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La orfebrería prehispánica mixteca.

Por: Martha Carmona

Corría el año de 900. Al calor de un horno de fundición apagado, un anciano orfebre narraba a sus jóvenes compañeros cómo se había iniciado el uso del metal entre los mixtecas.

Por sus antepasados sabía que los primeros objetos de metal habían sido traídos por mercaderes procedentes de lejanas tierras. De esto hacía muchos años, tantos que no había ya memoria. Estos mercaderes, que aún visitan las costas, traían muchos objetos para intercambiar; venían en busca, entre otras cosas, de conchas bivalvas rojas y caracoles, muy estimados en sus ceremonias religiosas.

En un principio, el metal se forjaba a martillazos; posteriormente, además de golpearlo en frío, se sometía al fuego para que no se tornase quebradizo. Más tarde, los comerciantes extranjeros nos enseñaron a los orfebres a hacer moldes y a fundir el metal: ellos traían unas hermosas piezas que brillaban como el Sol. También nos mostraron cómo los ríos contenían en sus aguas el resplandeciente amarillo diziñuhu; tenían tiempo suficiente para hacerlo, pues cuando el mar estaba enojado se quedaban un largo periodo en nuestras tierras. Desde entonces, el oro se recoge de los ríos en unas vasijas especiales, para llevarlo luego al taller, en donde una parte se funde en forma de tejuelos y otra, más pequeña, se deja tal cual para fundir los granillos poco a poco.

Muy pronto, todo lo que los comerciantes extranjeros les habían enseñado, los orfebres mixtecas lo superaron con su propia inteligencia: fueron ellos quienes empezaron a usar el resplandeciente blanco (dai ñuhu cuisi), la plata, el metal de la Luna, unido con el oro, y de esta manera lograron trabajar mejor y pudieron hacer obras más detalladas usando delgados y finos hilillos de oro, los cuales conseguían en la misma fundición de la pieza.

La técnica del dorado, que también la aprendieron de los comerciantes extranjeros, se aplicaba a los objetos de tumbaga –aleación que contiene poco oro y mucho cobre– para darles un acabado como de “oro fino”: el objeto se calentaba hasta que el cobre formaba una capa en la superficie, después de lo cual se aplicaba el jugo ácido de algunas plantas –o también orines añejos o alumbre– para retirarla. El mismo terminado podía obtenerse directamente con un ”baño de oro”. A diferencia de los extranjeros, los orfebres mixtecas no utilizaban con frecuencia esta técnica, ya que agregaban poco cobre en sus aleaciones.

Cuando el anciano orfebre entró a trabajar en el taller para aprender el oficio de su padre, le asombró mucho ver cómo los martilladores, echando mano de poderosos mazos de piedra y apoyándose en sencillos yunques de diferentes formas, hacían láminas de diverso grosor, según se tratara de confeccionar narigueras, orejeras, argollas, bandas frontales o vasijas; con las más delgadas se cubrían las cuentas de carbón y arcilla, y con las de mayor grosor se manufacturaban discos del dios solar, sobre el cual, siguiendo las indicaciones de los sacerdotes, realizaban con un cincel complejos diseños simbólicos.

Cada uno de los símbolos tenía su propio significado (las grecas, por ejemplo, manifestaciones esquemáticas del dios Koo Sau, evocaban a la serpiente). Por esta razón, las volutas, meandros, líneas cortas onduladas, espirales, granulaciones y trenzados, sin importar el centro orfebre, mantenían los mismos rasgos. La orfebrería mixteca se distinguía por algunos elementos, como los delgados hilos que semejan encaje –con los cuales, además de plumas y flores, los artistas diseñaban las facciones de los dioses– y los sonoros cascabeles que se utilizaban como remate en las piezas.

Los mixtecas estamos muy orgullosos de nuestras piezas de oro; siempre hemos sido los dueños del resplandeciente amarillo, el desecho del dios Sol Yaa Yusi, que él mismo deposita en nuestros ríos; somos los más ricos en este metal, y nosotros lo controlamos. A los orfebres nos está permitido trabajar el oro, pero sólo los nobles, gobernantes, sacerdotes y guerreros pueden utilizar objetos realizados con este metal, porque se considera una materia sagrada.

Los orfebres manufacturaban joyas emblema e insignias. Las primeras otorgaban distinción y poder a su portador: orejeras, collares, petos, pectorales, brazaletes, pulseras, anillos sencillos tipo argolla y otros con colgante, uñas falsas, discos lisos o con motivos repujados e incrustaciones de turquesas y laminillas para coserse sobre diferentes prendas. Las insignias, por su parte, señalaban altos rangos sociales dentro de los mismos nobles; éstas se portaban según el linaje –como las tiaras, las coronas y las diademas–, o bien por méritos militares –como las narigueras, los botones nasales y los bezotes. A través de estas joyas emblema y de las insignias, un gobernante mostraba que era descendiente de los dioses; ellos le habían otorgado el poder, por eso gobernaba y su palabra era ley.

Los preciados objetos de oro los hacíamos primero sólo para nuestros dioses, sacerdotes, guerreros y gobernantes; después, empezamos a comercializarlos en otras ciudades importantes, fuera de nuestra región. ¡Pero sólo vendíamos los objetos! Los conocimientos para manufacturar una pieza es un secreto que los orfebres guardamos celosamente, pasándolo de padres a hijos.

Primero se diseñaba con cera el objeto; posteriormente se hacía el molde de carbón y arcilla, dejándole unos “respiraderos” para que saliera el aire en el momento de verter el metal fundido. Luego se colocaba en el bracero el molde, a fin de que se fundiera la cera y desalojara las cavidades que serían ocupadas por el oro.

