Con la llegada de las órdenes religiosas a la nueva España en el siglo XVI, la tradición de los nacimientos se introduce con fines evangelizadores en estas tierras.
Al llegar la temporada navideña, algo que resalta de inmediato son las decoraciones que observamos por doquier. Aunque variados en gusto, tamaño, color y forma, los motivos son muy similares entre sí, pero la intención es fomentar siempre el espíritu de la Navidad.
En nuestro país existen múltiples formas de dar a los espacios privados y públicos el ambiente navideño, pero podíamos diferenciar cuatro principales:
La que aparece en la decoración de comercios y tiendas con el afán de atraer clientela. Este tipo de ornamentación, que adopta costumbres de otros países, tiene un amplio conjunto de motivos que incluye a Santa Claus, nieve artificial, trineos, etcétera, y en él los nacimientos cada vez van siendo menos, ya que para su montaje se requiere una mayor inversión de tiempo y de trabajo.
Otra forma es la que se muestra en plazas y edificios de gobierno; ésta incorpora pinos naturales o artificiales, nacimientos y cajas vacías envueltas en papel de temporada. Por lo general esta ornamentación es grande y bien puesta, con figuras de tamaño natural (o incluso mayores) y muy atractiva para cualquier transeúnte.
En el seno familiar la decoración navideña presenta tres tendencias fundamentales: la de aquellos que han tomado como propias las tradiciones de otros pueblos, con pinos y esferas, incluyendo los Santa Claus; la que combina los elementos propios y extraños; y la de quienes siguen la tradición del nacimiento, aunque de una manera un tanto mestiza. Bien puede tratarse de nacimientos pequeños, acordes con el espacio disponible en la casa o con el presupuesto familiar, o de nacimientos que por sus dimensiones requieren de más tiempo, dinero y esfuerzo, y a los que se les reserva en ocasiones toda una habitación; se trata de nacimientos monumentales en los que se expresa de manera contundente el arraigo de una tradición que se alimenta año con año en el hogar.
En las iglesias, por último, los nacimientos en muchos casos son obras extraordinarias por su tamaño, forma y representaciones iconográficas, en las cuales se muestra el apego al costumbrismo y el interés de los clérigos por dignificar un momento tan solemne dentro del calendario ritual cristiano. Salvo algunas familias que se apegan a la tradición, es en los templos donde se conserva la costumbre de “acostar” al niño el día de su “nacimiento”. Jamás lo hacen antes, como ya se ha vuelto rutina en la mayoría de los casos.
El origen del nacimiento De acuerdo con la leyenda, el origen del nacimiento se remonta a la época de Giovanni Bernardone (1182-1226), mejor conocido como San Francisco de Asís, quien fue el primero en instalar un nacimiento viviente para ejemplificar el natalicio de Jesús. La fecha exacta es desconocida, pero pudo haber sido en 1223. Ya habiendo fundado la orden franciscana, él recorría las poblaciones de su natal Italia con el fin de predicar la palabra. En ese invierno de 1223, mientras andaba cerca de Rieti, lo sorprendió la Navidad en la ermita de Greccio; ahí se inspiró y reprodujo el nacimiento del niño Jesús. Ayudado por otros clérigos, construyó una casita de paja, un portal y un pesebre, e invitó a todos los lugareños a integrarse en una escena viviente, con José y María, el niño recién nacido, los pastores, y hasta un buen y un burro para mayor veracidad.
Cuando por fin se arraigó esta tradición en Europa, durante mucho tiempo se mantuvo con nacimientos -o belenes- vivientes, principalmente en los recintos religiosos, hasta que poco a poco se fueron elaborando figuras e iconos y se expandió a los hogares de los fervientes cristianos. Se cree que el primer nacimiento hecho con figuras de barro se realizó en Nápoles, también en Italia, a finales del siglo XV. A partir de esa fecha, el rey Carlos III ordenó que la presentación se extendiera por todos sus dominios.
