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Las mantarrayas, gigantes de alas negras

Por: Terry Maas

Espectaculares habitantes de las profundidades, las mantarrayas pueden llegar a medir hasta dos veces la masa de un caballo. Admira sus increíbles dimensiones bajo las aguas del océano Pacífico en Revillagigedo, Colima.

“¡Ahí viene!”, grita Sherry Shaffer mientras la enorme manta se desliza hacia arriba desde 18 m bajo el nivel del mar. El grácil gigante de alas negras aparece aún más grande cuando se encuentra a 30 cm de los brazos extendidos de Sherry. Al igual que Ariel y Pegaso, ambos reanudan su ballet acuático –una danza que han ensayado durante horas.

Esta vez, como un avión de caza en ángulo inclinado, la mantarraya del Pacífico desciende con Sherry en tanto que ella guarda la respiración. Las manos de Sherry se aferran a las aletas (como riendas) del pez rémora –la rémora viaja adherido con su ventosa como cola de contacto en el dorso de su anfitrión.

Repentinamente, el ángulo de descenso se incrementa y la raya negro azabache se transforma en una almenara de blanco resplandor al dar una vuelta completa sobre sí misma a 12 m de profundidad. Sherry desaparece atrás de la masa invertida para reaparecer en el ascenso a los pies de su “gentil gigante”, quien la deposita sana y salva en la superficie.

Durante años Sherry ha nadado con las mantarrayas de San Benedicto, isla perteneciente al conjunto de las Islas Revillagigedo. Reconoce a individuos diferentes a través de las inigualables marcas en sus vientres. Ella y otros les han puesto nombres –“Ladyface”, “Stringfellow”, “Loopy” y “Wizard”. Hay evidencia anecdótica de que estas mantas reconocen a la gente. “En más de una ocasión, ‘Ladyface’ me eligió entre muchos buzos y nadó directamente hacia mi mano mientras la saludaba”, nos cuenta Sherry. “Sé que son inteligentes, lo veo en sus ojos grandes e inquisitivos mientras me siguen la pista cuando nado a su lado.”

No todos los encuentros entre mantarrayas y humanos son igual de alegres. Recientemente, un amigo cercano filmó un barco de pesca comercial cerca del lugar donde Sherry tuvo sus encuentros. El video, interrumpido por los exorbitantes llantos de su amiga, describe la sanguinaria matanza de una mantarraya; los arroyos de sangre dolorosamente contrastaban con su aleta negra hecha pedazos, mientras que un pescador la subía a bordo.

Los primeros pescadores por superstición las llamaban pez-diablo. Las mantarrayas comen con frecuencia zooplancton y larva en las superficies, encauzándolos a sus bocas con las puntas de sus aletas especiales –aletas cefálicas– desplegándose hacia abajo como palas gemelas. A veces chocan accidentalmente contra las cuerdas que sostienen el ancla o contra las mangueras de aire de los buzos. Las rayas no pueden dar marcha atrás, por lo que nadan hacia adelante a toda velocidad cuando las atrapan. Los pescadores o buzos asustados comparan la huida de las rayas con bestias malignas de alas negras provenientes del infierno. Frecuentemente, cuando las mantas intentan escapar, se lanzan fuera del agua descendiendo con un resonante golpe –esta maniobra complementa la leyenda del pez-diablo, la cual cuenta que una raya era capaz de jalar un esquife mar adentro para después aplastar a la desventurada tripulación saltando sobre ella.

Estudios sobre las mantarrayas

Como con casi cualquier animal marino, si pusiéramos nuestros conocimientos sobre las mantarrayas en un libro, después del prólogo sólo habría páginas en blanco. Casi todo lo que sabemos de las mantarrayas gigantes es una especulativa amalgama de comportamientos anecdóticos y de ciencia física. Por ejemplo, la creencia de Sherry sobre la inteligencia de estos animales se basa en la evidencia de que tienen un cerebro más grande que el de los peces.

Sin embargo, la observación minuciosa del cerebro de las rayas revela que las áreas más amplias representan las sensaciones, el oído y la coordinación. Una explicación más racional de sus capacidades es que estas áreas ayudan al anfitrión a encontrar e ingerir alimentos.