No debe retirarse del fuego el molde, pues éste tiene que estar caliente y sin rastros de humedad ni de cera en el momento de vaciar el oro; el metal, simultáneamente fundido en un crisol refractario, lo vertemos por la boca del molde para que fluya por las cavidades dejadas por la cera.

El molde tenía que dejarse enfriar lentamente en el brasero ya apagado; una vez completamente frío, el molde se rompía y se sacaba la pieza; posteriormente, ésta se sometía a un proceso de pulido y limpieza: la primera pulida era para quitar las marcas de los respiraderos; en seguida se aplicaba a la pieza un baño de alumbre y por medio de calor se eliminaban los óxidos superficiales; finalmente, antes de pulirla de nuevo, se le daba un baño ácido, a fin de hacer más reluciente el oro.

Los mixtecas poseemos los conocimientos para trabajar perfectamente los metales: sabemos cómo lograr aleaciones, cómo soldar en frío y por calentamiento, ya sea utilizando materiales de aporte, como los cristales de cobre y plata, o bien fundiendo las dos partes a unir, sin agregar otro metal; también podemos soldar metales por medio del martilleo. ¡Nos sentimos tan orgullosos de nuestro trabajo cuando comprobamos que no pueden distinguirse las partes que han sido unidas por soldadura! Sabemos forjar, troquelar, engarzar delicadas piedras y repujar, y conocemos la herramienta indicada para lograr diseños angulosos o redondeados.

Los orfebres lograron tal dominio y conocimiento de la técnica de fundición, que podían utilizar dos metales –el oro y la plata– en el mismo molde para realizar objetos muy complicados: primero se vertía el oro, debido a que su punto de fusión es más alto, y luego, a cierto grado de enfriamiento, pero aún con el molde caliente sobre el brasero, se vaciaba la plata.

Los anillos, en particular aquellos que llevan adosada una figura de ave, requieren un alto grado de refinamiento técnico, pues, además de que necesitan varios moldes, deben fundirse y soldarse todas las partes que constituyen la pieza.

Los orfebres estaban supervisados por los sacerdotes, sobre todo cuando debían representar en anillos, colgantes, broches y pectorales a los dioses: Toho Ita, señor de las flores y el verano; Koo Sau, la serpiente sagrada emplumada; Iha Mahu, el Desollado, dios de la primavera y de los orfebres; Yaa Dzandaya, deidad del Inframundo; Ñuhu Savi o Dazahui, dios de la lluvia y el rayo, y Yaa Nikandii, el dios solar, implícito en el oro mismo. A todos ellos se les representaba como hombres, incluido el Sol, al que también se evocaba en forma de círculos lisos o con rayos solares repujados. Las divinidades tenían manifestaciones zoomorfas: jaguares, águilas, faisanes, mariposas, perros, coyotes, tortugas, ranas, serpientes, búhos, murciélagos y tlacuaches. Las escenas de acontecimientos cosmogónicos que se plasmaban en algunas piezas también eran supervisadas por los sacerdotes.

La noche había caído, y el horno de fundición estaba casi completamente frío. Los jóvenes aprendices debían retirarse, pues al día siguiente, con los primeros rayos de la mañana, tenían que regresar al taller para convertirse en los artífices del Sol.

El anciano orfebre recorrió con una mirada el entorno y posó sus ojos sobre un troquel:

Uno de mis primeros trabajos fue sacar brillo, con un paño suave de algodón, a las láminas pulidas de metal que se colocan en este troquel.

Corre el año de 1461. Hace mucho tiempo que el viejo maestro orfebre murió, al igual que sus atentos oyentes. El arte de la orfebrería sigue cultivándose con la misma maestría, orgullo y celo. El estilo mixteca ha llegado a imponerse gracias a que los orfebres conocen y plasman en sus obras los símbolos y las divinidades conocidos y venerados por todos los pueblos de su entorno.

Coixtlahuaca y sus tributarios han caído bajo el dominio mexica; poco a poco, otros señoríos mixtecas quedan también sujetos a Tenochtitlan; a esa capital llegan numerosos objetos de oro como pago de los tributos. En Tenochtitlan pueden encontrarse ahora obras manufacturadas tanto en los centros orfebres mixtecas como en Azcapotzalco, ciudad a la que los mexicas trasladaron algunos talleres orfebres mixtecas.

El tiempo pasa. No ha sido fácil someter a los mixtecas: Tututepec sigue siendo la capital de la Mixteca de la costa; la otrora ciudad del poderoso gobernante 8 Venado Garra de Jaguar es el único señorío independiente del dominio mexica.

Llega el año de 1519. Los mixes han avistado unas casas flotantes; otros extranjeros se avecinan. ¿Traerán cosas para intercambiar?, se preguntan. Sí, cuentas de cristal de color azul, por piezas de oro.

Desde el momento en que Hernán Cortés le preguntó a Moctezuma en dónde se encontraba el oro, quedó claro que en Oaxaca. Así, el metal de los mexicas llegó a manos españolas como botín de guerra y también a través del saqueo de los sepulcros.

Cuando se hizo la conquista, los mixtecas siguieron pagando su tributo en oro: preciosos objetos cuyo destino era la fundición. Los dioses, convertidos en lingotes, se fueron a lejanas tierras, en donde, fundidos una vez más y transformados en monedas, nadie podría reconocerlos. Algunos de ellos, los que quedaron sepultados, tratan de pasar inadvertidos: silenciosos, no emiten un solo brillo. Cobijados por la tierra, esperan a sus verdaderos hijos para salir a la luz sin temor al crisol. Cuando emerjan, los orfebres contarán su historia y los protegerán; los mixtecas no dejarán morir su pasado. Sus voces son poderosas, no en vano llevan consigo el poder del Sol.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 7 Ocho Venado , el conquistador de la Mixteca / diciembre 2002

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