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Las Estacas. El verde corazón de Morelos

Por: Milagros Reinaldo

Las Estacas se constituye por un exuberante ambiente rodeado de vegetación y aguas cristalinas donde es posible nadar y practicar otras actividades acuáticas. Un paraíso en el corazón de Morelos.

Escoltados durante nuestro recorrido por un paisaje semiárido de selva baja, nos sorprendió encontrarnos de pronto frente a un paraíso tropical: una especie de isla de exuberante vegetación en la que resaltaban los altos penachos de las palmas reales. Era el Parque Natural Acuático Las Estacas, el verde corazón de Morelos.

Luego de cruzar una enorme explanada ingresamos al parque, y lo primero que vimos a nuestra izquierda, a modo de bienvenida, fue una zona de pequeños lagos cubiertos en gran parte por flores de loto y, hacia el fondo, una palapa con el frente tapizado por una hermosa enredadera de campanas amarillas que, en la alta mañana, se abrían generosas al sol. Más adelante, doblando a la derecha, encontramos un puente colgante y ahí nos recibió el alma del parque: el río Las Estacas, que lo recorre durante más de un sinuoso kilómetro. El afluente se nos presentó como una cinta, a través de cuya transparencia de reflejos plateados asomaba el verde esmeralda de la vegetación acuática, la cual, en ese punto, parecía la cabellera de una sirena recorriendo Las Estacas a contracorriente. Era tan hermoso el paisaje que lo caminamos despacio.

“Ubicado en el municipio de Tlaltizapán, Las Estacas pertenecía a la antigua hacienda de Temilpa, y fue abierta al turismo en 1941 por el señor Julio Calderón Fuentes como balneario y rancho campestre”, nos dice Margarita González Saravia, gerente de relaciones públicas de Las Estacas.

Acompañados por la bióloga Hortensia Colín, responsable del proyecto de conservación de la flora y fauna del parque, nos dirigimos a donde comienza el río su constante fluir de 7 mil litros de agua por segundo: un gran manantial cuya luminosidad esférica, en el lecho mismo, semeja un espejo ondulado. Ahí abordamos una balsa que nos llevó corriente abajo. Atravesamos un alto túnel de ramas entretejidas del que salieron como asustados, no menos que nosotros, y desafiando la claridad del día, algunos murciélagos. Después la corriente nos condujo a un remanso arbolado donde el río da la impresión de detenerse para disfrutar, él también, de la belleza del entorno, que raya en lo cinematográfico. La tupida vegetación matiza los rayos solares y provoca una gran riqueza de claroscuros; la magia del lugar nos detiene. “Este sitio –nos dice Hortensia– se conoce con el nombre de Rincón Brujo, y ha servido de escenario a películas mexicanas como El rincón de las vírgenes, con Alfonso Arau, y norteamericanas como Viento salvaje, con Anthony Queen y Gregory Peck. Mucho antes este paraje fue utilizado por Emiliano Zapata para descansar y dar de beber a su sediento caballo”.

Nos llama la atención un frondoso y antiguo amate que crece en la orilla interior del Rincón Brujo; sus poderosas y emergentes raíces han formado una especie de puente entre las dos orillas del río que, en este punto, se estrecha hasta convertirse en un riachuelo. Ante nuestra observación, la bióloga Colín agrega que las raíces han cavado numerosas cavernas, permitiendo al río deslizarse para llegar al dilatado espacio de los tramos llamados Poza Chica y La Isla. A partir de aquí el río continúa su curso zigzagueante, en el que es posible observar tortugas y peces de distintos tamaños. El espectáculo de las aguas cristalinas se puede disfrutar dejándose llevar por la corriente, o recorriendo sus orillas escoltadas por las numerosas palmas reales que, a pesar de su origen caribeño, conviven en perfecta armonía con los milenarios amates y otros árboles nativos de la región. Más adelante, luego de pasar La Isla y Poza Chica, decidimos seguir nuestro recorrido a pie y saborear, en un rústico pero confortable restaurante-bar, una excelente piña colada acompañada con una muy bien servida hamburguesa a las brasas.