Por lo general las mantas son solitarias o forman conjuntos de tres a seis animales. A veces se reúnen en grupos hasta de 30 para comer concentraciones de larva. Una y otra vez dan saltos en círculos cerrados mostrando sus vientres blancos. Algunos creen que con este movimiento generan un torbellino para reunir millones de larvas, concentradas en un círculo, para ser ingeridas por las boquiabiertas mantas en su siguiente pase.

Sabemos que la larva reacciona al ser asustada por un sonido fuerte, reuniéndose en una masa inmóvil y compacta. ¿Puede ser esta la razón por la que las mantas saltan y salpican para inmovilizar la larva? Los científicos del comportamiento investigan pistas que les brinda la naturaleza. Después de una comida de larva, las mantas defecan dejando atrás enormes nubes biliosas como huellas, cuyo color varía según la fuente alimenticia. El capitán Scott Sundby es un dedicado observador de mantarrayas, a tal grado que nada entre las nubes fecales buscando pistas sobre los hábitos alimenticios de las rayas. “Primero tomo nota del color; luego busco esqueletos no digeridos de la última comida de la manta.”

Desde 1994 y durante cinco años, Scott realizó 130 zambullidas al año con las mantas de San Benedicto. Además de estudiar su comportamiento, registra los patrones del vientre y las marcas de cada raya para identificar a cada individuo. Scott identificó a un animal llamado “Stumpy” debido a la ausencia de su aleta cefálica. En 30 días, “Stumpy” fue visto en cada una de las tres islas del archipiélago separado por una distancia de 48-97 kilómetros.

Scott ha llegado a observar mantas a 60 m bajo la superficie. ¿Acaso van más abajo? Su anatomía sugiere que sí es posible. Su gran cerebro contiene patrones reticulares –una serie de arterias paralelas y venas capaces de imitar un calentador que alterna la temperatura–, el mismo sistema encontrado en otros animales marinos de grandes profundidades que conservan el calor. Sin embargo, este sistema quizá sólo ayude a mantener el cerebro del animal a una temperatura constante transfiriendo el calor interno del cuerpo cuando se sumerge, y el calor que las aletas han absorbido mientras está en la superficie. Recientemente, investigadores japoneses lograron poner con éxito válvulas de presión en las mantas para determinar la profundidad de sus excursiones. Descubrieron que durante el día nadaban en las superficies y bajaban hasta 46 m de profundidad. Por la noche pasan la mayor parte del tiempo rozando el fondo del océano a 183 m de profundidad, realizando viajes ocasionales a la superficie.

Con más de 100 animales catalogados, la población alrededor de San Benedicto es similar en número a las otras dos poblaciones de mantarrayas conocidas en el Pacífico: Hawai y Yap. Ciertamente, con una capacidad máxima de 400 animales en cada subgrupo, la pesca y la caza comerciales de las mantarrayas no va a solucionar el gran problema mundial del hambre. De manera semejante a los tiburones, las mantarrayas tienen un reloj molecular lento, sus índices de mutación son bajos. Cuando el Golfo de Panamá se cerró hace 3.5 millones de años, las mantas del Golfo de México quedaron separadas de sus parientes del Pacífico del este. Estudios recientes de ADN realizados por Tim Clark, graduado de Texas A & M, revelaron pequeñas variaciones genéticas entre estos subgrupos. Sus estudios sugieren que todas las mantas del mundo pertenecen a la misma especie.

Las mantarrayas (Manta birostris) son los gentiles gigantes de la familia raya Mobulidae. Según nuestras observaciones, estos animales viven poco más de 30 años. Una mantarraya bebé de Hawai, que ha sido observada en los últimos 10 años durante su crecimiento, no ha alcanzado su madurez sexual. Empíricamente sabemos que la familia de la manta llega a vivir hasta tres veces la edad de su madurez sexual. Como apoyo de estas pruebas, tenemos el testimonio de las observaciones realizadas en las mismas mantas adultas de San Benedicto en los últimos 10 años. Debido a que las mantas sólo dan a luz una sola cría se les coloca dentro del patrón de animales longevos.

