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Los médanos de Samalayuca: reino de arena en Chihuahua

Por: Luis Romo Cedano

Las fuerzas de la tierra, el fuego y el agua explican las montañas, los llanos y la aridez, pero no nos decían gran cosa sobre la propia arena. ¿Cómo es que ha llegado hasta Samalayuca tal cantidad de arena?

Las fuerzas de la tierra, el fuego y el agua explican las montañas, los llanos y la aridez, pero no nos decían gran cosa sobre la propia arena. ¿Cómo es que ha llegado hasta Samalayuca tal cantidad de arena?

Apenas a medio centenar de kilómetros al sur de Ciudad Juárez se encuentran un sitio a la vez inhóspito y fascinante. Uno se acerca a él por la Carretera Panamericana a través de la inconmensurable planicie chihuahuense. Sea que el viajero inicie el recorrido desde el norte o desde el sur, la llanura recubierta de arbustos chaparros o pastizales amarillentos moteados de ganadohereford“carablanca” se transforma paulatinamente en colonias de un homogéneo tono beige. Las líneas horizontales del terreno plano dan paso a curvas suaves, al tiempo que la escasa vegetación termina por desaparecer. Los signos habituales de la tierra norteña mexicana, pobre pero viva, se disuelven en una panorámica tan desolada que más bien se antoja marciana. Y entonces surge la imagen clásica del desierto, el espectáculo majestuoso e inmenso como de mar paralizado en olas de arena: los médanos de Samalayuca.

Como las dunas de una playa, estos médanos son colinas arenosas de todos los tamaños, acumuladas por procesos erosivos milenarios. Y si bien la mayor parte del territorio mexicano es desértico, en muy pocos lugares se dan condiciones de aridez tales que permitan la existencia de montes de arena fina como ésos. Acaso sólo son comparables a este paraje el desierto del Altar, en Sonora, y el de Vizcaíno, en Baja California Sur, o el área de Viesca, en Coahuila.

Con toda su rareza, los médanos de Samalayuca no son extraños para el viajero de la ruta que une a Ciudad Juárez con la capital del estado, puesto que la Carretera Panamericana y la vía del Ferrocarril Central atraviesan la zona por su parte más angosta. Sin embargo, como ocurre con otras muchas maravillas naturales, uno no suelo darse la oportunidad de parar e incursionar por ellos, de tal forma que éstos guardan para sí su misterio.

Decididos a dejar atrás esa condición de meros observadores panorámicos, tuvimos un formidable encuentro con las fuerzas más primitivas de la naturaleza.

EL FUEGO

Los médanos nos dieron la bienvenida con una bocanada de luz y calor. Al salir de la tronca a medio día, no sólo perdimos la comodidad del aire acondicionado, sino que entramos en un ámbito cegadoramente luminoso. Caminar entre las ondulaciones de pura arena clara nos obligaba a dirigir la mirada hacia el cielo, porque no había manera de reposarla en un suelo tan deslumbrante. En ese momento descubrimos el primer rasgo de ese reino: la dictadura del fuego solar.

Aquella sorprendente soledad ciertamente comparte las durezas del desierto chihuahuense pero, además las multiplica. Desprovistas de humedad y de una capa vegetal significativa, su calor depende casi enteramente del Sol. Y aunque los libros de geografía señalan un agradable promedio de temperatura anual de unos 15°C, probablemente no hay otro punto del país donde las variaciones térmicas –diarias y anuales- sean tan extremas.

LA TIERRA

Pasada esa primera impresión, hubo que enfrentar el legendario termo del hombre en el desierto: perderse en un laberinto sin paredes. Los médanos de Samalayuca pertenecen, como todo el norte de Chihuahua y Sonora, a una región geográfica que se extiende por varias regiones occidentales de Estados Unidos (principalmente Nevada, Utah, Arizona y Nuevo México) conocida como de “cuenca y sierra” o, en inglés,basin-and-range, formada por docenas de cuencas separadas unas de otras por pequeñas cadenas montañosas, que generalmente siguen una dirección sur-norte. Tal detalle sirve de consuelo al caminante del arenal: por más que se hunda en sus simas, en cualquier momento uno puede orientarse por medio de estas sierritas, relativamente poco largas, pero de medio kilómetro de alto sobre el nivel de la llanura. Hacia el norte se levanta la sierra Samalayuca, tras la cual está el decaído pueblo homónimo. Al noreste se encuentra la sierra El Presidio; y al sur, las sierras La Candelaria y la Ranchería. Así, siempre contamos con la ayuda de esos picos formidables que nos guiaban como faros a los barcos.

