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La costa de Michoacán. Refugio de libertad.

Por: Carlos Maldonado Ortiz

Hacia el sur, el litoral del Pacífico se forma de largas playas con fina arena, delimitada por monumentales paredes verticales de áspera roca. Desde el río Coahuayana hasta el Balsas se despliega un rosario de playas solitarias, agresivas, remotas, primitivas, y ¡tan hermosas!

Desde las majestuosas sierras paralelas a la costa, la topografía desciende en brusco declive para terminar abruptamente en el mar, con escabrosos acantilados, a cuyos pies las olas se rompen con gran violencia. Sus riscos sirven como atalayas para contemplar, por docenas de kilómetros, la variada fisonomía del litoral. Pequeños valles y playas se intercalan entre gigantescas prominencias de roca ígnea que demuestra el origen volcánico de las colosales formaciones pétreas, semejantes a afilados espinazos de prehistóricos dinosaurios, y penetran en el agua donde forman arrecifes e isletas.

Una maraña inextricable de árboles y maleza cubre las sierras, en las orillas de ríos y arroyos, la exuberancia de la vegetación tropical llega al clímax. Enormes palos mulatos, de rojos troncos, se yerguen hacia el cielo, en fiera lucha por la luz solar, contra ceibas y castaños. Luego de bañar las frondosas copas, el sol se filtra entre las rendijas del denso follaje y forma delgados hilos luminosos que perturban la penumbra del interior del bosque, donde descubre hongos y setas que succionan la vida de los troncos; así como lianas y trepadoras que, en un caótico frenesí, se estrangulan entre sí, enlazan troncos y arbustos, y los estrujan hasta matarlos.

Al atardecer, la luz dorada del sol poniente enaltece los colores del paisaje: el azul marino que, al llegar a la playa, el oleaje transforma en un blanco etéreo; el amarillo de la arena, que se llena de diminutos fulgores al arribar los rayos solares; el verde de los palmares que bordean la costa y los manglares junto a los esteros, donde parvadas vagan en busca de alimento.

Hacia el sur, el litoral se forma de largas playas con fina arena, delimitadas por monumentales paredes verticales de áspera roca. Desde el río Coahuayana hasta el Balsas se despliega un rosario de playas solitarias, agresivas, remotas, primitivas, y ¡tan hermosa! Así es la costa de Michoacán, uno de los últimos reductos de la belleza natural de México, luego que gran parte de sus litorales y bellas playas han sido invadidos por enormes complejos turísticos, que han modificado el paisaje y desarraigado a sus habitantes originales.

Es precisamente el aislamiento lo que ha hecho, de esta región geográfica, un refugio ideal para la fauna silvestre y para diversos grupos humanos que luchan por preservar sus centenarias tradiciones y formas de vida, ante el irracional embate de la civilización moderna para aniquilarlos. Numerosos indígenas habitan la zona en pequeñas comunidades a la orilla del mar, donde el idioma náhuatl reemplaza al español. Un raro y fascinante ambiente priva en el interior de las tiendecitas de las charrerías, todavía sin electricidad, alumbradas por las noches con quinqués, a cuya tenue luz se compra y se vende en un lenguaje extraño y arcaico, lo cual demuestra la vigorosa presencia de antiquísimas culturas, de raíces tan sólidas que tienen plena vigencia de nuestros tiempos modernos.

Desde la infancia, toda una forma diferente de vivir: niños que crecen jugueteando entre las olas o corriendo libres por las playas; aprenden a pescar en los esteros casi tan pronto como se enseñan a caminar; inmersos en un mundo natural, donde la imaginación desatada se llena de fantasías. Y no podría ser de otra manera, en el grandioso marco en que se desarrollan, en contacto íntimo con la naturaleza, entre fantásticas formaciones rocosas de vagas figuras de animales o de una descomunal mano que surge de la profundidad del océano y apuntan hacia el cielo, como si fuese el último gesto de un gigante pétreo ahogándose bajo las aguas.

Bajo las isletas formadas por gigantescos peñascos, la acción del agua ha originado túneles por donde las olas penetran con un poderoso estruendo producido al romperse contra las paredes de roca, para salir al otro extremo convertidas en rocío.

La furia infinita de las olas del océano que revientan contra la arena, aumenta por las noches, con la marea alta y provoca un ensordecedor e inquietante fragor, como queriendo desmentir su nombre: el Pacífico. La fuerza del oleaje alcanza su máxima violencia al aumentar el tamaño con la llegada anual de los ciclones; y, escapa a sus confines, como reclamando su tierra, desgaja la arena y recrea las playas. El cielo ennegrecido transforma en noche los días y crea un espeluznante ambiente apocalíptico; trae consigo un diluvio que desborda los cauces de los ríos, deslava las laderas de los cerros, arrastra lodo y árboles, e inunda todo. El viento huracanado decapita palmeras y arrasa las chozas, esparciéndolas en el aire convertidas en trizas. Al presentir la cercanía del caos, el mundo queda desierto; los animales emprenden veloz huida y el hombre se agazapa.

