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Los flamencos rosados de Ría Celestún, Yucatán

Por: Jaime Rojo / Sierra Madre

La Reserva de la Biósfera Ría Celestún tiene como “especie bandera” al flamenco, hermosa ave que, volando en grupos de cientos, pinta de rosa los cielos yucatecos. ¡Ayúdanos a protegerla!

La mañana nos sorprende con un calor húmedo. Nos estamos acercando a una de las lagunas salinas de Ría Celestún. De pronto, un ruido, como un murmullo entrecortado, rompe la tranquilidad del alba. Poco a poco, ese murmullo se desvanece y nos permite descubrir uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza: una bandada de flamencos rosados que inician un nuevo día.

Ubicada al noroeste de la Península de Yucatán, la Reserva de la Biosfera Ría Celestún fue decretada como tal en el año 2000 para proteger el frágil ecosistema formado por los esteros hipersalinos, unas lagunas de baja profundidad y alta concentración en sales que son, junto a otras lagunas de la Península, el hogar de la única colonia de flamenco rosado (Phoenicopterus ruber) en el hemisferio norte. Además su importancia se ve reforzada por ser un espacio de alimentación y descanso de un elevado número de aves migratorias.

La posición geográfica de esta reserva –en la franja costera del Golfo de México, donde colindan los estados de Campeche y Yucatán– y su extensión de casi 81,500 hectáreas, le confieren una gran diversidad de ecosistemas tropicales costeros que van desde manglares hasta dunas, pasando por varios tipos de selva baja. Como consecuencia, Ría Celestún alberga una importante variedad de especies de fauna, cerca de 600, de las cuales destacan el elevado número de peces y de aves, además de ser notable la presencia de numerosos endemismos o especies que sólo habitan en una determinada región. Para que nos hagamos una idea de esta abundancia, el total de aves registradas en la reserva –aproximadamente 300 especies– es equivalente a casi un tercio de todas las aves de México.

El emblema rosado por excelencia

Su llamativa coloración, unida a su extravagante forma y elegantes maneras, le convierten en lo que los conservacionistas denominamos como "especie carismática" o más formalmente, "especie bandera", que son sencillamente aquellas que por su innegable atractivo para la sociedad nos permiten utilizarlas como emblema para conservar todo un ecosistema. Ejemplos clásicos de campañas que han utilizado este tipo de especies para sensibilizar a la población mundial son el oso panda, las ballenas o los grandes felinos. Quizá los flamencos no tengan tanto impacto en términos globales, pero definitivamente, su presencia fue definitiva para impulsar el decreto de la Reserva de la Biosfera Ría Celestún y con ello, conseguir la conservación de un ecosistema que alberga cientos de otras valiosas especies.

Extravagancia de la naturaleza

Son varios los elementos que hacen del flamenco una verdadera rareza: su colorido, que oscila de un rosa pálido a un rojo carmesí, es consecuencia de la alimentación a base de pequeños crustáceos; o su estilizada forma, de largo y curvilíneo cuello y esbeltas patas que le confieren uno de los andares más elegantes del reino animal; el flamenco rosado es sin duda alguna un espectáculo que no deja indiferente al observador. Quizá uno de sus elementos más curiosos es el pico, cuya forma y colores tan llamativos a primera vista esconden una verdadera obra de ingeniería diseñada para trabajar boca abajo a modo de filtro, con el cual atrapan las algas, moluscos, crustáceos y otros pequeños microorganismos que habitan en las lagunas hipersalinas.

Otra de sus características más pintorescas es la manera en la que crían a sus pollos. Cada año, la hembra de la pareja de flamencosmonógamos, por cierto– depositará un único huevo en lo alto de una pequeña acumulación de barro. Hasta aquí nada se diferencia mucho de otras especies de aves, sin embargo, lo realmente extraordinario es la manera en la que alimentan al pollo.

En las primeras etapas de su crecimiento, los padres (hembra y macho) segregan en unas glándulas localizadas en el tracto digestivo, una sustancia líquida, una especie de "leche" con alto contenido en grasa y proteínas, con la cual alimentan a su cría cuando el pico de ésta se encuentra todavía en las etapas iniciales del desarrollo. Sólo otras pocas especies de aves –como algunas palomas o pingüinos– comparten esta rareza con el flamenco, sin embargo la "leche" de esta ave tiene una característica particular. Su brillante color rojo parecido a la sangre dio lugar a curiosos mitos populares entre los primeros naturalistas, que pensaban que la madre alimentaba a sus hijos con su propia sangre.


1001 razones por qué cuidarlas

Pero sin duda alguna, si hay algo que convierte al flamenco en una de las especies más atractivas de observar es su carácter gregario. Las enormes concentraciones de flamencos que encontramos en la Reserva de la Biosfera Ría Celestún, que llegan a alcanzar varios miles de individuos, son uno de los espectáculos más sorprendentes de la naturaleza. En la distancia, podrían recordarnos a una enorme masa rosada que se mueve al compás de un ritmo imperceptible. Pero es cuando entran en acción que el panorama se vuelve realmente interesante. En ocasiones, cuando las aves están presionadas por algún factor externo –depredadores o turistas excesivamente confiados– huyen despavoridas en una "estampida" alada que comienza con una apresurada carrera de miles de aves mezcladas en un remolino de piernas, cuellos y alas hasta que despegan alejándose en una majestuosa formación aérea.

Ría Celestún es uno de aquellos lugares donde el ecoturismo puede marcar la diferencia en la conservación del ecosistema, si se realiza en base a unos rigurosos principios éticos. Si se mantiene el número de visitantes limitado a una cuota anual y las embarcaciones respetan una distancia con las aves, la operación permitirá que cada año muchas personas puedan disfrutar del maravilloso espectáculo que es contemplar una bandada de flamencos. Con un poco de esfuerzo y conciencia, podremos conseguir que en el futuro, estas elegantes aves perduren y continúen fundiéndose en el rojo carmesí de los atardeceres yucatecos.

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