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La música de percusión en la época mexica

Por: José Luis Rojas

Uno de nuestros colaboradores nos ofrece un acercamiento a dos de los instrumentos más adorados por los aztecas para amenizar sus fiestas dedicadas a los dioses: el huéhuetl y el teponaztli.

Para los mexicas, como para las otras grandes civilizaciones mesoamericanas, la música, el canto y la danza formaron parte primordial en todas sus festividades religiosas, cuya finalidad principal era rendir culto a sus deidades. Una forma de rendirles culto era a través de cantos, danzas, juegos y representaciones teatrales, durante los que solicitaban el favor divino empleando un gran conjunto de instrumentos musicales.

La gran cantidad de instrumentos prehispánicos que han sobrevivido hasta nuestros días, entre los que se encuentran reproducciones en piedra o arcilla y representaciones en códices y manuscritos poshispánicos, y sobre todo los recuperados en excavaciones, son una importante muestra de su diversidad.

Entre todos destacan las ocarinas; los silbatos, sencillos, antropomorfos o zoomorfos; las flautas, sencillas, dobles, triples o cuádruples; los llamados omexicahuaztli, elaborados con huesos largos humanos ranurados que producen un sonido semejante a los modernos raspadores, y los tambores o percutores, de parche sencillo y doble, conocidos como huéhuetl y teponaztli.

El huéhuetl

El huehuetl es un tambor vertical, decorado con tallas que representaban escenas de carácter simbólico, como se puede apreciar en el impresionante tlapanhuéhuetl de Malinalco, que se exhibe en el Museo Regional de Toluca. De madera de sabino, está considerado como una obra maestra por la perfección de sus diseños, que representan la danza ritual de los guerreros águila y jaguar al escoltar al símbolo calendárico Nahui Ollin.

La parte superior estaba cubierta con pieles de jaguar o de otros animales y se tocaba con las palmas y los dedos para producir tres sonidos afinados y múltiples efectos. Esta forma de golpear el huéhuetl sin usar ningún aditamento se advierte en las representaciones de los códices y no corresponde a la que se utiliza actualmente, con palillos forrados de lana o piel.

El otro de los dos tlapanhuéhuetl de la época prehispánica que han sobrevivido hasta nuestros días es el huehuetl de Tenango, perteneciente a las colecciones del Museo Nacional de Antropología. En éste se tallaron las figuras de un águila y un buitre con las alas extendidas, de cuyos picos brota el símbolo de la guerra, el atl-tlachinolli, agua y fuego. En los tres soportes del instrumento se aprecian magníficas representaciones de flores y flamas, en clara alusión a la Guerra Florida.

Los huéhuetl se empleaban en ceremonias, como en la danza del Volador, en combates o para acompañar diferentes cantos y bailes. El de mayor tamaño, llamado panhuéhuetl o tlapanhuéhuetl, se usaba para dar señales y en los rituales más importantes, tal como se demuestra en su rica ornamentación asociada a la guerra.

El huéhuetl y el teponaztli suelen aparecer representados juntos en los códices, por ejemplo en el Códice Florentino, en el que sus ejecutantes muestran la forma correcta de tocarlos. También se mencionan en los textos de los cronistas, como la espléndida y evocadora descripción del padre José de Acosta: “Estos dos instrumentos estaban tan acordes, que daban en su sonido una bastante buena armonía, y acompañaban estos instrumentos varias y diversas clases de aires y canciones... Cantaban y bailaban todos al son y cadencia de estos instrumentos con tan bello orden y tan bello compás o acuerdo, tanto en las voces como en el movimiento de los pies, que era cosa agradable de ver...”

El teponaztli

El teponaztli es un tambor o xilófono vertical, tallado en diferentes tipos de madera y ahuecado cuidadosamente por medio del fuego y de herramientas de obsidiana. En su parte superior, presenta una o dos lengüetas en forma de H. Se percutía con dos palillos con la punta cubierta de hule, que reciben el nombre de olmaitl. Estas lengüetas producen de uno a cuatro sonidos variados, dependiendo de su grosor y de su longitud.

Para elaborar un teponaztli era necesario tener un amplio conocimiento de la acústica y un desarrollado sistema musical, pues sólo así se obtenía el sonido preciso y característico, elemento primordial en las festividades, donde la combinación de música, danza y canto resaltaban aún más el sentido religioso de las ceremonias.

Las hermosas ilustraciones del Códice Florentino, de la Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme de Fray Diego Durán y del Manuscrito Tovar, entre otras, revelan la gran importancia que para los mexicas tenían estos instrumentos, que se colocaban al frente de los músicos y danzantes, uno junto al otro, el huehuetl sobre el piso y el teponaztli sobre una base de madera.

La calidad de sus tallas y vistosas ornamentaciones se aprecian tanto en esculturas como en las piezas de cerámica, que muestran el papel tan importante que desempeñaban no sólo en las ceremonias sino en toda la sociedad mexica.

Entre los magníficos ejemplos de instrumentos de percusión correspondientes a la época mexica que han llegado hasta nosotros, debemos mencionar el teponaztli de Tlaxcala, sin duda el mejor y más hermoso, que representa a un guerrero tlaxcalteca ataviado con magnífica vestimenta y armas.

Estos instrumentos musicales también han aparecido en ofrendas entre los restos del Templo Mayor de la ciudad de México-Tenochtitlan, por ejemplo como parte de la ofrenda al dios Xochipilli-Macuilxóchitl, descubierta el 13 de diciembre de 1900 por el arqueólogo Leopoldo Batres cerca de la esquina noroeste de la catedral metropolitana. De esta ofrenda formaba parte una escultura del dios Xochipilli-Macuilxóchitl y numerosos objetos rituales, entre los que sobresalen varios teponaztli modelados en arcilla con sus percutores colocados sobre las lengüetas.

Los huéhuetl y los teponaztli también fueron representados en esculturas talladas en basalto, entre las que sobresale un huéhuetl de proporciones medianas dedicado al culto de la deidad del mismo nombre; la parte superior muestra la piel de jaguar que lo cubría y el resto se decoró con una armoniosa decoración de flores y caracoles cortados. Esta extraordinaria pieza procede de Tlalmanalco, Estado de México.

La escultura de un teponaztli colocado sobre un pequeño rodete, que recrea la imagen del dios Macuilxóchitl, cuyo rostro tiene los ojos en forma de manos y la boca en forma de mariposa, también procede de Tlalmanalco y constituye una clara alegoría del dios príncipe de las flores, quien se identifica con su nombre calendárico, correspondiente al día de su nacimiento, 5-flor. Xochipilli-Macuilxochitl es la deidad de la música, la danza, la alegría y también es uno de los dioses del juego de pelota.

Aunados a los de otros instrumentos musicales, a los hermosos cantos y a las danzas, los sonidos combinados que producían el teponaztli y el huéhuetl constituyen un claro ejemplo del gran desarrollo cultural que alcanzaron los mexicas. Los cronistas del siglo XVI describen con admiración las prácticas musicales prehispánicas, aunque también mencionan que esa música era monótona y cansada.

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