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Los primeros pobladores del territorio mexicano

Por: Juan Mart

Hace 30 000 años un grupo humano formado por no más de treinta personas deambulaba por lo que hoy se conoce como El Cedral, en el estado de San Luis Potosí...

Los miembros del grupo buscaban tranquilamente su alimento, sabían que cerca de un manantial se juntaban los animales para abrevar. En ocasiones los cazaban, pero frecuentemente sólo aprovechaban los restos dejados por los carnívoros, o los de animales recién muertos, ya que era mucho más fácil simplemente destazar los cadáveres.

Con sorpresa y regocijo descubren que en esta ocasión un mamut está atrapado en la orilla fangosa. La gran bestia apenas sobrevive, el esfuerzo por salir del fango y los días que lleva sin comer lo han puesto al borde de la muerte. Milagrosamente, los felinos no se han dado cuenta del animal, por lo que este grupo de primeros pobladores del actual México se apresta a aprovechar en un gran festín al moribundo proboscidio.

Después de aguardar algunas horas la muerte del mastodonte, comienzan los preparativos para explotar todos los recursos que ofrece el paquidermo. Utilizan algunos guijarros grandes, ligeramente afilados por el desprendimiento de dos lascas, para producir un borde filoso y agudo con el que realizarán el destazamiento. Esta es una labor que involucra a varios miembros del grupo, puesto que es necesario cortar la gruesa piel en zonas precisas, para poder desprenderla jalando fuertemente de ella: el objetivo es conseguir una pieza grande de piel para confeccionar ropa.

La piel se trabaja cerca del lugar del descuartizamiento, en una zona plana; primero se raspa la zona interna con una herramienta de piedra de forma circular, similar al caparazón de una tortuga, para retirar la cubierta de grasa de la piel; posteriormente se agregará sal y se pondrá a secar al Sol. Mientras tanto, otros miembros del grupo preparan tiras de carne y les añaden sal; ciertas partes son ahumadas, para ser transportadas envueltas en hojas frescas.

Algunos hombres recuperan fragmentos del animal que les son necesarios para fabricar herramientas: los huesos largos, los colmillos y los tendones. Las mujeres acarrean los huesos del tarso, cuya forma cúbica permite emplearlos para formar una fogata en la que se asará la carne y algunas vísceras.

La noticia del hallazgo del mamut cruza rápidamente el valle, gracias al oportuno aviso de uno de los jóvenes del grupo, quien informa a los parientes de otra banda cuyo territorio se encuentra contiguo al suyo. Llega así otro contingente de aproximadamente medio centenar de individuos: hombres, mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos, todos dispuestos a compartir e intercambiar objetos durante la comida comunitaria. Alrededor del fuego se reúnen a escuchar relatos míticos, mientras comen. Luego bailan alegremente y ríen, es una ocasión que no se da con frecuencia. Futuras generaciones regresarán al manantial, por los años 21 000, 15 000, 8 000, 5 000 y 3 000 antes del presente, pues las historias de los abuelos sobre grandes banquetes de carne alrededor del fuego hacen atractiva esta zona.

En este periodo, definido por los arqueólogos como Arqueolítico (30 000 a 14 000 años antes del presente), la comida es abundante; grandes manadas de cérvidos, caballos y jabalíes están en constante migración estacional, lo que permite cazar con facilidad a los animales pequeños, fatigados o enfermos. Los grupos humanos complementan su dieta con la recolección de plantas, semillas, tubérculos y frutos silvestres. No se preocupan por controlar el número de nacimientos, ya que cuando el tamaño de la población amenaza con limitar los recursos naturales, algunos de los más jóvenes se separan para formar un nuevo grupo, internándose más allá, en territorio inexplorado.

Ocasionalmente el grupo sabe de ellos, pues en algunas festividades regresan a visitarlo, trayendo objetos nuevos y extraños, como conchas marinas, pigmento rojo y rocas para confeccionar herramientas.

La vida social es armónica e igualitaria, los conflictos se resuelven fisionando la banda y buscando nuevos horizontes; cada quien realiza el trabajo que más se le facilita y lo emplea para ayudar al grupo, saben que no se puede sobrevivir solo.

Esta plácida existencia duraría 15 000 años aproximadamente, hasta que se rompe el ciclo climático que permitía que las manadas de megabestias pastaran a lo largo y ancho del territorio nacional. Poco a poco la megafauna se extingue. Esto presiona a los grupos a innovar su tecnología para responder a la extinción de los animales que les servían de alimento, cambiando su estrategia de carroñeo por la caza intensiva. Milenios de observación del ambiente de este vasto territorio permite a los grupos humanos conocer una gran variedad de rocas. Saben que algunas poseen mejores cualidades que otras para fabricar una punta de proyectil. Algunas de ellas eran delgadas y alargadas, y se les hacía una acanaladura central que abarcaba gran parte de una de sus caras, técnica de manufactura que actualmente se conoce como tradición Folsom. La acanaladura permitía que se enmangaran con tendones o con fibras vegetales en grandes varas de madera, de donde resultaban las lanzas.

