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El Museo Numismático Nacional

Por: Ángel Valtierra

Te presentamos el Museo Numismático Nacional, interesante espacio enclavado en el Centro Histórico del DF, donde podrás acercarte a la historia y proceso de la acuñación de las monedas en México.

El Museo Numismático Nacional está a tan sólo unas cuadras al norte del Zócalo de la Ciudad de México y dos al oriente de la Arena Coliseo, que está en la calle de Perú, aunque al cruzar Argentina, ésta cambia su nombre por el de Apartado. Sorteando la abundancia de comerciantes y ambulantes que lo rodean, se llega al portón de acero marcado con el número 13, donde una aldaba con formas de ouroboro y león les servirá para anunciar su llegada. Basta cruzar ese umbral para sustraernos del mundanal ruido y encontrarnos en un remanso de paz, ante un admirable patio rodeado por una columnata de dos niveles que nos remite a mediados del siglo XIX, cuando –según la placa de mármol que ostenta su escalera principal– por órdenes del “Benemérito de la Patria”, Antonio López de Santa Anna, “se reedificó esta casa”, para hacerla sede del Apartado General de la Nación.

Interesante pasado

El apartado y su historia es la introducción de Salvador García Lima, responsable de los servicios educativos del museo, y uno de los dos o tres trabajadores a quienes se les encargó su creación, cuando al trasladarse la producción de la Casa de Moneda de aquí a su moderna planta de San Luis Potosí, se decidió destinar el inmueble a albergarlo. En México se estableció desde fines del siglo XVI, en lo que fueron las primeras alas de este inmueble, que desde entonces hasta 1992 albergó actividades industriales, por lo que sus sucesivas ampliaciones y adaptaciones lo hacen un catálogo viviente de las soluciones arquitectónicas adoptadas en diferentes momentos históricos para este tipo de construcciones; un valioso patrimonio industrial que por decreto emitido en 1931 es considerado Monumento Nacional. Tras la crisis de las finanzas públicas en que el país cayó a raíz de la Independencia, se optó por integrar directamente el apartado a la hacienda pública, retirando la concesión y remozando su sede, tarea en la que intervino el afamado arquitecto Lorenzo de la Hidalga y que básicamente dio como resultado el edificio que hoy admiramos.

Por su parte, la Casa de Moneda, que entonces aún estaba a un costado del Palacio Nacional -en el número 13 de la calle a la que dio su nombre-, se encontraba en una situación de grave abandono, pues durante al inicio de la guerra de Independencia, con el fin de evitar que los insurgentes que controlaban importantes zonas del Bajío capturaran la plata que llegaba de los centros mineros, las autoridades habían permitido el establecimiento en aquellas regiones de las llamadas casas de moneda “de necesidad” que, en los hechos, la fueron desplazando.

En 1848, con el fin de modernizar la ceca (como también se conoce a las casas de moneda), se decide renovar su infraestructura adquiriendo maquinaria que funcionaba a base de vapor y trasladarla a Apartado, donde ambas industrias habrían de compartir el espacio hasta que al extinguirse el apartado, la Casa de Moneda queda como única ocupante. A lo largo del siglo XX, la modernización continuó con algunas modificaciones en el edificio y adecuaciones de la maquinaria aunque, en lo fundamental, ésta es la misma que se adquirió a mediados del siglo anterior.

Arte e industria

También conocerán a Óscar Bazán, quien trabajó en diferentes áreas de cada una de las plantas que ha tenido la Casa de Moneda en los últimos 25 años, y que tuvo entre sus primeras tareas el desafío de armar una prensa de acuñación a partir de lo que ya era un montón de chatarra. Su último puesto, antes de llegar al museo, fue el de pantografista, lo que lo califica para explicar cómo la producción de una moneda es un proceso en el que se reúnen el arte y la industria en el momento de la acuñación. Lo hace frente a un diorama en que nos muestra el paso de un dibujo de unos 30 cm de diámetro a una escultura, donde el proyecto tiene ya las tres dimensiones que habrán de trasladarse a la moneda, así como la reducción de la escultura mediante un pantógrafo a la dimensión final de la pieza y su transformación en los troqueles que serán utilizados para acuñar.

Lo siguiente será conocer la parte netamente industrial del proceso. Para ello, Salvador reúne a los visitantes frente a un portón metálico que se encuentra en una esquina del patio. Ceremoniosamente, abre poco a poco el pesado portón que da acceso a la Sala de Fundición, un impresionante espacio de unos 500 m2 y 16 de altura dividido en tres naves cubiertas por bóvedas ennegrecidas con el hollín que emanó de los hornos. Allí les mostrará cómo se realizaba la ardua tarea de amonedar a una temperatura ambiente de 50º C, incluyendo el proceso de vaciado del metal fundido en las rieleras de doble revólver inventadas por el ingeniero Bartolomé Vergara hacia 1905, orgullo de nuestra tecnología de cuya eficiencia es testimonio el que se mantuvieran en funcionamiento hasta 1992.