EL AGUA

Si las sierras tienen millones de años de edad, los llanos son, en cambio, mucho más recientes. Lo paradójico es que fueron producidos por esa agua que no veíamos en ningún lado. Hace decenas de miles de año, durante las glaciaciones pleistocénicas, los lagos configuraron gran parte de la región de “cuenca y sierva” al depositar sedimentos en los espacios entre las serranías. Cuando los glaciares continentales terminaron de retroceder hace más o menos doce mil años (a fines del Pleistoceno) y el clima se tornó más árido, la mayoría de esos lagos desaparecieron aunque dejaron como herencia un centenar de depresiones o cuencas cerradas en donde la poco agua que se precipita no drena hacia el mar. En Samalayuca los torrentes se pierden en el desierto en vez de derramarse hacia el río Bravo, a escasos 40 kilómetros hacia el este. Lo mismo ocurre con los no muy lejanos ríos Casas Grandes y Carmen, que acaban su recorrido en las lagunas de Guzmán y Patos, respectivamente, también en Chihuahua. Que sobre los médanos descansó alguna vez una gran masa de agua lo demuestran ciertos fósiles marinos hallados bajo la arena.

Un sobrevuelo en la pequeña avioneta Cessna del capitán Matilde Duarte nos mostró la maravilla del El Barreal, un lago quizá tan extenso como el de Cuitzeo, en Michoacán, aunque sólo dejaba ver un horizonte café, plano y seco... Claro, únicamente tiene agua después de los aguaceros.

Se podrían pensar que la poca lluvia que cae sobre los médanos debe correr hacia El Barreal; sin embargo, no es así. Los mapas no marcan ningún torrente que lleve esa dirección, aun cuando el lado “virtual” sea el punto más bajo de la cuenca; no hay señales de torrente alguno en la arena de Samalayuca. Con las lluvias, la arena debe absorber el agua muy rápidamente, aunque sin llevársela demasiado hondo. Algo asombroso fue el espectáculo de un ojo de agua casi en el cruce de la sierra Samalayuca con la carretera, a escasos metros de uno de los puntos más típicamente desérticos de Norteamérica...

EL VIENTO

Las fuerzas de la tierra, el fuego y el agua explican las montañas, los llanos y la aridez, pero no nos decían gran cosa sobre la propia arena. ¿Cómo es que ha llegado hasta Samalayuca tal cantidad de arena?

El hecho de que los médanos estén ahí y no en ninguna otra parte de las tierras altas del norte es significativo, aunque misterioso. Las formas que veníamos desde la avioneta eran caprichosas, pero no casuales. Al poniente de la línea divisoria trazada por la carretera había dos o tres grandes colinas arenosas. Al otro lado, casi en el borde oriental de la zona, se levantaba una larga serie de médanos altísimos (los más visibles desde la carretera) como aquellos que los geógrafos llaman “cadena barjánica”. Era una especie de serranía bastante más elevada que el resto. ¿Qué tanto? El capitán Duarte, sagaz aviadortex-mex, aventuró una respuesta en el sistema inglés: tal vez hasta 50 pies (en cristiano, 15 metros). Aunque nos pareció un cálculo conservador, puede ser suficientemente indicativo: eso equivale,grosso modo, a un edificio de seis pisos. La superficie terrestre bien puede mostrar elevaciones mucho mayores que ésas; lo increíble es que lo consigna con un material tan endeble como granitos de arena de menos de un milímetro de diámetro: tal es la obra del viento, el cual ha acumulado esa cantidad de arena en el norte de Chihuahua. Pero, ¿de dónde la trajo?

El señor Gerardo Gómez, quien alguna vez entrenó caminata en los médanos –un esfuerzo difícil de imaginar--, nos habló sobre las tormentas de arena de febrero. El aire se enturbia a tal grado que es preciso reducir drásticamente la velocidad de los vehículos y poner una atención extraordinaria para no perder la cinta asfáltica de la Carretera Panaméricana.

Probablemente los médanos estaban crecidos hacia el oriente durante nuestras excursiones, pero que era mediados de junio y en la primavera las corrientes dominantes soplan del oeste y suroeste. También es muy posible que tales vientos sólo “acomodaron” en esa peculiar forma los granos de arena. Bien puede ser que la arena haya sido depositada ahí durante milenios por tempestuosos “nortes” que recogen granos en lo que hoy es el territorio estadounidense. Son esos “nortes” los que deben causar las tormentas mencionadas por el señor Gómez. No obstante, sólo son hipótesis: no existen estudios climáticos específicos para la región que den respuesta a la interrogante sobre el origen de esa arena.

