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La vision maya de los origenes

Sentado en un adoratorio en medio de la plaza, el sacerdote dijo:

Por: Mercedes de la Garza Camino


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"Este es el principio de las antiguas historias de la nación quiché, la narración de lo que estaba oculto, el relato de la Abuela y el Abuelo, lo que contaban en el principio de la vida. Este es el sagrado Popol Vuh, "Libro de la comunidad", que narra cómo se formaron el cielo y la tierra por obra del Creador y el Formador, la Madre y el Padre de Ia vida, el que da Ia respiración y el pensamiento, el que da a luz a los hijos, el que vela por la felicidad del linaje humano, el sabio, el que medita en la bondad de todo lo que existe en el cielo, en Ia tierra, en los lagos y en el mar".

Luego desplegó el libro, doblado en forma de biombo, y empezó a Ieer: "Todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo... No había todavía un hombre ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía. No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión... Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz (Serpiente-Quetzal). De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios".

Otros sacerdotes encendieron el copal en los incensarios, colocaron flores y hierbas aromáticas, y prepararon Ios objetos rituales para el sacrificio, pues la narración de Ios orígenes ahí, en ese sitio sagrado, que representaba el centro del mundo, propiciaría la renovación de la vida; el acto sagrado de la creación se repetiría y todos Ios participantes se ubicarían en el mundo como si acabaran de nacer, purificados y bendecidos por los dioses. Los sacerdotes y Ias ancianas se sentaron a orar en silencio alrededor deI Ah-Gucumatz, mientras éste continuaba con la Iectura del libro.

Las palabras del sumo sacerdote explicaron cómo el consejo de dioses decidió que cuando el mundo estuviera formado y saliera el Sol, debía aparecer el hombre, y relataron cómo al elevarse Ia palabra de Ios dioses, por prodigio, por arte mágica, la tierra emergió deI agua: "Tierra, dijeron, y al instante fue hecha ". Enseguida se Ievantaron Ias montañas y los árboles, se formaron los lagos y los ríos. y el mundo se pobló de animales, entre los que estaban los guardianes de Ias montañas. Aparecieron los pájaros, los venados, los jaguares, los pumas, las serpientes, y se les repartieron sus moradas. Se alegraron el Corazón del Cielo y el Corazón de la Tierra, los dioses que fecundaron el mundo cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra sumergida en el agua.

Los dioses dieron voz a los animales y les preguntaron qué sabían acerca de los Creadores y acerca de sí mismos; les pidieron reconocimiento y veneración. Pero los animales sólo cacareaban, rugían y graznaban; no pudieron hablar y por ello fueron condenados a ser matados y comidos. Entonces los Creadores dijeron: "Probemos a hora hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten, que nos veneren ": y formaron un hombre de lodo. El Ah-Gucumatz explicó: "Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía Ia cabeza, Ia cara se le iba para un lado, tenía velada la vista. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener”.

La gente de Gumarcaah, respetuosamente sentada alrededor del grupo de sacerdotes, escuchaba con fascinación el relato del Ah-Gucumatz, cuya portentosa voz resonaba en la plaza, como si fuera Ia voz lejana de los dioses creadores cuando formaron el universo. Revivía, emocionada, los momentos vibrantes de los orígenes, asumiéndose como los hijos verdaderos del Creador y el Formador, la Madre y el Padre de todo cuanto existe.

Unos jóvenes, residentes de la casa donde los muchachos, a partir de su rito de pubertad celebrado a los trece años, aprendían el oficio sacerdotal, acercaron unos cuencos de agua pura de la fuente para aclarar la garganta deI sagrado narrador. Éste continuó:

"Entonces los dioses consultaron a los adivinos Ixpiyacoc e Ixmucané, la Abuela del Día, Ia Abuela deI Alba: -Hay que encontrar los medios para que el hombre que formemos , nos sostenga y alimente, nos invoque y se acuerde de nosotros-. y los adivinos echaron suertes con granos de maíz y de colorín, y dijeron a los dioses que hicieran hombres de madera. Al instante aparecieron los hombres de madera, que se parecían al hombre, hablaban como el hombre y se reprodujeron, poblando la superficie de la tierra; pero no tenían espíritu, ni entendimiento, no se acordaban de sus creadores, caminaban sin rombo y andaban a gatas. No tenían sangre ni humedad ni gordura; estaban secos. No se acordaban del Corazón del Ciclo y por eso cayeron en desgracia. Fue sólo un intento de hacer hombres, dijo el sacerdote.

Entonces el Corazón del Cielo produjo una gran inundación que destruyó a los muñecos de palo. Una resina abundante cayó del cielo y los hombres fueron atacados por extraños animales, y se voltearon contra ellos sus perros, las piedras, los paIos, sus tinajas, sus comales, por el uso que les habían dado, como castigo por no reconocer a los creadores. Los perros les dijeron:" "¿Por qué no nos daban de comer? Apenas estábamos mirando y ya nos arrojaban de su lado y nos echaban fuera. Siempre tenían un palo listo para pegamos mientras comían... nosotros no podíamos hablar... Ahora nosotros los destruiremos a ustedes". Y dicen, concluyó el sacerdote, que la descendencia de aquellos hombres son los monos que existen a hora en los bosques; éstos son la muestra de aquéllos, porque sólo de paIo fue hecha su carne por el Creador y el Formador.

