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La ingeniería civil, una profesión legendaria

Por: Roberto Llanas

Hablar de la historia de una cultura, cualquiera que ésta sea, lleva en un interrelación disciplinaria a conceptuar el marco físico en el que se ha desenvuelto; es decir, el generado por un grupo de individuos que, con una sensibilidad innata, partiendo de la observación de la naturaleza, no sólo la imitó sino que llegó a la audacia de modificarla en beneficio de su comunidad, aunque procurando no perder de vista el equilibrio que la misma naturaleza impuso, y sigue imponiendo , a quienes buscan entenderla.

En el caso de México, la ingeniería civil tiene con el respaldo de la observación, de experiencias y de intentos de aplicaciones deductivas encauzadas a resolver problemas-, una antigüedad tan grande que a no ser por los testimonios aún presentes, bien podría corresponder a una narración, la transmisión generacional al destacar la mayoría de las veces la grandiosidad de las obras, ha hecho que disminuyera, cuando no deformado, su enorme valor como fruto del pensamiento y del ingenio humanos.

Pero no todo fueron construcciones espectaculares; las hubo de diversos tamaños, dependiendo de su capacidad de respuesta, sin que por ello disminuyera su importancia; así, el agua, en tesis y antítesis de abundancia y de escasez desarrolló la imaginación de los ingenieros. En el primer caso destacan las hasta hace poco mal interpretadas construcciones piramidales, localizadas en la Quemada, Zacatecas que, como generadores de lluvias, retaban a su vez la resequedad del entorno, y la gran presa de Moquitongo, en puebla: primer control de agua para la irrigación. Por otra parte es necesario señalar que las torrenciales precipitaciones-en otras zonas-, no impidieron la construcción de inmensas plataformas de bloques de adobe altamente resistentes, en las que se cimentó el conjunto de San Lorenzo, de la cultura Olmeca.

En una combinación premonitoria de tiempo y espacio en la que el grupo mexica tuvo un lugar preponderante como cultura tardía en el Valle de Anáhuac, éste-en su largo peregrinar-asimiló técnicas de ingeniería empírica que puso en práctica al llevar a la realidad su anhelado deseo de erigir el más grandioso y espectacular señorío prehispánico. Su primer asentamiento, en lo que hoy es la avenida Hidalgo, los enfrentó a un medio hostil que lejos de amedrentarlos, les provocó encontrar lo que siempre existe de positivo e lo negativo.

En este caso hallaron la solución a través de la ingeniería, aunque ya interrelacionada con la hidráulica, la mecánica de suelos, así como la estructura y resistencia de materiales.

Empezaron por aprovechar las aguas salobres del mar interior, en cuya ribera pudieron abastecerse de tierras fértiles con la creación de chinampas a pesar de las agresivas aguas. Eso les llevó a proyectos de transformación del entorno físico cada vez más ambiciosos; uno de ellos, el albarradón, que separaría las aguas dulces de las saladas, se logró gracias a un ingeniero innato, Nezahualcoyotl, señor de Texcoco. Con dicha obra habían, pues, superado un obstáculo impuesto por la naturaleza a los pueblos ribereños. La aplicación de una ingeniería empírica, les permitió vislumbrar algo que aún hoy podría calificarse de temeridad: una isla artificial más tarde conocida como Isla de los Perros. Ésta surgió tras un acarreo de tierra vegetal desde sitios que a la fecha se ignoran; e hicieron surgir en el horizonte lacustre una plataforma que iba prácticamente desde más allá del actual atrio de la Catedral Metropolitana hasta Peralvillo, y desde la calle de Brasil hasta la iglesia de Loreto, aproximadamente, aunque parezca increíble.

En esta isla levantaron su centro ceremonial apoyado en pilotes. Estos contrarrestaron el hundimiento natural al controlar la expansión del suelo mediante la combinación de la ingeniería de construcción con la mecánica de suelos. En este momento, la sede del señorío azteca no tuvo parangón.

Ciudad mágica, mitad audacia y mitad temeridad, acunada por cinco lagos, ampliada programadamente por kilómetros de chinampería; rodeada por muelles lacustres y calzadas que, a través de compuertas, regulaban los desniveles de los lagos a fin de evitar aterradoras consecuencias. Pero sus antiguos pobladores entendieron que, a pesar de representar un éxito de ingeniería, era también una agresión al equilibrio establecido por la naturaleza, y con plena conciencia de ello lo hicieron plasmar iconográficamente en el chimalli que identificaba a la Gran Tenochtitlan. La naturaleza no perdonaría jamás tal ofensa; castigaría esa temeridad con la dualidad de vida y muerte del agua, en combinación con los eventos sísmicos.

