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| Texto: Beatriz Santos Pruneda () |
Dos son las cosas que me aterran hacer sola: ver el fútbol y viajar. Y no porque me dé miedo, al contrario. Sino porque son dos actividades que por cargas emocionales me gusta compartir. Gritar con alguien un gol, al igual que comentar si el mole está delicioso o si la luna se ve esplendorosa sobre el mar es como un requisito para el disfrute total. Pero no siempre se puede estar acompañada, por la razón que sea, así que decidí enfrentarme a la realidad y elegí uno de los mejores lugares del mundo: las playas de Tulum. El buen ánimo se apoderó de mí al sentir el calorcito, justo bajando del avión. En el aeropuerto de Cancún renté un auto para irme directo a Tulum, ya que haciendo cuentas, me saldría más barato que tomar taxis y me daría la libertad de ir a otros lugares de la Riviera Maya, si así lo deseaba. En 40 minutos ya estaba en la pequeña ciudad de Tulum, donde hay uno que otro súper, estación de gasolina y lo más importante, en el primer semáforo a la izquierda, está el camino al paraíso. Fortaleza que viene del mar Me condujeron a mi cabaña frente al mar. ¡Era espectacular! La atravesé rápidamente como si me apuraran para abrir la puerta de la terraza. Ahí estaba… sola frente a ese mar incomparable. Las olas reventaban en los pilates de mi cabaña con gran fuerza, al igual que el viento se agolpaba en mi cara llenándome de una extraña combinación de energía y tranquilidad. Apenas oía las indicaciones del conserje que me ayudó con mis maletas. Por fin pude conectarme de nuevo y le escuché decir que no había luz ni teléfono, que si necesitaba algo, pusiera afuera una banderita roja, que me señaló. Ellos la verían (en Azulik no hay restaurante, pero el room service es sobresaliente). Le pregunté dónde podría entonces recargar la computadora portátil y el celular y me dijo que podía hacerlo en la recepción. Respiré aliviada… Goce absoluto de la naturaleza Inicié el siguiente día con una clase de yoga en la playa, después caminé un poco para conocer los demás hoteles que están en este lugar privilegiado. Me encontré con un letrero que me llamó la atención. Estaba en inglés y en español se podría leer: “estrictamente permitido desnudarse”, lo que me causó gracia, ya que existen otras playas –pocas– así en México, pero nunca con un aviso tan explícito. Me percaté que la mayoría de los turistas eran extranjeros y mi deseo fue que también muchos mexicanos disfruten de este lugar. El tramo de playa de alrededor de dos kilómetros, tiene otros cuantos hoteles, también del mismo estilo, de cabañas y frescas palapas y todos muy ecológicos. Después de nadar, tomar el sol un rato y almorzar, decidí darme una vuelta por Playa del Carmen, que está a más o menos 40 minutos. Ha atraído a muchos pintores, músicos, bailarines y poetas, por eso es el escenario favorito para quien busca diversión y nuevas cosas que ver. A lo largo de sus calles peatonales cercadas por tiendas de artesanías, se esconde una pequeña muestra de la creatividad internacional y mexicana. En la famosa Quinta Avenida hay un sinnúmero de restaurantes, al igual que a la orilla de la playa. Por cierto, me comentaron que esta ciudad reporta uno de los crecimientos más acelerados del mundo. Desde aquí se puede programar un viaje por ferry a Cozumel, la isla más grande de México y reconocida sede de buceo. Estuve deambulando muy entretenida en las tiendas y comprando lamparitas hechas con cortezas de coco y collares para mis amigas. Luego me estacioné en un restaurante en la playa, donde tomé un par de copas mientras veía gente de todas las nacionalidades disfrutar de este destino. De regreso al hotel, un poco cansada, recordé que había hecho una cita para un masaje en el Maya Spa, lo cual me cayó como anillo al dedo. El sol ya había caído y caminé en el sendero de arena que une a Azulik con el Maya, es un trayecto muy disfrutable, sobre todo de noche. Me recibieron y la terapeuta llegó como un ángel, con una gran sonrisa me condujo a una palapa con un enorme pabellón apartada entre la selva. Así, entre velas, recibí el masaje más rico de toda mi vida (incluso mejor que los que tomé en la mismísima Tailandia). Estaba tan relajada que no sé cómo llegué a mi cabaña, dormí como nunca. Reciclando energía Después saqué la banderita roja, pedí de cenar, y mientras llegaba, como un ritual, me bañé en la tina interior con vista al mar y dispuse con especial cuidado la mesa, una forma de auto consentimiento que me hizo muy feliz. Ya era hora de que me fuera despidiendo de ese mar y de esa luna y sonreí satisfecha de saber que todo fluyó, para sorpresa mía, fácilmente y logré disfrutar mi soledad envuelta del mágico embrujo de Tulum. Si usted va… ¿Qué más puede ver? Xel-Há se localiza en el corazón de la Riviera Maya, en el kilómetro 240 de la carretera a Chetumal, a 122 km al sur de Cancún. Desde Tulum, el parque está a tan sólo 13 km. Consulte Para reservaciones escriba a: reservations@ecotulum.com
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