Siguiendo el trayecto de las vías por donde los rieles así obtenidos eran llevados a laminación en carros jalados por mulitas hasta 1936 (cuando murió la última, que se llamaba Filomena), llegamos a la sala “Esteban Jiménez Calyécac”, donde el propio don Esteban toma la palabra. Fundador del museo, en marzo de este año cumple 69 años continuos de trabajar en la Casa de Moneda y desde 1992 es el que mantiene funcionando toda la maquinaria que se exhibe, una invaluable labor que la Casa reconoció al ponerle su nombre a esta sala. Don Esteban explica cómo los rieles de 30 cm de largo y uno de espesor pasaban por diferentes laminadoras hasta alcanzar el espesor requerido para las piezas que se iban a acuñar, alargándose proporcionalmente hasta llegar en ocasiones a los 2 m. Incluye la demostración de los novedosos motores eléctricos que en 1905 los trabajadores adaptaron a las máquinas que hasta entonces operaban a fuerza de vapor. Al activar su interruptor y fijar la velocidad de la operación, la laminadora despierta llenando el espacio con el estruendo de un gran bostezo que nos invita a imaginar lo que sería este lugar con todas sus máquinas trabajando al mismo tiempo.

El siguiente paso, una vez que las láminas se cortaron en trozos de un tamaño manejable, es obtener lo que se llaman cospeles, los discos en blanco que pasarán a acuñación. Ante una prensa de cospeleo, don Esteban hace gala de la destreza que se necesita para desplazar manualmente la lámina, conforme recibe el golpe que corta cada cospel evitando “medias lunas”, que tendrían que refundirse junto con el metal ya perforado.

La bailarina y su labor

La visita continúa por los hornos de recocido, donde Salvador explicará que la presión que se genera tanto en la laminación como en el cospeleo endurece el metal, por lo que debe someterse a altas temperaturas para recuperar su maleabilidad. Las impurezas que se adhieren al cospel en el recocido se eliminan mediante un baño de ácido al que sigue un proceso de lavado con xixitl, una fibra de maguey -con detergente incluido- ampliamente usada por las abuelas para la limpieza. Ya limpios y pulidos, los cospeles pasan a labiado, donde reciben una presión por el canto para hacerles el reborde que habrá de proteger el relieve de la moneda.

Llegamos así al momento culminante en que atestiguaremos el encuentro del arte y la industria, del que los cospeles saldrán transformados en medallas. Reunidos en torno a “La bailarina”, los visitantes escucharán la explicación de cómo los trabajadores le pusieron ese nombre a la más antigua de las prensas de acuñación -que data de 1823- por el rítmico movimiento que genera su funcionamiento, y cómo el golpe de los troqueles que corresponden a las dos caras de la medalla en el cospel produce las figuras y relieves que labró en el metal el arte de los grabadores.

Con la satisfacción de haber oficiado una vez más la transmutación de los cospeles, toca a don Esteban repartir, a nombre de la Casa de Moneda, a cada uno de los asistentes, un ejemplar de la medalla acuñada en su presencia.

Numismática e identidad

De regreso en el patio principal, saldrá a su encuentro don José Lázaro Zamudio, uno más de los fundadores del museo, quien a fuerza de acompañar durante años las exposiciones y ventas de monedas y medallas de la Casa como responsable de su seguridad, acabó convirtiéndose en el experto numismático que hoy es. A don José le debemos la selección y el orden de la parte que se exhibe de la colección numismática. Como antecedente incluye réplicas de algunos objetos como granos de cacao, hachuelas de cobre o canutos rellenos de oro que se utilizaban como moneda antes de la llegada de los españoles.

Más adelante, una serie de vitrinas ordenadas cronológicamente nos muestra la historia de nuestras monedas propiamente dichas. Son ya piezas metálicas en las que a su simbolismo económico, el arte ha añadido, al estampar en ellas representaciones de las autoridades que las emiten, el de signos de identidad de los pueblos que gobiernan.

El recorrido por los tesoros que don José inicia con las primeras monedas acuñadas en América hacia 1536, llamadas “Carlos y Juana” en honor de Carlos I de España. También de la época colonial podrán admirar la “Columnaria”, una moneda considerada entre las más bellas de la historia que destaca por ser la primera satisfactoriamente redonda a la que se debe buena parte de la fama de la plata novohispana por haber circulado en todo el mundo. Ostenta la representación de las columnas de Hércules unidas por el mar y sobre éste los dos hemisferios de la tierra, así como la leyenda Utraque unum que significa “Ambos son uno”, en la que se afirma la unidad del imperio y sus colonias.

De nuestro convulso siglo XIX podrán ver cómo la guerra de Independencia se expresó también; el surgimiento del águila sobre un nopal como símbolo adoptado por la Junta de Zitácuaro; la irrupción de toda una serie de emblemas relacionados con la justicia y la igualdad durante el Porfiriato, entre otros.

Llegamos así al siglo XX. Al triunfo de la Revolución, la incorporación a la historia de los hasta entonces olvidados se expresa en los diseños de monedas que adoptan una iconografía que retoma motivos prehispánicos y, más tarde, las efigies de nuestros héroes. A continuación, una vitrina que don José llama “el rincón de los recuerdos” muestra ya algunas de las monedas que conocimos de pequeños, ya sea en circulación o en ese embrión de colección numismática que cada familia guarda en algún cajón.

Esta historia termina cuando descubrimos que todas las monedas que actualmente utilizamos reproducen algún fragmento del llamado Calendario Azteca y que además de éstas se acuñan monedas conmemorativas de oro y plata.

Así, los visitantes verán de otra manera esos “disquitos metálicos” que llevan en la bolsa para descubrir una faceta más del México desconocido. Ustedes dirán si lo logramos.

Contacto

Museo Numismático Nacional
Apartado núm. 13, Centro Histórico. Ciudad de México.
Visitas guiadas a las 10:00 y a 13:00 horas, previa cita.
Tel. (55) 5208 9982.

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