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La destrucción del templo y el nacimiento de la ciudad colonial (Distrito Federal)

Por: Eduardo Matos Moctezuma

Noticias alarmantes llegaron a oídos de Moctezuma. Seres diferentes a los aztecas merodeaban por la costa. Algunas señales no presagiaban nada bueno para el imperio. El tlatoani, apesadumbrado, aguardaba con impaciencia las noticias, que no tardaron en llegar:

Noticias alarmantes llegaron a oídos de Moctezuma. Seres diferentes a los aztecas merodeaban por la costa. Algunas señales no presagiaban nada bueno para el imperio. El tlatoani, apesadumbrado, aguardaba con impaciencia las noticias, que no tardaron en llegar:

Señor y rey nuestro, es verdad que han venido no sé qué gentes y han llegado a las orillas de la gran mar… y las carnes de ellos muy blancas, más que nuestras carnes, excepto que todos los más tienen barba larga y el cabello hasta la oreja les da. Moctecuhzoma estaba cabizbajo, que no habló cosa ninguna.

Estas palabras que han llegado hasta nosotros las podemos leer en la Crónica Mexicana de Alvarado Tezozómoc. Mucho se ha hablado acerca del regreso de Quetzalcóatl, quien se había dirigido hacia el oriente, en donde se convirtió en lucero del alba. Sin embargo, llama la atención que el regreso de tan importante señor y dios no fuera tomado con regocijo por Moctezuma. Quizá la explicación de esto se encuentre en el Códice Matritense, en donde se hace referencia a otro retorno con el cual se acabarían los tiempos. Dice así:

Ahora lentamente se va más allá el Señor Nuestro, Tloque Nahuaque. Y ahora también nosotros nos vamos porque lo acompañamos a donde él va, al Señor Noche Viento, porque se va, pero habrá de volver, volverá a aparecer, vendrá a visitarnos cuando esté para terminar su camino la Tierra.

Pronto el señor de México se da cuenta de que los españoles no son el dios esperado. Moctezuma trata de alejarlos y envía presentes que, por el contrario, despiertan aún más la codicia de los conquistadores. Éstos llegan a Tenochtitlan y someten al tlatoani. La guerra no se hace esperar y bien conocemos la historia: todo termina el 13 de agosto de 1521, cuando Tlatelolco, último reducto mexica, cae en manos de los españoles y de sus aliados indígenas.

A partir de ese momento se impone un nuevo orden. Sobre las ruinas de Tenochtitlan nacerá la nueva ciudad colonial. Bien vienen a este propósito los materiales tomados de los templos destruidos durante los combates y aún después. Fray Toribio de Benavente, Motolinía, nos recuerda aquellos momentos aciagos en que los indígenas fueron obligados a demoler sus propios templos para, a su vez, construir los primeros edificios coloniales. Dice así el franciscano:

La séptima plaga [fue] la edificación de la gran ciudad de México, en la cual los primeros años andaba más gente que en la edificación del templo de Jerusalén en tiempos de Salomón, porque era tanta la gente que andaba en las obras, o venían con materiales y a traer tributos y mantenimientos a los españoles y para los que trabajaban en las obras, que apenas podía hombre romper por algunas calles y calzadas, aunque son bien anchas; y en las obras, unos tomaban las vigas, y otros caían de alto, sobre otros caían los edificios que deshacían en una parte para hacer en otras...

¡Terribles debieron ser aquellos momentos para que el fraile los comparara con las plagas de Egipto!

En cuanto al Templo Mayor, varios cronistas del siglo XVI refieren su destrucción, la cual era de esperarse, pues no dudamos de que Cortés fuera informado del simbolismo que tenía el edificio como centro de la cosmovisión del pueblo azteca. Había, pues, que destruir lo que los españoles consideraban obra del demonio. Bernal Díaz del Castillo, quien participó en los combates, relata cómo tomaron y destruyeron el Templo Mayor de Tlatelolco:

Aquí había bien que decir en qué peligro nos vimos los unos y los otros en ganarles aquellas fortalezas, que ya he dicho muchas otras veces que era muy alta, y en aquella batalla nos tornaron a herir a todos muy malamente. Todavía les pusimos fuego, y se quemaron los ídolos...

Terminados los combates, la resistencia indígena no se hizo esperar. Tenemos pruebas fehacientes de que los conquistadores encargaban a los indígenas escoger esculturas de sus dioses para hacer con ellas las columnas de templos y conventos. Sobre el particular, nos sigue diciendo Motolinía:

para hacer las iglesias comenzaron a echar mano de sus teocallis para sacar de ellos piedra y madera, y de esta manera quedaron desollados y derribados; y los ídolos de piedra, de los cuales había infinito, no sólo escapaban quebrados y hechos pedazos, pero vinieron a servir de cimientos para las iglesias; y como había algunos muy grandes, venían lo mejor del mundo para cimiento de tan grande y santa obra.

Pues resulta que uno de estos ídolos “muy grandes” eran las esculturas de Tlaltecuhtli, señor de la tierra, cuya efigie siempre iba colocada boca abajo y no estaba a la vista. El indígena lo escogía y empezaba a labrar la columna colonial, cuidando que la imagen del dios quedara bien conservada en la parte inferior, y de esta manera se preservaba el culto a la deidad... ingenio de los pueblos sometidos para guardar sus propias creencias…

Poco a poco la antigua ciudad fue cubierta por la nueva traza colonial. Los templos indígenas fueron sustituidos por los templos cristianos. La actual ciudad de México encierra bajo su piso de concreto muchas ciudades prehispánicas que aguardan el momento en que la arqueología llegue hasta ellas. Bien vale la pena recordar las palabras que quedaron grabadas en mármol a un costado del Templo Mayor de Tlatelolco y que son memoria de lo que ahí ocurrió:

El 13 de agosto de 1521,heroicamente defendida por Cuauhtémoc,cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés.No fue triunfo ni derrota,fue el doloroso nacimientodel pueblo mestizo,que es el México de hoy…

Fuente: Pasajes de la Historia No. 10 El Templo Mayor / marzo 2003

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