La ingeniería de la Nueva España

Cortés, excelente administrador, también tenía espíritu de ingeniero, lo cual quedó demostrado en el corto tiempo que la naturaleza no ejerció acciones contra la ciudad capital. Logró junto con el alarife Alonso García Bravo adaptar las ideas renacentistas de León Bautista Alberti y de Sebastiano Sereyo a la traza de una ciudad con abundantes plazas, cuadradas o rectangulares, según el caso, y calles rectas, amplias y flanqueadas por edificaciones de igual altura, orientadas de tal manera que se aprovecharan los vientos solano, auster, favoritos y septentrio.

En su enfoque espiritual fue la conceptualización de la Nueva Jerusalén Celeste de San Agustín; en lo arquitectónico, la sede de la gema más preciada de las posesiones de la Corona española, al grado que Carlos V la tomó de modelo para el trazo de nuevas ciudades capitales, disposición refrendada más tarde por Felipe II. Con ello, una incipiente ingeniería civil, que rápidamente tomaba la nacionalidad mexicana, hizo acto de presencia en todos los virreinatos de América.

Pronto surgieron construcciones con innovadores diseños; tal fue el caso de las Atarazanas (en el actual rumbo de San Lázaro), parte en tierra firme y parte en las aguas del lago de México, donde tres inmensas naves guarecían los bajeles en los atardeceres. El sobrepeso de inmuebles no adecuados al suelo aún no consolidado de la isla-plataforma, hizo fracasar la ingeniería española ante los acelerados hundimientos, falta de verticalidad y resquebrajamientos que rápidamente se manifestaban. Con ello un nuevo reto de la naturaleza dio origen a una ingeniería civil simbiótica al recurrir a las técnicas prehispánicas.

Entre los exponentes que tipificaron esa fusión de respuestas estuvieron las cimentaciones, y tras bien pensados ensayos se encontraron diversos tipos de basamentos adecuados a las características del suelo. Se alcanzó uno a base de casetones trapezoidales invertidos, recubiertos con una mezcla de alta resistencia a la humedad, que se cerraban con lozas artificiales elaboradas con “tierras argilosas de Michoacán”; siendo estos los primeros elementos fabricados en la América española.

Los hundimientos, problema latente hasta la fecha, propiciaron que el tan mal interpretado virreinato entrara en la fase del modernismo urbano con la red subterránea de agua potable a base de tubería flexible-configurada por tres ejes básicos que corrían de poniente a oriente-, y la red subterránea de drenaje, de tres ejes dirigidos de sur a norte.

Ya nada detuvo el progreso de la ingeniería mexicana. El haber tenido cada vez mejores conocimientos sobre mecánica del suelos, hizo que la ciudad creciera a partir del siglo XVIII no sólo en extensión, sino también en el volumen de los inmuebles civiles, asistenciales, religiosos y municipales; en este caso, el desagüe con el que se buscaba librar a la ciudad de las inundaciones. Por su parte, la Catedral se volvió el centro experimental de una ingeniería civil que irradiaría hacia todo el territorio.

El periodo de la ilustración de Carlos III se reflejó básicamente en avances tecnológicos y de ingeniería que junto con el trazo de ciertas calzadas, las cuales aún conectan a la urbe, configuraron la ciudad que asombró al propio Humboldt. Sin embargo, el virreinato entraba en la pendiente del ocaso; se iniciaba un periodo de inestabilidad política con el advenimiento de un reencuentro nacionalista, en este contexto, se ubicó a la ingeniería civil en el ámbito de la educación profesional con la carrera de ingeniero, en la época juarista.

Esa institución, en la que se empezaron a formar ingenieros, sirvió de precedente tangible al respaldar la dinámica de infraestructura del país, formar cuadros de profesionales cada vez mejor capacitados-a partir de la actual centuria-,dando lugar a la realización de grandes obras a todo lo largo y ancho de la República. La calidad e innovaciones han sido tales, que sus diseños y ejecución han llegado a formar, a nivel internacional, verdaderas escuelas de ingeniería civil, básicamente en las áreas de cimentaciones ,estructuras, mecánica del suelo, sismología, hidráulica e ingeniería de túneles. Todo este desarrollo con sus precedentes preshispánicos enaltecen sobremanera el ingenio mexicano, de todos los tiempos.

Fuente: México en el Tiempo No. 30 mayo-junio 1999

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