Algo que sí es definitivo, y hasta ahora obvio, es que los médanos emigran y lo hacen con celeridad. El Ferrocarril Central, construido en 1882, puede dar testimonio de su movilidad. Para impedir que la arena se “tragara” las vías fue preciso clavar dos líneas protectoras de gruesos troncos que la mantuvieran alejada. Eso nos llevó a una última consideración mientras trepábamos por la sierra Samalayuca para tener una perspectiva desde lo alto: ¿está creciendo la zona de los médanos?

La zona de pura arena debe tener en sus partes más anchas por lo menos 40 km de este a oeste y 25 de latitud, para una superficie total de aproximadamente mil kilómetros cuadrados (cien mil hectáreas).El Diccionario de historia, geografía y biografía chihuahuenses, no obstante, da cifras el doble de grandes. Hay que aclarar que la arena no termina con los médanos: el límite de éstos se ubica donde comienza la vegetación, que fija y aplana el suelo, además de cobijar a infinidad de liebres, reptiles e insectos. Pero el terreno arenoso se extiende hacia el oeste, noroeste y norte hasta El Barreal y la frontera con Nuevo México. Según el citado diccionario, toda la cuenca que enmarca los médanos abarca el territorio de tres municipios (Juárez, Ascención y Ahumada) y supera los 30 mil kilómetros cuadrados, algo así como el 1.5% de la superficie del país y la sexta parte de la del estado.

Desde ahí también descubrimos lo que parecían ser petroglifos en una de las rocas de un anfiteatro natural: puntos, rayas, esquemas de figuras humanas rapados en una pared de dos metros de alto, parecidos a otros restos de arte rupestre en Chihuahua y Nuevo México. ¿Fueron así de extensos los médanos para los autores de esos petroglifos?

Seguramente los pobladores pioneros de América, en su tensa migración hacia el sur, no los conocieron. Todavía había por aquí grandes lagos cuando llegaron los primeros cazadores--recolectores. El clima era mucho más húmedo y no existían los problemas ambientales que hoy padecemos.

Tal vez los médanos de Samalayuca han estado creciendo desde hace diez mil años, lo cual permite pensar que generaciones anteriores disfrutaron de una región más gentil y hospitalaria. Sin embargo, eso también significa que ellos no gozaron de un atardecer como el que vivimos en aquella ocasión: el Sol dorado poniéndose por detrás de un paisaje imponente de médanos, suave danza del desierto acariciado por las manos del viento.

SI USTED VA A LOS MÉDANOS DE SAMALYUCA

La zona está a unos 35 km al sur de Ciudad Juárez sobre la carretera federal 45 (la Panamericana). Viniendo desde el sur, queda a 70 km de Villa Ahumada y a 310 km de Chihuahua. Sobre la autopista se alcanzan a ver los médanos durante unos 8 km a ambos costados.

Desde la misma orilla de la carretera se pueden alcanzar algunas crestas de pura arena con sólo dar unos cuantos pasos. Sin embargo, si usted busca los médanos más altos hoya que hacer algunos rodeos. Varias brechas que salen de la autopista lo pueden acercar. Si lleva automóvil tenga siempre la precaución de verificar la firmeza del camino y no acercarse demasiado porque es muy fácil atascarse en la arena.

Hay dos brechas recomendables. La primera está al norte de la desviación que lo conduce al pueblo de Samalayuca. Se dirige al oriente y bordea la sierra El Presidio hasta alcanzar el vértice noreste de la zona arenosa, desde donde puede internarse en ella caminando. La segunda nace en la ladera sureste de la sierra Samalayuca, justo en el lugar que suele ocupar un retén de la policía judicial. “Esa brecha se dirige al poniente y conduce a algunos ranchos desde los cuales se pueden continuar a pie (hacia el sur). Para una vista panorámica, suba desde el retén a la sierra Samalayuca tan alto como guste; las veredas ahí no son muy largas ni empinadas.

Si busca servicios turísticos (alojamiento, restaurantes, información, etcétera), los más cercanos se encuentran en ciudad Juárez. El pueblo de Samalayuca apenas cuenta con un par de tiendas de abarrotes donde podrá comprar refrescos fríos y algún refrigerio.

Fuente: México desconocido No. 254 / abril 1998

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