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La Sierra Norte y su magia (Puebla)

Por: Geogina Luna Parra

Subir a la Sierra Norte de Puebla resulta una experiencia verdaderamente inolvidable. El camino asciende por una carretera de numerosas curvas, a través de montañas y desfiladeros, mientras los bosques se van alternando con valles y laderas inclinadas, cubiertas de árboles frutales, cafetales, milpas y otros muchos cultivos de esta maravillosa región.

El ganado se agrupa en potreros o anda por los montes, siempre al cuidado del pastor. Aquí y allá se ven pueblitos con sus techos de teja, chimeneas y patios cuajados de flores, sobre todo de dalias (la flor nacional) de todos los tonos.

En la lejanía, como un mar, se ven las ondulaciones de las montañas que se juntan con el azul del cielo. De pronto las nubes cubren ciertas zonas con una neblina gris, llenándolas de misterio. Las lluvias aquí son torrenciales y el índice de humedad es muy alto.

El camino nos lleva a Zacapoaxtla, importante población enclavada en las montañas; a la entrada se despeña una vital cascada, que va a dar a una cañada apenas visible desde lo alto. De ahí bajaron los hombres para apoyar al ejército mexicano que derrotó a los invasores franceses el 5 de mayo de 1862.

Siguiendo camino arriba surge de pronto la perla de la sierra: Cuetzalan. Cuetzalan está tan alto que parece que lo que sigue es el cielo. Sus callejuelas de piedra serpenteantes, cubiertas de musgo, suben y bajan. Las casas, muchas señoriales, otras pequeñas, tienen esa arquitectura serrana caprichosa e irregular con techos inclinados, gruesos muros pintados por la humedad, ventanucos curiosos, o balcones con herrería y portones de gruesas maderas entableradas con aldabones. Todo es estético y digno, no está contaminado con pretensiones ni modernismos.

En una gran explanada está la plaza principal, rodeada de portales, y a cuyo acceso se baja por empinadas callecitas o escaleras que ayudan a descender el declive. Al fondo, como remate, en contra del azul celeste, está una antigua y majestuosa iglesia con su torre airosa. Ahí domingo a domingo, se celebra el tianguis, que es el punto de reunión de mucha gente.

En esta inmensa sierra hay una gran variedad de etnias, que se distinguen unas de otras por sus facciones, su lengua o su vestimenta. Al mercado concurren con sus productos hombres y mujeres de todos los rincones de la sierra, llenando el lugar de frutos, verduras, cestas, textiles, alfarería, café, pimienta, vainilla de la costa, dulces y flores. En el atrio se ejecutan las danzas; las más impactantes son las de los totonacas, que bailan los “Quetzales” con sus grandes penachos de colores. Hay también otras danzas, como las de los Negritos, los Catrines, y los Payasos, con hermosas máscaras de narices puntiagudas, tocotines y muchas más. Conviven los huastecos, con su música de violín, sus coplas con falsete y sus alegres bailes; zacapoaxtlas, totonacas, otomíes, nahuas, mexicaneros y mestizos.

Todos nacen, viven y mueren con sus propias costumbres, y ritos, con sus curanderos, gastronomía, trajes, lengua, música y danzas, y no se mezclan en matrimonio con los otros.

Las mujeres de Cuetzalan parecen reinas, visten una falda o “enredo” de gruesa lana negra, amarrada a la cintura por un ceñidor tejido, con grecas de colores en las puntas, o unos hechos con petate. Llevan una blusita y arriba de ésta un quexquémetl (capa prehispánica que tiene un pico adelante y otro atrás), tejido finamente con hilo blanco. Lo que las hace aparecer tan majestuosas es el tlacoyal, un tocado de gruesos hilos de lana enrollado en la cabeza como un gran turbante. Van enjoyadas con aretes, muchos collares y pulseras.

En esta región privilegiada hay mucha riqueza maderera, agrícola, ganadera, comercial, etcétera, que está en muy pocas manos, las de los mestizos. Los indígenas, antes dueños y señores de la sierra, son campesinos, jornaleros, artesanos, que sobreviven dignamente y mantienen inviolable su identidad.

Nadie debe dejar de conocer esta mágica Sierra Norte de Puebla, de ver el espectáculo puro y fantástico de sus fiestas, y quedarse unos días en Cuetzalan, cerca del cielo.

Xicolapa

Lo que más llama la atención al llegar a este típico pueblo serrano son sus rojos y antiquísimos tejados. En las tiendas, donde se vende un poco de todo, parece que se ha detenido el tiempo; en su mostrador y anaqueles hay un sin fin de productos que incluyen abarrotes, semillas, licores y medicinas. Algunas de ellas funcionan desde principios de siglo y son atendidas por descendientes de los primeros dueños. Los primeros vinos de frutas de la región se elaboraron en Xicolapa, y así podemos probar en copitas los de zarzamora, membrillo, manzana, tejocote y otros más. Ahí pareciera que el tiempo no pasa, porque Xicolapa es un pueblo con magia.

Xicolapa se encuentra saliendo de la ciudad de Puebla, por la carretera núm. 119 rumbo norte, hacia Zacatlán.

Cuetzalan se viste de colores

Todos los domingos en Cuetzalan, enfrente de su iglesia, se instala un mercado al aire libre. Por los productos que se ofrecen, y porque ahí aún se practican el trueque y el inercambio, este mercado es considerado uno de los más genuinos y en el que se conserva lo más rico de la tradición cultural del antiguo México.

En octubre son las fiestas patronales del pueblo. Durante una semana, los primeros siete días, se festeja a San Francisco con eventos de gran colorido.

A Cuetzalan se llega por la carretera federal núm. 129, saliendo de la ciudad de Puebla, a 182 km. de ésta.

Chignahuapan

Esta bella población serrana tiene una iglesita pintada de vivos colores y está adornada con simpáticos ángeles morenos y bizcos. En la Plaza de la Constitución puede admirarse un quiosco de estilo mudéjar, único en el país, que sirve para dar cobijo a una fuente colonial. Su templo luce hermosos vitrales alusivos a la Virgen María, a quien está dedicado. Es impresionante la escultura en madera de la Virgen de doce metros de altura, rodeada de ángeles y demonios.

Chignahuapan se encuentra a 110 km de la ciudad de Puebla, siguiendo la carretera núm. 119.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 13 Puebla / otoño 1999

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