Tras la tormenta, sigue la calma. En apacibles atardeceres, cuando el cielo se llena de sonrosadas nubes, destaca el vuelo fugaz de las aves en busca de un refugio nocturno, y las vaporosas copas de los palmares mecidas por una refrescante brisa.

Aunado a la experiencia del paisaje se encuentra la convivencia con otros seres con quienes compartimos la tierra. Desde el diminuto cangrejo ermitaño que lleva a cuestas su enorme caparazón, arrastrándolo por la arena y dejando un rastro de pequeñísimas huellas paralelas; hasta las fascinantes tortugas marinas que, siguen un misterioso e ineludible llamado y acuden cada año a las playas para, luego de una penosa marcha por la arena, depositar sus huevos en pequeños huecos cavados con las aletas posteriores.

Uno de los detalles más sorprendentes es que las tortugas sólo desovan en playas donde no hay luces artificiales. En la temporada de desove, al recorrer la costa por la noche, resulta asombroso toparse con la masa oscura de los reptiles, guiándose en las tinieblas con una desconcertante precisión. Sobre la claridad de la arena se recorta la figura de las golfinas, las caguamas e incluso la visión irreal de la enorme laúd.

Luego de estar al borde de la extinción, la población de quelonios se ha recuperado paulatinamente gracias a la loable acción de grupos ecologistas, como los estudiantes de la Universidad de Michoacán, que han desarrollado una ardua labor de concientización de la población para la protección de las tortugas. Un premio digno de su esfuerzo es el nacimiento de las pequeñas crías, que surgen milagrosamente de la arena y emprenden loca carrera hacia el mar en una gloriosa muestra de la vibrante pasión de la vida para perpetuarse en el Universo.

La gran variedad de aves es otra de las maravillas de la región. En formación, como pequeños escuadrones, a la orilla del mar, una abigarrada multitud de aves vigila las olas con aguda mirada, en busca del borboteo del mar que señala la presencia de cardúmenes a flor de agua. Y ahí están, presente, las gaviotas de rechoncho cuerpo; las monjitas con su dorso negro y vientre blanco, como vestidas con hábitos; los gallitos de mar alineados para ofrecer la menor resistencia al viento; los pelícanos con sus bolsas membranosas en la garganta; y los chichicuilotes de largas y delgadísimas patas.

Tierra adentro, en los esteros sigilosamente agazapados en el manglar, las garzas blancas de inmaculado plumaje destacan en el verdor, vadean lentamente las cristalinas y superficiales aguas, tratan de atrapar pececillos que nadan veloces entre sus largas patas. Están también las garzas morenas y las pico de canoa, las ibis de delgados y curvos picos; y, en ocasiones, alguna espátula de vivo color rosado.

En los acantilados y roqueríos de las isletas habitan los pájaros bobos y las aves fragata, cuyos excrementos blanquean las rocas dando la impresión de estar nevadas. Los machos del ave fragata tienen un saco gular de color rojo intenso, que contrasta fuertemente con su negro plumaje; es común ver, a grandes alturas, su oscura figura con alas de murciélago, en un suave vuelo, planeando en las altas corrientes de aire.

También a cargo de la Universidad de Michoacán, se desarrolla un programa de estudio y protección de la iguana. Resulta muy interesante una visita al rústico centro de investigaciones, donde en jaulas y corrales se crían y estudian iguanas de todos tamaños, colores y... ¡sabores!

A la orilla del mar, bajo la luz de la luna, el alma queda extasiada ante el esplendor de este mundo magnífico y maravilloso. Pero la civilización sigue rompiendo el equilibrio; aunque ha aportado algunos beneficios como las lanchas de motor para la pesca, que en gran parte han sustituido a las antiguas lanchas de madera y remos, la introducción de un cultura ajena a la naturaleza e incomprensible en todas sus implicaciones ha ocasionado la contaminación del paisaje con desechos industriales que, debido al desconocimiento de su manejo y a la falta de procedimientos para deshacerse de ellos, provocan estragos en el medio ambiente.

La diversidad de ideas, de seres, de ambientes, de sueños, es parte imprescindibles de la vida. Es impostergable la preservación de las riquezas culturales que forman la esencia de nuestro país. Es necesario un México orgulloso de sus raíces, con lugares naturales preservados, como las doradas playas donde las tortugas llegan a desovar para continuar ejerciendo su derecho a la vida; con lugares salvajes donde identificarse con la naturaleza y consigo mismo; donde podamos dormir bajo las estrellas y reencontrarnos con la libertad. Después de todo, la libertad es parte de lo que nos hace humanos...

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