Febrero 9, 2010 | 
Ciudad de México
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La vision maya de los origenes

Sentado en un adoratorio en medio de Ia plaza, el sacerdote dijo: "Este es el principio de Ias antiguas historias de Ia nación quiché, Ia narración de lo que estaba oculto, el relato de Ia Abuela y el Abuelo, lo que contaban en el principio de Ia vida. Este es el sagrado Popol Vuh, "Libro de Ia comunidad", que narra cómo se formaron el cielo y Ia tierra por obra deI Creador y el Formador, Ia Madre y el Padre de Ia vida, el que da Ia respiración y el pensamiento, el que da a luz a Ios hijos, el que vela por Ia felicidad deI Iinaje humano, el sabio, el que medita en Ia bondad de todo lo que existe en el cielo, en Ia tierra, en los lagos y en el mar".

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Texto:
Texto: Mercedes de la Garza Camino

Sentado en un adoratorio en medio de Ia plaza, el sacerdote dijo: "Este es el principio de Ias antiguas historias de Ia nación quiché, Ia narración de lo que estaba oculto, el relato de Ia Abuela y el Abuelo, lo que contaban en el principio de Ia vida. Este es el sagrado Popol Vuh, "Libro de Ia comunidad", que narra cómo se formaron el cielo y Ia tierra por obra deI Creador y el Formador, Ia Madre y el Padre de Ia vida, el que da Ia respiración y el pensamiento, el que da a luz a Ios hijos, el que vela por Ia felicidad deI Iinaje humano, el sabio, el que medita en Ia bondad de todo lo que existe en el cielo, en Ia tierra, en los lagos y en el mar".

Luego desplegó el libro, doblado en forma de biombo, y empezó a Ieer: "Todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo... No había todavía un hombre ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía. No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión... Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz (Serpiente-Quetzal). De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios".

Otros sacerdotes encendieron el copal en los incensarios, colocaron flores y hierbas aromáticas, y prepararon Ios objetos rituales para el sacrificio, pues Ia narración de Ios orígenes ahí, en ese sitio sagrado, que representaba el centro deI mundo, propiciaría Ia renovación de Ia vida; el acto sagrado de Ia creación se repetiría y todos Ios participantes se ubicarían en el mundo como si acabaran de nacer, purificados y bendecidos por Ios dioses. Los sacerdotes y Ias ancianas se sentaron a orar en silencio alrededor deI Ah-Gucumatz, mientras éste continuaba con Ia Iectura del libro.

Las palabras deI sumo sacerdote explicaron cómo el consejo de dioses decidió que cuando el mundo estuviera formado y saliera el Sol, debía aparecer el hombre, y relataron cómo al elevarse Ia palabra de Ios dioses, por prodigio, por arte mágica, Ia tierra emergió deI agua: "Tierra, dijeron, y aI instante fue hecha ". Enseguida se Ievantaron Ias montañas y Ios árboles, se formaron los lagos y los ríos. y el mundo se pobló de animales, entre los que estaban los guardianes de Ias montañas. Aparecieron los pájaros, los venados, los jaguares, los pumas, Ias serpientes, y se les repartieron sus moradas. Se alegraron el Corazón deI Cielo y el Corazón de Ia Tierra, los dioses que fecundaron el mundo cuando el cielo estaba en suspenso y Ia tierra sumergida en el agua.

Los dioses dieron voz a los animales y les preguntaron qué sabían acerca de los Creadores y acerca de sí mismos; les pidieron reconocimiento y veneración. Pero los animales sólo cacareaban, rugían y graznaban; no pudieron hablar y por ello fueron condenados a ser matados y comidos. Entonces los Creadores dijeron: "Probemos a hora hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten, que nos veneren ": y formaron un hombre de lodo. EI Ah-Gucumatz explicó: "Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía Ia cabeza, Ia cara se le iba para un lado, tenía velada Ia vista. AI principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro deI agua y no se pudo sostener”.

La gente de Gumarcaah, respetuosamente sentada alrededor deI grupo de sacerdotes, escuchaba con fascinación el relato deI Ah-Gucumatz, cuya portentosa voz resonaba en Ia plaza, como si fuera Ia voz lejana de los dioses creadores cuando formaron el universo. Revivía, emocionada, los momentos vibrantes de los orígenes, asumiéndose como los hijos verdaderos deI Creador y el Formador, Ia Madre y el Padre de todo cuanto existe.

Unos jóvenes, residentes de la casa donde los muchachos, a partir de su rito de pubertad celebrado a los trece años, aprendían el oficio sacerdotal, acercaron unos cuencos de agua pura de Ia fuente para aclarar Ia garganta deI sagrado narrador. Éste continuó:

"Entonces los dioses consultaron a los adivinos Ixpiyacoc e Ixmucané, Ia Abuela deI Día, Ia Abuela deI Alba: -Hay que encontrar los medios para que el hombre que formemos , nos sostenga y alimente, nos invoque y se acuerde de nosotros-. y los adivinos echaron suertes con granos de maíz y de colorín, y dijeron a los dioses que hicieran hombres de madera. AI instante aparecieron los hombres de madera, que se parecían al hombre, hablaban como el hombre y se reprodujeron, poblando Ia superficie de Ia tierra; pero no tenían espíritu, ni entendimiento, no se acordaban de sus creadores, caminaban sin rombo y andaban a gatas. No tenían sangre ni humedad ni gordura; estaban secos. No se acordaban deI Corazón deI Ciclo y por eso cayeron en desgracia. Fue sólo un intento de hacer hombres, dijo el sacerdote.

