Noviembre 21, 2008 | 
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Relaciones diplomáticas entre México y Japón en la época colonial

Si bien estos contactos diplomáticos de México –entonces colonia de España– y aquel país del lejano Oriente no prosperaron especialmente por la insistencia de la iglesia novohispana en la propagación de la fe católica, el gusto por el lujo oriental, presente en las sedas, las porcelanas, los biombos, los abanicos, etc., estrecharon ligas emotivas entre ambas naciones que continúan hasta nuestros días.

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Texto: Felipe Solís

En 1982, México y Japón, que pertenecen al sistema nacional de hermandad de ciudades, celebraron aniversarios que conmemoraban el vínculo por diez años establecido entre Nagoya y la Ciudad de México, y cinco años de confraternidad entre Sendai y Acapulco. Estas festividades son la evidencia contemporánea de una antigua relación entre ambas naciones, que se remonta al siglo XVI, cuando, con posterioridad al tornaviaje de Andrés de Urdaneta, se hace regular el tráfico de los galeones de Manila o naos de China entre la Nueva España y las Filipinas; éstas zarpaban de Acapulco entre el fin del otoño y el inicio de la primavera, y en el regreso salían de Manila a más tardar en julio del siguiente año y, si las condiciones climáticas lo permitían, retornaban a Acapulco después de transcurridos seis meses de travesía.

Como el viaje dependía de las corrientes marinas y de las probabilidades de buen tiempo, en numerosas ocasiones los galeones naufragaron en las costas de China y del Japón, por lo que era de interés primordial para las autoridades españolas establecer contactos de carácter estratégico permanente en ambas naciones asiáticas, especialmente después de 1571, cuando definitivamente la ciudad de Manila fue el centro administrativo español en aquella región.

En Japón, no obstante que en un principio recibieron amistosamente a los españoles, el interés de las organizaciones católicas por evangelizar el país, especialmente por los jesuitas, provocó reacciones violentas en contra de los hispanos, odio que fue alimentado por los portugueses y los holandeses, quienes deseaban eliminar a España del rico comercio que mantenían con el país del sol naciente.

No obstante que en el Japón existían las figuras del emperador y del poderoso Shogun, y daban un carácter centralizado a la nación, por siglos los señores feudales llamados daimyo habían provocado constantes guerras entre ellos, estableciéndose diversas hegemonías que hacia el siglo XVI habían sido dominadas por los tokugawa.

A principios del siglo XVII, durante el gobierno en España de Felipe III, dos galeones que habían salido de Manila hacia Acapulco sufrieron los embates del mal tiempo: el Santa Ana y el San Francisco. Este último naufragó en la costa de Chiba en el área de la Bahía de Tokio; los navegantes iban comandados por Rodrigo de Vivero, quién entró en contacto con el Shogun Ieyasu y después de varias conversaciones firmaron un tratado el 29 de noviembre de 1609, mediante el cual se permitía el establecimiento de una fábrica española en Kanto, se importarían mineros de la Nueva España para introducir la tecnología europea en Japón, y, en caso de necesidades, los barcos españoles podrían fondear en territorio japonés y el Shogun enviaría un embajador a la corte española.

De manera curiosa, el franciscano Luis de Sotelo logró que el Shogun lo nombrara su embajador, y con ese cargo arribó a la Nueva España, donde entró en contacto con el virrey Luis de Velazco (el II), quién finalmente acordó, en efecto, enviar una embajada al Japón en reciprocidad, y así también realizar una expedición a las supuestas Islas de la Plata que se suponían estaban cercanas a ese reino.

En 1611 los enviados del virrey arribaron a tierras japonesas y es entonces cuando entran en contacto con el Shogun, y los visitaron numerosos samurais y algunos señores feudales que ardían en curiosidad por conocer los barcos que tenían la asombrosa capacidad de cruzar el Océano Pacífico.

Este primer contacto formal entre el Imperio del Sol Naciente y el Virreinato de la Nueva España fue empañado por las intrigas de los holandeses, y por el enérgico deseo de los japoneses de impedir las actividades misioneras católicas. No obstante el enrarecido ambiente en torno de los españoles, éstos emprendieron la búsqueda de las islas de oro y plata que terminó con el hundimiento de uno de los navíos sin encontrar aquellas fabulosas e increíbles tierras.

Finalmente, en 1613 el Shogun ordena persecuciones contra los cristianos, entre los que se encontraba Luis Sotelo. De manera curiosa, el señor feudal de Sendai, Date Masamune, decide enviar un barco que él pagaría a su costa, con el propósito de enviar su propia embajada. El embajador de este daimyo fue Hasekura Rokuemon Thunenaga, quién arriba con otro grupo de japoneses en 1614 al Puerto de Acapulco.

Peculiar debió de ser este grupo de viajeros, ya que junto al pomposo embajador japonés estaba Luis Sotelo, cuyo propósito no era específicamente México, sino Madrid y Roma, donde esperaba encontrarse con Felipe III y el Papa. Imaginemos al grupo de japoneses que vestían su tradicional kimono de seda y su calzado característico llamado geta, que es elaborado de madera y que debió producir un rítmico sonido sobre las calles empedradas de la colonia. Sólo se permitió que 30 personas viajaran hasta la Metrópoli, y así Sotelo y Hasekura estuvieron en la capital de la Nueva España y partieron en mayo, después de las festividades de Puebla, saliendo de San Juan de Ulúa y arribando a San Lucas de Barrameda el 5 de octubre de 1614.

No cabe duda que el enviado japonés tenía el propósito de aprender todo aquello que pudiera servir a su señor en Sendai, por lo que en España aceptó ser bautizado en la iglesia del monasterio de los Franciscanos Descalzos con el nombre de Felipe Francisco, y así fue recibido por Felipe III y su favorito el duque de Lerma. Más adelante se dirigió hacia Roma donde inclusive conseguiría ser admitido como ciudadano de la capital de la cristiandad. Años después Hasekura regresó al Japón y abjuró de la fe católica regresando a sus antiguas creencias budistas.

Si bien estos contactos diplomáticos de México –entonces colonia de España– y aquel país del lejano Oriente no prosperaron especialmente por la insistencia de la iglesia novohispana en la propagación de la fe católica, el gusto por el lujo oriental, presente en las sedas, las porcelanas, los biombos, los abanicos, etc., estrecharon ligas emotivas entre ambas naciones que continúan hasta nuestros días.



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