesí que corría entre la Plaza Libertad y la Aduana de Tampico fue rellenada para desviar el cauce del río y provocar su salida en el lugar conocido como la Puntilla. Sobre esta porción de tierra se tendieron las vías del ferrocarril y se construyó la Plaza Hijas de Tampico –hoy Centro Gastronómico de Tampico– y los edificio que cierran la parte sur de la Plaza Libertad.

Su historia

El 10 de febrero de 1827 se estableció por decreto la Aduana Marítima en Tampico; y empezó a adquirir un auge comercial y portuario en 1850, en virtud de la habilitación del puerto que incluía escolleras y canal de acceso.

En 1870 el general Porfirio Díaz inauguró el primer muelle; las escolleras, los diques y el dragado se completaron en 1889, incluyendo tres almacenes y cuatro muelles de 145 m cada uno, los cuales se concluyeron en 1903.

El edificio de la Aduana Marítima se comenzó a ensamblar en 1896, y fue Porfirio Díaz quien personalmente encargó los planos a la Compañía de Ferrocarriles Centrales Mexicanos, cuyo costo inicial fue de 1 850 000 pesos en oro (se cuenta que fue el mismo don Porfirio quien eligió el diseño, haciendo la compra por catálogo a una compañía inglesa) y lo inauguró el propio general el 16 de octubre de 1902. Hace poco más de un lustro, fue concluida la excelente restauración.

Su arquitectura

El edificio, de claro estilo inglés, fue construido a base de elementos prefabricados de hierro fundido con sólidos y pesados ladrillos traídos de Inglaterra como lastre en los barcos que venían por materias primas codiciadas en Europa; las columnas, esbeltas y elegantes, son de fierro colado proveniente de Francia, y ostentan hermosos capiteles compuestos (jónico y corintio); los sorprendentes barandales y enrejados de las ventanas, verdaderos encajes metálicos, son de hierro forjado igualmente francés; mientras que las ventanas, puertas y algunos elementos de madera fueron traídos de Lousiana, Estados Unidos.

Los pisos son de granito pulido con figuras geométricas formadas por tiras de bronce incrustadas en el mismo granito. Aún conserva muchos de los elementos originales, propios del estilo decorativo de la época, como las tres puertas de acceso fabricadas de madera, las columnas y las escaleras de herrería de fierro colado.

El acceso a la Aduana Marítima es restringido, pues aún funciona como muelle fiscal. De hecho, la planta baja alberga las bodegas y almacenes donde se controla la entrada y salida de mercancías, cuyo movimiento alcanza los cinco continentes.

A un lado de la famosa “barda” que rodea los muelles fiscales se encuentra el acceso a la Aduana. Previa cita concertada con su administración –en nuestro caso lo hicimos por medio del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes–, logramos ingresar. Se cruzan varias vías de ferrocarril y una segunda puerta de control. Sólo entonces aparece en todo su esplendor la construcción de dos plantas, rojiza debido al color de su ladrillo británico. Predominan las formas de los arcos de medio punto espaciados en las ventanas de la planta baja, y continuos en el pórtico del corredor que circunda tres de los cuatro lados de la planta alta, que constituyen un excelente mirador hacia los cuatro puntos cardinales, y cuya amplitud permite el flujo de visitantes por fuera de las áreas de oficinas.

Horas enteras pueden pasarse del lado del río contemplando su vastedad, sintiendo el contraste de la Aduana, ya secular, con los impresionantes barcos cargueros de 20 mil toneladas de capacidad, atracados a escasos 15 metros del inmueble que nos ocupa; entre ambos hay gran movimiento de montacargas y trailers.

En el exterior de la Aduana las curvaturas de sus arcos contrastan con sus techos a dos aguas y con los triángulos o frontones que las rematan, con un ojo de buey al centro.

Al entrar al edificio lo recibe un vestíbulo con fastuosas escaleras que conducen al segundo nivel, flanqueadas por columnatas de bronce y barandales europeos. En el primer descanso se aprecian vetustos azulejos en los que destaca una representación del escudo nacional de tiempos del porfiriato, hecho en mosaico veneciano. Los numerosos y singulares detalles arquitectónicos y ornamentales de la Aduana Marítima de Tampico sorprenden al visitante.

Los alrededores

A dos calles de la Aduana, rumbo al centro de la ciudad, se encuentra la Plaza Libertad, hoy conocida por los tampiqueños como Centro Histórico.

Hay que decirlo enfáticamente, esta plaza es única en toda la República Mexicana. Tenemos sorprendentes plazas coloniales en muchas ciudades, verdaderas joyas del virreinato, incluso algunas modernas con audaces diseños. Pero en ninguna parte del país hay una que se conserve prácticamente homogénea en ese estilo del ocaso decimonónico. Tenemos, sí, edificios aislados, como algunos mercados del porfiriato, también con columnas de fierro colado; el hermoso invernadero que da cobijo al Cosmovitral, en Toluca; o en Puebla y Zacatecas, que han sido convertidos en atractivos centros comerciales; o el mercado principal de Guanajuato. Sin embargo, son edificios aislados, no un conjunto armónico, como es el caso que nos ocupa.

En la plaza se encuentran los correos que datan de 1907, así como numerosos edificios, todos bien restaurados en diversos colores pastel del alegre trópico, con dos y tres pisos, cuyos principales atractivos son sus balcones, barandales, columnas y herrajes. En el centro de la plaza se yergue un singular quiosco, elemento característico de nuestras tradiciones vernáculas.

Para dar un salto en un túnel del tiempo imaginario, conviene alquilar en Tampico una pequeña lancha de motor de las que se utilizan para cruzar el río, y pedirle al lanchero que navegue unos 20 minutos aguas abajo para apreciar el portentoso puente colgante de esta pujante ciudad tamaulipeca, alarde de la ingeniería mexicana.

Faltaría yo a los lectores asiduos a los temas gastronómicos si omitiera un dato que se agrega a la exquisita cocina tampiqueña. Me refiero a una conocida cantina (más bien un restaurante) ubicada frente al panteón municipal, donde se pueden degustar más de 70 platillos de mariscos, y cuya cantidad no desmerece en calidad. Como para mí esas experiencias son hedonistas y académicas, probamos decenas de platillos, entre ellos la pulpa de jaiba a la mantequilla. Rarísimas son las tortillas de queso, que por lo blancas y delgadas parecen de harina, pero son de puro queso, una especie de quesillo, su flexibilidad es perfecta y sirven, ¡por supuesto!, para hacer deliciosos tacos. Con razón, sobre la barra de la cantina se lee un admonitorio aviso: “Aquí se está mejor que enfrente”. Dicen que, cruzando la calle, en el panteón, se lee otro letrero: “Nosotros no salíamos de enfrente”.

 

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