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La Cueva del Agua y la cascada de Tamul

Por: Flor Podest

Cuando pensamos en paisajes mexicanos lo primero que viene a la mente son playas, pirámides, ciudades coloniales, desierto. Pero justo en el momento en que creemos haber visto todo, surgen las mejores sorpresas. En la Huasteca potosina descubrimos un tesoro entre selvas y aguas cristalinas.

Pocos conocen a fondo la Huasteca, tierra por descubrir para el viajero mexicano y extranjero. Abarca parte de los estados de Veracruz, San Luis Potosí y Puebla, y es completamente diferente del resto del país porque no espera la temporada de lluvias, en las sierras de la Huasteca llueve regularmente todo el año, por lo cual siempre está verde y cubierta por una vegetación selvática.

Por la misma razón acá encontramos la mayor concentración de ríos y torrentes del país; cada pueblito, cada rincón está cruzado por dos o tres ríos de montaña de aguas cristalinas y frescas, y esto se vive como un milagro de abundancia en este México, frecuentemente sediento y de cauces secos.

Del desierto al paraíso siempre verde

Desde el paisaje desierto del altiplano central viajamos hacia el norte. Vamos en busca de los paraísos acuáticos de los que tanto oímos hablar. La Huasteca esconde tal cantidad de maravillas naturales que es un objetivo extraordinario y todavía virgen para muchas actividades. Algunas compañías de turismo  de aventura están comenzando a explorar las posibilidades de esta región: rafting y kayak, rappel en cañones, espeleología, exploración de ríos subterráneos, cuevas y sótanos, algunos mundialmente famosos como el Sótano de las Golondrinas.

A darle forma al sueño


Después de informarnos un poco, nos decidimos por una expedición río arriba hacia la Cascada de Tamul, nada menos que el salto más espectacular de México.  Se forma por el Río Gallinas, de aguas verdes y caudalosas, que se precipita desde una altura de 105 metros sobre el Río Santa María, que corre en el fondo de un cañón estrecho y profundo de paredes rojizas. En su momento de mayor caudal la caída puede alcanzar hasta los 300 metros de ancho.

El encuentro violento de los dos ríos da origen a un tercero, el Tampaón, de aguas increíblemente turquesas, donde se practican las más bellas bajadas en balsa (rafting) del país, según dicen los entendidos.

En busca del capitán


Entramos al estado de San Luis Potosí, en la ruta hacia Ciudad Valles. El plan era llegar al poblado de La Morena, algunas horas sierra adentro tras un desvío por camino de tierra.

El valle entre las sierras es una zona ganadera, bastante rica. En el camino nos cruzamos con varios hombres a caballo vestidos como corresponde a su arte: botas  de cuero, fusta, sombrero de lana prensada, bonitas monturas de piel y metal, y un andar elegante que nos habla de caballos bien aprendidos. En La Morena preguntamos quién podría llevarnos a la cascada de Tamul. Nos indicaron la casa de Julián. En cinco minutos negociamos un viaje en canoa, río arriba, hasta la cascada, una excursión que nos tomará todo el día. Nos acompañaría su hijo de 11 años, Miguel.

El inicio de la aventura


La canoa era longilínea, de madera, bien equilibrada, equipada con remos de madera; avanzamos por la parte ancha del río en dirección al cañón. Por el momento la corriente en contra es suave; más adelante, cuando se estreche el cauce, avanzar se haría más duro, aunque de octubre a mayo es perfectamente factible (después el río crece demasiado).

Entramos con nuestra pequeña embarcación al cañón. El paisaje es espectacular. Como un este momento del año el río está bajo, quedan al descubierto varios metros del borde: formaciones de piedra caliza de un tinte anaranjado que el río labró año tras año con la fuerza de sus aguas. Sobre nosotros las paredes del cañón se extienden hasta el cielo. Inmersos en un paisaje surrealista nos movíamos sobre un río turquesa entre muros cóncavos, ahuecados suavemente en cavernas rosadas en donde crecen helechos de un verde casi fluorescente; avanzamos entre islotes de piedra redondeada, trabajadas por la corriente, con contornos globulares, retorcidos, vegetales. “El lecho del río cambia cada temporada”, dijo Julián y, en efecto, teníamos la impresión de movernos por las venas de un organismo gigantesco.

El encuentro refrescante y curativo


Estas aguas llenas de sedimento reprodujeron en la piedra su propio fluir, y ahora el lecho mismo parece una corriente de agua petrificada, con las huellas de los remolinos, los saltos, los rápidos... las líneas de fuerza. Julián señaló una entrada del río, una pequeñísima caleta entre rocas y helechos. Subimos la canoa a una piedra y desembarcamos. De un hueco brota un manantial de agua pura subterránea, medicinal según dicen. Bebimos unos tragos in situ, llenamos las botellas y volvimos a los remos.

Cada tanto nos turnábamos para remar. Imperceptiblemente la corriente aumentaba. El río avanza en ángulos cerrados, y cada curva es la sorpresa de un nuevo paisaje. Aunque todavía estábamos lejos, escuchamos un ruido lejano, un trueno constante que atraviesa la selva y el cañón.

Un rodeo inolvidable


A esta altura de la tarde teníamos calor. Julián dijo: “Por acá en la sierra hay muchas grutas  y cavernas. Algunas no sabemos dónde terminan. Otras están llenas de agua pura, son manantiales naturales”. ¿Hay alguna cercana? “Sí”. Sin meditarlo mucho le propusimos hacer un paréntesis para visitar uno de estos parajes mágicos. “Los llevo a la Cueva del Agua”, dijo Julián, y Miguel se puso contento, contagiándonos su alegría. Sonaba muy prometedor.

Nos detuvimos donde desagua un torrente que viene de montaña arriba. Amarramos la canoa y comenzamos a subir por un sendero bastante empinado que remonta el curso del torrente. Después de 40 minutos llegamos al nacimiento: una boca abierta en la cara de la montaña; adentro, un espacio negro y amplio. Nos asomamos a este “portal”, y cuando nuestros ojos se acostumbraban a la penumbra se reveló un lugar extraordinario: una caverna monumental, casi como una iglesia, con el techo en forma de cúpula; algunas estalactitas, paredes de piedra gris y dorada en la sombra. Y todo este espacio está lleno de agua de un azul zafiro imposible, un líquido que parecía iluminado por dentro, que proviene de un manantial subterráneo. El fondo aparentaba ser bastante profundo. No existe un “borde” en esta “piscina”, para entrar a la caverna hay que lanzarse sin trámites al agua. Cuando estábamos nadando, notamos los dibujos sutiles que la luz del sol crea en la piedra y en el agua. Una experiencia verdaderamente inolvidable.

¡Tamul a la vista!


Cuando reanudamos la “marcha” entramos  en la etapa más complicada, porque se presentaron algunos rápidos que había que remontar. Si la corriente se tornaba demasiado fuerte para remar, deberíamos bajarnos y arrastrar la canoa río arriba desde la orilla. Ya el sonido de trueno parecía a la mano. Después de una vuelta del río, finalmente: la cascada de Tamul. Desde el borde superior del cañón se desplomaba una masa de agua blanca imponente que llenaba todo el ancho del desfiladero. No pudimos acercarnos demasiado, por la potencia del agua. Frente al gigantesco salto, el “rulo” que forma la caída cavó, a través de siglos, un anfiteatro redondeado, tan ancho como la cascada. Apostados en una roca en medio de las aguas tomamos un refrigerio. Llevábamos pan, queso, algunas frutas; un delicioso festín para concluir una formidable aventura. La vuelta, con la corriente a favor, fue veloz y relajada.

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