Otra tradición de fabricación de puntas de proyectil fue la Clovis; esta herramienta era más angosta, de base ancha y cóncava, en la que se practicaba una acanaladura que nunca rebasaba la parte central de la pieza; esto hacía posible que fueran enastadas en palos más pequeños, con resinas vegetales, para ser utilizadas como dardos junto con propulsores de madera.

Sabemos que este propulsor, al que años más tarde se le llamaría átlatl, incrementaba la fuerza del disparo del dardo, lo que seguramente derribaría a la pieza de caza en la persecución a campo traviesa. Tal conocimiento era compartido por diversos grupos en el norte, centro y sur de México, pero cada uno de ellos dejará marcado su estilo en cuanto a la forma y el tamaño de la punta. Este último rasgo, más funcional que étnico, adapta el conocimiento tecnológico a las características de la materia prima local.

En el norte de México, durante este periodo, conocido por los arqueólogos como Cenolítico inferior (14 000 a 9 000 años antes del presente), la tradición de las puntas Folsom se restringe a Chihuahua, Coahuila y San Luis Potosí; mientras que la tradición de las puntas Clovis se distribuye por Baja California, Sonora, Nuevo León, Sinaloa, Durango, Jalisco y Querétaro.

Es probable que durante las batidas de caza participara todo el grupo, tanto hombres como mujeres de todas las edades, para maximizar los resultados. Al finalizar este periodo la fauna pleistocénica quedó sumamente diezmada por el cambio climático y por la caza intensiva.

En el siguiente periodo, el Cenolítico superior (9 000 a 7 000 años antes del presente), cambia la forma de las puntas de proyectil. Ahora son más pequeñas y se caracterizan por tener un pedúnculo y aletas. Esto se debe a que las piezas de caza son más pequeñas y escurridizas, por lo que se invierte una considerable cantidad de tiempo y de trabajo en esa actividad.

En este momento se comienza a marcar la división del trabajo entre hombres y mujeres. Estas últimas se quedan en un campamento base, donde recolectan diversos alimentos vegetales, como semillas y tubérculos, cuya preparación incluye el molido y cocido de las mismas para hacerlas comestibles. Se ha poblado ya todo el territorio, y en las costas y en los ríos se practican la recolección de crustáceos y la pesca.

Al aumentar el tamaño de la población dentro del territorio ocupado por los grupos, se hace necesario producir más alimentos por kilómetro cuadrado; como respuesta a ello, los inventivos cazadores-recolectores del norte aprovechan sus conocimientos ancestrales sobre los ciclos reproductivos de las plantas que recolectan y comienzan a sembrar bules, calabaza, frijol y maíz en los taludes de abrigos y cuevas, como en las de Valenzuela y La Perra, en Tamaulipas, lugares en donde se concentran más la humedad y los desechos orgánicos.

Algunos también cultivarán en las orillas de manantiales, ríos y lagos. Simultáneamente, para poder consumir las semillas de maíz tuvieron que fabricar instrumentos de molienda con una superficie de trabajo de mayores dimensiones, en comparación con las del periodo anterior, que eran una mezcla de instrumentos de molienda y machacadores que permitían abrir las duras cáscaras y triturar las semillas y los vegetales. Debido a estas características tecnológicas, este periodo es conocido como Protoneolítico (7 000 a 4 500 años antes del presente), cuyo principal aporte técnico fue la aplicación del pulido en la fabricación de morteros y metates y, en algunos casos, de ornamentos.

Hemos visto cómo ante los fenómenos naturales, como la extinción de la fauna, sobre los que no se tiene control alguno, los primeros pobladores del norte de México responden con una constante creatividad tecnológica. Al aumentar el tamaño de las poblaciones y escasear las presas de gran tamaño se opta por comenzar a cultivar, para hacer frente a la presión de la población sobre los recursos.

Esto lleva a los grupos a invertir una mayor cantidad de trabajo y de tiempo en la producción de alimentos. Siglos después se asentarían en aldeas y núcleos urbanos. Por desgracia, la convivencia en grandes conglomerados humanos lleva al aumento de las enfermedades y de la violencia; a la intensificación de la producción; a las crisis cíclicas de la producción agrícola como resultado de este proceso, y a la división en clases sociales. Hoy vemos con nostalgia un edén perdido en donde la vida en sociedad era más fácil y armónica, dado que cada miembro del grupo cazador-recolector era importante para la supervivencia.

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