Con la conquista española, los frailes utilizaron las costumbres navideñas para evangelizar a los nativos del Nuevo Mundo. Y los belenes desempeñaron un papel muy relevante porque, además, los naturales de estas tierras fueron adiestrados para elaborar las figuras y los motivos.
¿Cuántos siglos han transcurrido desde aquella enseñanza, y cuántas familias han vivido de esta tradición? Si nos remitimos al presente, descubrimos que en algunas poblaciones del país aún se conserva la costumbre de manufacturar dichas artesanías. Como ejemplo tenemos los angelitos de Tzintzuntzan, Michoacán; las figuras de barro de Metepec, Estado de México, o de Ameyaltepec y Tolimán, en Guerrero; o los nacimientos en miniatura y policromados de Tlaquepaque, Jalisco.
El nacimiento moderno (la palabra “belén” ha caído en desuso, al menos en nuestro país) combina una serie de elementos bastante discordantes, los cuales no tienen nada que ver con el origen del niño Jesús. Si tomamos en cuenta que éste nació en un lugar del Oriente Medio, sería poco factible pensar que haya sido en un sitio frondoso y verde. Lo mismo ocurre con los pinos que ahora se colocan junto al nacimiento, puesto que esa especie no existe en aquellas áridas tierras del actual Israel. El pino es una tradición que nos llegó de la Europa nórdica a través de Estados Unidos. Del mismo modo hallamos nopales, magueyes, palmas cocoteras, oyameles, pirules; o animales de diversa índole, primordialmente domesticados, y bestias de carga; también podemos encontrar otro tipo de elementos, como lanchas de remo, molinos de viento (papalotes) o castillos medievales, por mencionar sólo algunos de los muchos que aparecen en estas decoraciones navideñas, sin olvidar al diablo y sus tentaciones. La figura del demonio puede variar en color y hasta en forma, pero la más convencional es roja con alas negras.
Muchos nacimientos mexicanos incluyen motivos y estereotipos muy propios de nuestra cultura, lo cual los hace ser bastante pintorescos. Así, podemos ver representaciones del cartero, el globero, el aguador, la taquera, el panadero, el organillero, etcétera. No existen límites para la imaginación. Y otra cosa que sobrepasa lo pintoresco para entrar en el reino de lo absurdo, es el tamaño de algunas de las figuras. No es nada raro encontrar que el Niño Dios sea casi del mismo tamaño que José y María, o mayor que los borregos. O, por el contrario, unos Reyes Magos gigantes y un niño naciente en miniatura.
Por otro lado, debemos hacer referencia a las luces que decoran los nacimientos. Hoy en día es cada vez más común contar con las guías intermitentes de colores, entre las cuales sobresalen aquellas con música, cuya tonada absurda, repetitiva y tediosa malhumora a cualquiera. En hogares más tradicionales aún se utilizan las velas de cera o parafina con el fin de iluminar los nacimientos o, incluso, los pinos; no obstante, y por razones obvias, aquí se debe tener sumo cuidado para evitar incendios.
Este efímero arte decembrino puede realizarse con cualquier elemento y material disponibles; los más comunes son el paixtle, el musgo, la paja y el cartón, aunque también se pueden utilizar rocas, mangueras, láminas y cuanta cosa el creador y su fantasía tengan a la mano. En realidad no hay impedimentos, y lo que en verdad importa es realzar ese espíritu de la Navidad que, desafortunadamente, año tras año se va perdiendo, en parte por la ignorancia, en parte por el desinterés y a veces por la falta de tiempo, pues poner un pino es más rápido y no cuesta mucho, ya que los adornos son reciclables y pueden usarse los mismos de años anteriores, posiblemente comprados en oferta fuera de temporada.
En fin, no todo está perdido, y en años recientes han aparecido diversos concursos nacionales, estatales o municipales de nacimientos, con los que se pretende reavivar esta bella tradición navideña.
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Para saber más sobre festejos navideños en México
- Las pastorelas en México
- Las tradicionales pastorelas de la Hostería, en Tepotzotlán
- Nacimientos de cera y gis
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