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Las piedras semipreciosas en manos de orfebres mixtecos

Por: Martha Carmona

En Yucu Añute, “Cerro de arena” –Jaltepec, en náhuatl–, ciudad que pertenece al señorío de la Mixteca Alta, se encuentra el más importante taller de labrado de piedras preciosas.

El día de hoy, el taller está en gran movimiento: el gobernante señor 1 Serpiente ha ordenado que se distribuyan entre los lapidarios los jades, las turquesas, las amatistas y el cristal de roca que, procedentes algunas de ellas –como el jade y la turquesa– de lejanas tierras, acaban de llegar a la ciudad. El jade se consigue en el pueblo de Nejapa, pero como éste no es suficiente, se comercia con los mayas; la turquesa, por su parte, se intercambia con mercaderes de tierras ubicadas muy al norte.

El maestro lapidario (taiyodze yuu yuchi) ha organizado su taller por secciones, según los tipos de piedra. Su hijo 5 Zopilote es el encargado de supervisar el trabajo de los artesanos.

Con cierta frecuencia, el gobernante manda hacer al taller sus joyas emblema: orejeras, collares, pendientes, pulseras y anillos, así como sus insignias: narigueras, botones nasales y bezotes. Cuando se trata de engarzar una piedra bellamente labrada en oro y plata, los lapidarios deben trabajar de común acuerdo con los orfebres. 5 Zopilote recuerda el magnífico bezote de oro y jade realizado por su padre, quien logró una gran perfección al tallar la cabeza de faisán que evoca a Yaa Ndicandi (Yaa Nikandii), el dios solar.

La especialidad de 5 Zopilote es la obsidiana, la ancestral compañera, con la cual lo mismo talla certeras puntas de proyectil que hermosas orejeras, bezotes y placas. Se requiere gran destreza para adelgazar esta roca volcánica a un espesor mínimo, sin que la pieza se quiebre. Su padre le enseñó a trabajar las piedras, las características de cada una de ellas y su significado ritual; ahora sabe perfectamente que los tubos de cobre y bronce de diferentes tamaños se utilizan para hacer horadaciones por desgaste; los cinceles de pedernal y bronce, para labrar; los esmeriles, la arena y los paños finos, para pulir, y que en el labrado del cristal de roca es necesario utilizar la punta de zafiro, cristal obsequio del dios de la Lluvia (Dzahui), tan duro que para lograr las orejeras, los bezotes, las cuentas de collar y varios objetos, como la copa de cristal realizada por su abuelo, debe ponerse toda la fuerza y destreza.

La jornada de 5 Zopilote empieza al amanecer; su labor es ardua: además de tallar algunas piezas debe supervisar el trabajo que se realiza en todas las secciones. Una de ellas está dedicada al jade (yuu tatna), piedra muy estimada relacionada con los dioses del agua y de la fertilidad, que sólo los nobles podían lucirla como emblema de su poder político y religioso; aquí, 5 Zopilote revisa las piezas terminadas: orejeras, cuentas de diferentes formas y tamaños –que posteriormente se utilizarán en collares y pulseras–, placas con símbolos y deidades, pendientes y anillos, los cuales el gobernante gusta de lucir en varios de sus dedos. Un grupo de esta sección se encarga del labrado de pequeñas figuras con los brazos cruzados al frente, en las que se representa con mucha solemnidad a Dzahui, protector de nuestra tierra: Ñu Dzavi Ñuhu (Ñuhu Savi), “lugar del dios de la Lluvia”. También se labran aquí personajes de rasgos un tanto esquematizados, vinculados con el culto a los ancestros, al igual que figurillas de guerreros y de nobles.

En otra sección del taller se encuentran los maestros lapidarios de la turquesa (yussi daa), piedra que evoca a Yaa Nikandii, el dios solar; esta divinidad es venerada en particular por los nobles, sobre cuyo rostro, en el ritual funerario, se colocará una máscara de madera con incrustaciones de esta piedra. Recortada irregularmente –mosaicos– o trabajada en pequeñas plaquitas con forma de rostros humanos, animales sagrados o templos, la turquesa se incrusta también en huesos y discos de oro. Con ella se hacen igualmente discos de diversos diámetros, que se utilizan tanto en collares y pulseras como para embellecer los penachos que confeccionan los maestros de la pluma; pegados con resina sobre las aletas de la nariz, los discos de menores dimensiones son usados por los guerreros de muy alto rango militar y por la nobleza.

Por el momento no se está trabajando el azabache (yuu ñama) ni el ámbar (yuu nduta nuhu); estos materiales no son piedras, pero los lapidarios los trabajan como tales a fin de lograr preciados objetos. En el taller se han hecho antes cuentas y plaquitas de azabache para collares; este carbón mineral, por su color, al igual que la obsidiana, se relaciona con el señor negro brillante del Espejo Humeante, Ñuma Tnoo, llamado también Yaa Inu Chu´ma. A su vez el ámbar está íntimamente ligado con el fuego y, por lo tanto, también con el Sol; con esta resina fósil se hicieron, no hace mucho tiempo, unas orejeras y un collar que el gobernante luce con frecuencia en las ceremonias oficiales. Otro material que los lapidarios manejan con habilidad es el coral; con él se labran cuentas discoidales y tubulares que los orfebres, según el diseño del collar o del peto, intercalan y combinan con cuentas de jade, amatista, turquesa, oro y plata.

Los sacerdotes y guerreros deben contar con un buen número de joyas para lucirlas en ocasiones especiales, al igual que los gobernantes, salvo que éstos las portan diariamente como emblemas de su jerarquía.

Algunos de estos ajuares pertenecían a los cacicazgos y se heredaban, pero otros, los que eran de propiedad privada, pasaban a formar parte de la ofrenda fúnebre de su dueño, quien en la otra vida seguiría ostentando su jerarquía.

Cinco Zopilote ha cumplido ya la orden del gobernante: supervisar la distribución, entre los lapidarios, de las piedras que llegaron hoy al taller; ahora los maestros orfebres, según su especialidad, han comenzado el tallado de nuevas piezas.

Su jornada, particularmente ardua en este día, ha terminado. Antes de dejar el taller, 5 Zopilote revisa un collar de amatista en el que los lapidarios pusieron mucho esmero al tallar con esmeril de pedernal cada fragmento, redondearlo y alisarlo, pulirlo con madera y, una vez en forma de cuenta, perforarlo con un tubillo de cobre. Los maestros orfebres han confeccionado una bella joya; seguramente el gobernante quedará muy complacido.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 7 Ocho Venado, el conquistador de la Mixteca / diciembre 2002

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