Narrando la historia deI fin del segundo mundo, el de los hombres de madera deI Popol Vuh, otro maya de regiones muy lejanas a Ia antigua Gumarcaah, un sacerdote de Chumayel, en la península de Yucatán, asentó por escrito cómo acabó Ia segunda época y cómo se estructuró el siguiente universo, el que albergaría a los hombres verdaderos:

"Y entonces, en un solo golpe de agua, llegaron las aguas. Y cuando fue robada la Gran Serpiente [principio vital sagrado deI cielo ], se desplomó el firmamento y hundió la tierra. Entonces... los Cuatro Bacab [dioses sostenedores deI cielo] lo nivelaron todo. En el momento en que acabó la nivelación, se afirmaron en sus lugares para ordenar a los hombres amarillos... Y se levantó la Gran Madre Ceiba, en medio del recuerdo de la destrucción de la tierra. Se asentó derecha y alzó su copa, pidiendo hojas eternas. y con sus ramas y sus raíces llamaba a su Señor". Luego se irguieron las cuatro ceibas que sostendrían el cielo en los cuatro rumbos del universo: la negra, al occidente; la blanca aI norte; la roja al oriente y la amarilla al sur. El mundo, así, es un calidoscopio colorido en eterno movimiento.

Los cuatro rumbos del universo son determinados por el movimiento diario y anual del Sol ( equinoccios y solsticios ); es- tos cuatro sectores abarcan los tres planos verticales del cosmos: cielo, tierra e inframundo. El cielo fue pensado como una gran pirámide de trece estratos, en cuya cima habita el dios supremo, Itzamná Kinich Ahau, "Señor dragón del ojo solar",identificado con el Sol en el cenit. El inframundo se imaginó como una pirámide invertida de nueve estratos; en el más bajo, llamado Xibalbá, reside el dios de la muerte, Ah Puch, "El Descamado", o Kisín, "El Flatulento", identificado con el Sol en el nadir o el Sol muerto, Entre las dos pirámides está Ia tierra, concebida como una plancha cuadrangular, residencia deI hombre, donde se resuelve en armonía la oposición de los dos grandes contrarios divinos. El centro del universo es, por tanto, el centro de la tierra, donde habita el hombre. Pero ¿cuál es el hombre verdadero, aquel que reconocerá, venerará y alimentará a los dioses; aquel que será, por ello, el motor del universo?

Volvamos a Gumarcaah y escuchemos la continuación deI relato sagrado del Ah-Gucumatz:

Después de la destrucción del mundo de los hombres de madera, dijeron los Creadores: "Ha llegado el tiempo deI amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir, los hijos esclarecidos, Ios vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superficie de Ia tierra ". Y después de reflexionar y discutir, descubrieron la materia de la que se debía hacer al hombre: el maíz. Varios animales ayudaron a Ios dioses trayendo las mazorcas de la tierra de la abundancia, Paxil y Cayalá; estos animales fueron Yac, el gato montés; Utiú, el coyote; Quel, la cotorra, y Hoh, el cuervo.

La Abuela Ixmucané preparó nueve bebidas con el maíz molido, para ayudar a los dioses a formar al hombre: "De maíz amarillo, de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y Ias piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en Ia carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron formados".

Esos hombres, dijo el Ah-Gucumatz, fueron nombrados Balam-Quitzé (Jaguar-Quiché), Balam-Acab (jaguar-Noche), Mahucutah (Nada) e Iqui Balam (Viento-jaguar). "y como tenían apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron, conversaron, vieron, oyeron, anduvieron, agarraban las cosas; eran hombres buenos y hermosos y su figura era figura de varón ".

Además fueron dotados de inteligencia y de una vista perfecta, lo que revela una sabiduría infinita. Por ello, al instante reconocieron y veneraron a los Creadores. Pero éstos se dieron cuenta de que si los hombres eran perfectos no reconocerían ni adorarían a los dioses, se igualarían a ellos y ya no se propagarían. Y entonces, dijo el sacerdote, "El Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron como cuando se sopla sobre la luna de unespejo. Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver lo que está cerca, sólo esto era claro para ellos".

Reducidos así los varones a su verdadera dimensión, la dimensión humana, fueron creadas sus esposas. "Ellos engendraron a los hombres, a Ias tribus pequeñas y a las tribus grandes, y fueron el origen de nosotros, la: gente del Quiché".

Las tribus se multiplicaron y en Ia oscuridad se dirigieron hacia Tulán, donde recibieron Ias imágenes de sus dioses. Uno de ellos, Tohil, les dio el fuego y les enseñó a realizar sacrificios para sustentar a los dioses. Luego, vestidos con pieles de animales y llevando a cuestas a sus dioses, fueron a esperar la salida deI nuevo Sol, el amanecer del mundo actual, en lo alto de una montaña. Primero apareció Nobok Ek, la gran estrella de Ia mañana, anunciando la llegada deI Sol. Los hombres prendieron incienso y presentaron Ias ofrendas. Yen seguida salió el Sol, seguido por la Luna y Ias estrellas. "Alegráronse los animales chicos y grandes -dijo el Ah-Gucumatz- y se levantaron en Ias vegas de los ríos, en Ias barrancas y en la cima de Ias montañas; todos dirigieron la vista allá donde sale el Sol. Luego rugieron el león y el tigre... y extendieron sus alas el . águila, el zopilote rey, Ias aves pequeñas y Ias aves grandes. En seguida se secó Ia superficie de Ia tierra a causa deI Sol". Así terminó el relato deI sumo sacerdote.

E imitando a aquellas tribus primigenias, todos los pobladores de Guníarcaah elevaron un canto de alabanza al Sol y a los dioses Creadores, y también a aquellos primeros ancestros que trasmutados en seres divinos los protegían desde la región celeste. Se ofrendaron flores, frutos y animales, y el sacerdote sacrificador, el Ah Nacom, inmoló a una víctima humana en lo alto de Ia pirámide para cumplir con el antiguo pacto: alimentar a los dioses con Ia propia sangre para que continuaran dando vida al universo.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 2 Los misterios de Palenque / septiembre 2000

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