De camino hacia el área de los búngalos, Hortensia nos muestra un viejo amate y nos comenta que éste fue pintado por Diego Rivera para el mural que se encuentra en el Palacio Nacional de la ciudad de México. Admiramos su majestuosidad, pero advertimos que hay partes del árbol que están resanadas con un material del color del cemento, y nuestra entendida guía, la maestra Colín, nos explica que este amate, como muchos otros, había sido atacado por una plaga que ponía en peligro su existencia. Lo que estábamos viendo era el tratamiento con que habían logrado salvar a estos árboles, monumentos no sólo de la naturaleza sino también de la cultura de México.

HAY AMORES QUE MATAN...

En la zona de los coquetos y confortables chalecitos, vemos cómo otro amate ha logrado abrazar con su tronco distendido y sus raíces que brotan a la superficie a un endeble zapote que crece cerca de él. Una vez más nuestra guía nos ilustra al respecto. A este tipo de amate se le conoce popularmente como “matapalo”: rodea al árbol más próximo y, lo que al principio parece un abrazo amoroso, o al menos protector, se convierte para el elegido en una muerte segura por asfixia.

En nuestro recorrido pasamos por el área de las albercas, la zona de picnic y el estanque con peces –donde se puede practicar la pesca controlada–, hasta llegar al Fuerte Bambú. Esta es una de las cuatro opciones de alojamiento que ofrece Las Estacas. A nuestro entender, amén de lo económico, este singular albergue ecológico brinda a sus huéspedes un ambiente muy tranquilo por encontrarse al final del parque.

Ya de regreso cruzamos el puentecito que pasa por encima del estanque y que une al Fuerte Bambú con el resto de Las Estacas. Luego damos un rodeo hacia el extremo derecho del parque para visitar el área de las chozas de palma y adobe, el alojamiento más ecológico de Las Estacas: su rusticidad provoca un distanciamiento aún mayor del mundo “civilizado” del que provenimos.

En Las Estacas, reserva natural del estado de Morelos desde 1998, con una superficie de 24 hectáreas, se está llevando a cabo un proyecto de restauración ecológica por parte de sus propietarios, la familia Saravia, y del Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad del Estado de Morelos, que ha involucrado a las comunidades aledañas. Tal interacción ha hecho posible reforestar el cercano cerro de Los Manantiales con unas ocho mil plantas de diez especies, que ha salvado de la extinción a varias de ellas, algunas sobresalientes por sus propiedades curativas. Ejemplo de éstas es el pegahueso (Euphorbia fulva), cuya presencia en Morelos se reduce a veinte árboles que son explotados sólo como proveedores de semillas una vez al año. Aunque el nombre de “pegahueso” pregona su propiedad principal, queremos saber más de él, por lo que la bióloga Colín comenta que el pegahueso produce un látex que se utiliza para inmovilizar el hueso quebrado y para aliviar dolores reumáticos y torceduras. Sin embargo, la falta de información y la inconsciencia de muchos casi logran extinguirlo, al menos en el estado de Morelos. Pero como nuestra curiosidad acerca del pegahueso no disminuyó, decidimos ir con la maestra Colín al vivero de Las Estacas, donde pudimos admirar, entre otros, las plántulas de amates, y conocer al famoso pegahueso, una de las maravillas de la naturaleza mexicana.

Todo esto demuestra que Las Estacas es, sin duda, algo más que un lugar de descanso y recreación; simboliza también el producto de un trabajo a favor del medio ambiente y del hombre.

CÓMO LLEGAR

Saliendo por la carretera a Cuernavaca seguimos la autopista México-Acapulco. Debemos ir por el carril derecho para tomar más adelante la desviación rumbo al Paseo Cuauhnáhuac-Civac-Cuautla. Continuamos por esta vía, que posteriormente se convierte en carretera. Casi de inmediato aparece un cartel anunciando el lugar llamado Cañón del Lobo que pasa entre dos cerros; lo cruzamos y 5 minutos después viramos a la derecha en la desviación que dice Tlaltizapán-Jojutla, y pasados unos 10 minutos, a la izquierda, nos encontraremos con el Parque Natural Acuático Las Estacas.

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