Las aletas cefálicas dobles, que se encuentran al lado de sus ojos independientes, las proveen de un magnífico instrumento sensorial para localizar alimento. Para alcanzar una velocidad aerodinámica, estas aletas giran en espiral proyectándose hacia adelante con gran impulso. Una vez desplegadas, se arquean por debajo de la boca formando una cuchara que les permite alimentarse y maniobrar. Así encauzan pequeños crustáceos y larva hacia su boca, en donde 120 o 130 dientes con forma de peine filtran el alimento. A diferencia de otras rayas, sus colas largas no tienen aguijones en el rabo. A los clariones, peces ociosos, les encanta mordisquearles el rabo. Sus colas les ayudan a mantener el equilibrio al nadar, pero hemos observado a varias mantas que perdieron sus colas o las tienen más pequeñas y al parecer funcionan de manera habitual.

La textura de papel de lija que tiene la piel de la manta ofrece oportunidades para otras especies. El capitán Sundby vio cómo un tiburón se dirigió en picada contra una manta. En el último momento, el tiburón se volteó y rozó su piel contra la de la manta, quizá para quitarse parásitos. Las rémoras, también conocidos como peces disco, son viajeras que acompañan a las rayas. Se les encuentra por lo general en parejas y se sujetan como velcro al cuerpo que les sirve de hospedador por medio del disco –ventosa que poseen sobre la cabeza. La forma hidrodinámica de su cabeza crea una fuerza que le ayuda a sostenerse de su hospedador. Aunque no se vayan lejos, las rémoras dejan a las mantas lo suficiente como para ir a comer pequeños cangrejos pelágicos.

Las mantas se reúnen en estaciones de limpieza –protuberancias poco profundas de los arrecifes que albergan peces limpiadores. Al acercarse las mantas, los peces actúan como limpiadores, comiéndose los parásitos que la raya tiene en el cuerpo y los restos de las heridas superficiales. En San Benedicto, peces ángel, rojos y brillantes, arriesgan sus refugios en los arrecifes y cruzan hacia las aguas abiertas en espera de las mantas. Como los peces rémoras tienden a concentrar los parásitos de las mantas en sus cuerpos, frecuentemente vemos a los ángeles clarión mordisqueando los cuerpos y las colas de las rémoras.

Las mantas se mueven en fila india por encima de los arrecifes durante la época de apareamiento. Más de 20 machos persiguen a una sola hembra. Cuando ésta hace su elección permite que él o los machos la muerdan en la punta de su larga aleta para que después se deslicen por abajo, abdomen contra abdomen, para así aparearse.

Debido al enorme aumento e interés, numerosos grupos de buzos se han congregado para ver a las mantas. Un barco turístico con 25 pasajeros hambrientos de ver mantas es demasiada presión para estas amorosas y tentadoras criaturas. No obstante, a las mantas de San Benedicto les encanta la interacción humana. Las hemos visto, día a día, buscándonos para interactuar y dar un paseo. El vientre de la manta es especialmente sensible. Antes nadábamos por debajo de las mantas y gentilmente colocábamos la palma de la mano adelante de la abertura y la frotábamos. Extasiadas, las mantas simplemente dejan de nadar y se hunden empujándonos lentamente hacia abajo con la masa de su cuerpo.

A algunas mantas las cazan en el acto, mientras que otras terminan enredadas en las mallas de los pescadores. En México, una vez muertas, alcanzan un valor de 40 centavos de dólar por 450 g, comparado con los 10 o hasta 20 dólares que llegan a pedir por aletas de tiburón (otra triste historia). La matanza de las mantarrayas no tiene sentido, sobre todo si sabemos que su valor económico es casi nulo. Andrea Tomba, del Club Cortez en La Paz, considera que las mantas son la mayor atracción para que vengan muchos buzos de todas partes del mundo. Estima que las mantas contribuyen con 3 300 dólares por día, a más de 10 operadores turísticos de buceo. Sherry, Scott o cualquier otra persona que haya nadado con estos gentiles gigantes sabe que el valor y la experiencia no se calcula en dólares. Para muchos de nosotros, nadar con mantarrayas justifica la ocasión de tu vida.

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