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La colección de miniaturas del Museo Nacional de Historia (Distrito Federal)

Por: María Ester Ciancas

En dos ocasiones anteriores hemos publicado noticias sobre nuestra colección de miniaturas, aclarando que se trata de obras de tamaño reducido, pintadas con distintas técnicas.

Contamos en nuestro acervo con más de un centenar de obras de tema religioso, algunas de ellas de la época colonial y otra cantidad semejante de miniaturas dedicadas al retrato, también con ejemplos de la Nueva España; se completa el conjunto con más de veinte miniaturas que se refieren a escenas diversas: históricas, costumbristas, de paisaje, con símbolos patrios, etc., ello nos da una pequeña idea de lo que fue la enorme producción miniaturesca. Europa estuvo invadida por estas pequeñas pinturas, sobre todo en lo que se refiere a retratos, a partir del siglo XVIII.   

México se incorporó a tal moda un poco tarde, a fines de ese siglo, después de haber abordado el tema religioso en las pequeñas y preciosas escenas que se realizaron para los «escudos de monjas» que aparecieron en el siglo XVII y que no tuvieron inconveniente en firmar los más relevantes pintores de la época como fueron Francisco Martínez, Miguel Cabrera, José Ibarra, y otros. En la frívola sociedad europea del siglo XVIII, la miniatura (mucha de ella ejecutada utilizando laminillas de marfil y pigmentos del tipo de la acuarela, técnica que con gran éxito inauguró y extendió la veneciana Rosalba Carriera) se abrió camino en toda clase de obras de lujo y ostentación, acompañada de ricos materiales, oro, plata, piedras preciosas: anillos, broches, medallones, pulseras, cigarreras, cajas de rapé, relojes y otros múltiples objetos de uso frecuente se asocian a las miniaturas, y hasta se emplean éstas como botones de los espléndidos vestidos femeninos.   

Mencionando «grandes firmas», en nuestra colección contamos con un Gainsborough que nos lega el retrato de una dama. La historia del retrato-miniatura puede remontarse ala Edad Media, ya que en Libros de Horas, Devocionarios y Ejecutorias (otorgamientos de títulos de nobleza) aparecen las diminutas figuras de los dueños de esas obras retratados como piadosos y agradecidos protagonistas.   

En el siglo XVI son ya frecuentes los retratos hechos en una medida de pocos centímetros, al óleo, sobre placa metálica o sobre vitela. Los famosos retratistas Holbein, Fouquet y Clouet nos legan ejemplos de' grandes personajes de las cortes inglesa y francesa. Estos retratos ya tienen la misma utilidad que con frecuencia se ha dado a los retratos en técnicas fotográficas hasta nuestros días, se regalan a la persona que se cree disfrutará conservando la imagen que reproducen. Los reyes y nobles expresan su amistad y buena relación obsequiando su retrato y, desde luego, fue muy útil para lograr, a distancia, relaciones matrimoniales. En España, los célebres pintores Antonio Moro y su discípulo Alonso Sánchez Coello, así como El Greco, hicieron miniaturas de personajes de la corte de Felipe II. Pantoja de la Cruz, a principios del siglo XVII pintaba las miniaturas de la familia de Felipe III.

Son notables las pequeñas obras que hicieron algunos de los retratistas sevillanos de la época barroca. Lo mismo ocurrió con los pintores cortesanos del siglo XVIII Mengs y sus hijos y Vicente López, culminando con Goya a quien se han atribuido algunas miniaturas. Este arte fue muy valorado, ya que, con la técnica delicada de las laminillas de marfil y los colores acuosos, se podían lograr matices y transparencias extraordinarios. Los románticos utilizaron con deleite tal arte para retratarse y retratar a sus adoradas damas utilizando este medio de expresión fino y exquisito; la “personalidad” del individuo fue entonces el motivo más deseado y se impuso en el arte.   

El Museo Nacional de Historia tiene un valioso lote de miniaturas de caballeros y damas de esa época tan llena de recuerdos e historia. Ahí encontramos las firmas de María Concepción Fernández Tafalla, José Santos Pensado, Tirado, Navarrete, Izquierdo, Mesa, Antonio Esnaurrízar, Incháurregui, Luis A. Reyes, A. Sandoval, Mendoza y Francisco Sánchez Guerrero, ya en pleno siglo XX. Como anticipo de estos retratistas, todos, según parece mexicanos, tenemos al notable pintor José Guerrero formado en los primeros años de la Academia de San Carlos, quien firma la miniatura del retrato de su hijo José Manuel Guerrero a los 18 años, sentado con la guitarra (1808). También debemos atribuir a este autor la curiosa interpretación que hizo en 1802 del retrato del niño de año y medio Manuel María Hernández de Córdova y Moncada en figura de cupido, obra que firmó con las iniciales J.G.

Además de María Concepción Fernández, la dama antes mencionada, tenemos en el Museo Nacional de Historia la firma de otra pintora especialista en el arte de la miniatura: Mariana Gómez Portugal de Castillo, que vivió en Lagos de Moreno y algún tiempo en León, Guanajuato. Ella aprendió a pintar al lado de su esposo José Refugio Castillo o Díaz del Castillo y ambos fueron alumnos de Juan N. Herrera; a este último, creemos, se deben varios retratos de nuestra colección, algunos de ellos en medallones (acuarelas sobre láminas de marfil) y otros al óleo sobre metal, todos notables por su expresión y naturalidad.   

Miranda -sin duda se trata del liberal Primitivo Miranda- realizó con acierto una «República Mexicana con símbolos masónicos» hacia mediados del siglo pasado.
Respecto a los extranjeros de los que el museo tiene obra, queremos hacer mención de Antonio de Tomasich que realizó en México el retrato de Manuel Vilar (1812-1860), direct

or de la clase de escultura de la Academia de San Carlos desde 1848 hasta su muerte, y que el célebre miniaturista ejecutó en 1851. Sobre este artista, comenta Mariano Tomás, uno de los más expertos conocedores del panorama del bello arte que nos ocupa: «El más notable en la segunda mitad del siglo pasado y no solamente entre los miniaturistas de España, sino entre los de todas las naciones, es Antonio Tomasich. Fue pintor de corte a la vez en Madrid y Londres y tuvo tal fuerza su talento que consiguió reavivar el extinguido fuego de este arte. Antonio Tomasich consigue para España, donde nace con tanto retraso la miniatura, el broche de oro -con que se cierra su ciclo...» En los nueve años aproximados que duró su permanencia en México (1846-1855), Tomasich presentó unos 30 retratos en diversas exposiciones de San Carlos. Aunque su padre era natural de Espalato, en Dalmacia, Antonio Tomasich nació en Almería, España, estudió pintura en París, y se casó con Leonie Barrás. En cuanto a la fecha de su muerte, parece ser que aconteció el 25 de octubre de 1891 a los 66 años; nacería, por lo tanto, en 1825.


Por lo que hemos expresado, -aunque mucho se nos ha quedado en el tintero, como decían nuestros padres- podemos ver que muchos artistas, tanto los que tuvieron a bien consignar sus nombres en las obras que ejecutaron, como los que prefirieron no firmarlas (bastantes retratos de damas, caballeros, eclesiásticos y militares de la colección del museo son anónimos), quisieron dedicarse a esta manifestación del arte, tan del agrado de sus contemporáneos, y mucho olvidada en nuestros días, si bien tuvo su época de apogeo (entre partidarios y detractores) en las primeras décadas del siglo XX, cuando se realizaron notables exposiciones en varias ciudades de Europa.   

Fuente: México en el Tiempo No. 14 agosto-septiembre 1996

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