Entonces el Corazón deI Cielo produjo una gran inundación que destruyó a los muñecos de paIo. Una resina abundante cayó deI cielo y los hombres fueron atacados por extraños animales, y se voltearon contra ellos sus perros, Ias piedras, los paIos, sus tinajas, sus comales, por el uso que les habían dado, como castigo por no reconocer a los creadores. Los perros les dijeron:" "¿Por qué no nos daban de comer? Apenas estábamos mirando y ya nos arrojaban de su lado y nos echaban fuera. Siempre tenían un paIo listo para pegamos mientras comían... nosotros no podíamos hablar... Ahora nosotros los destruiremos a ustedes". Y dicen, concluyó el sacerdote, que Ia descendencia de aquellos hombres son los monos que existen a hora en los bosques; éstos son Ia muestra de aquéllos, porque sólo de paIo fue hecha su carne por el Creador y el Formador.

Narrando Ia historia deI fin deI segundo mundo, el de los hombres de madera deI Popol Vuh, otro maya de regiones muy lejanas a Ia antigua Gumarcaah, un sacerdote de Chumayel, en Ia península de Yucatán, asentó por escrito cómo acabó Ia segunda época y cómo se estructuró el siguiente universo, el que albergaría a los hombres verdaderos:

"Y entonces, en un solo golpe de agua, llegaron Ias aguas. Y cuando fue robada Ia Gran Serpiente [principio vital sagrado deI cielo ], se desplomó el firmamento y hundió Ia tierra. Entonces... los Cuatro Bacab [dioses sostenedores deI cielo] lo nivelaron todo. En el momento en que acabó Ia nivelación, se afirmaron en sus lugares para ordenar a los hombres amarillos... Y se levantó Ia Gran Madre Ceiba, en medio del recuerdo de Ia destrucción de Ia tierra. Se asentó derecha y alzó su copa, pidiendo hojas eternas. y con sus ramas y sus raíces llamaba a su Señor". Luego se irguieron las cuatro ceibas que sostendrían eI cieIo en Ios cuatro rumbos deI universo: Ia negra, aI occidente; Ia blanca aI norte; Ia roja aI oriente y Ia amarilla aI sur. EI mundo, así, es un calidoscopio coIorido en eterno movimiento.

Los cuatro rumbos deI universo son determinados por el movimiento diario y anual deI Sol ( equinoccios y solsticios ); es- tos cuatro sectores abarcan los tres planos verticales deI cosmos: cielo, tierra e inframundo. El cielo fue pensado como una gran pirámide de trece estratos, en cuya cima habita el dios supremo, Itzamná Kinich Ahau, "Señor dragón deI ojo solar",identificado con el Sol en el cenit. El inframundo se imaginó como una pirámide invertida de nueve estratos; en el más bajo, llamado Xibalbá, reside el dios de Ia muerte, Ah Puch, "El Descamado", o Kisín, "El Flatulento", identificado con el Sol en el nadir o el Sol muerto, Entre Ias dos pirámides está Ia tierra, concebida como una plancha cuadrangular, residencia deI hombre, donde se resuelve en armonía Ia oposición de Ios dos grandes contrarios divinos. EI centro deI universo es, por tanto, el centro de Ia tierra, donde habita el hombre. Pero ¿cuál es el hombre verdadero, aquel que reconocerá, venerará y alimentará a Ios dioses; aquel que será, por ello, el motor deI universo?

Volvamos a Gumarcaah y escuchemos Ia continuación deI relato sagrado deI Ah-Gucumatz:

Después de Ia destrucción deI mundo de Ios hombres de madera, dijeron Ios Creadores: "Ha llegado el tiempo deI amanecer, de que se termine Ia obra y que aparezcan Ios que nos han de sustentar y nutrir, Ios hijos esclarecidos, Ios vasallos civilizados; que aparezca el hombre, Ia humanidad, sobre Ia superficie de Ia tierra ". Y después de reflexionar y discutir, descubrieron Ia materia de Ia que se debía hacer al hombre: el maíz. Varios animales ayudaron a Ios dioses trayendo Ias mazorcas de Ia tierra de Ia abundancia, Paxil y Cayalá; estos animales fueron Yac, el gato montés; Utiú, el coyote; Quel, Ia cotorra, y Hoh, el cuervo.

La Abuela Ixmucané preparó nueve bebidas con el maíz molido, para ayudar a Ios dioses a formar al hombre: "De maíz amarillo, de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron Ios brazos y Ias piernas deI hombre. Únicamente masa de maíz entró en Ia carne de nuestros padres, Ios cuatro hombres que fueron formados".

Esos hombres, dijo el Ah-Gucumatz, fueron nombrados Balam-Quitzé (Jaguar-Quiché), Balam-Acab (jaguar-Noche), Mahucutah (Nada) e Iqui Balam (Viento-jaguar). "y como tenían apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron, conversaron, vieron, oyeron, anduvieron, agarraban Ias cosas; eran hombres buenos y hermosos y su figura era figura de varón ".

Además fueron dotados de inteligencia y de una vista perfecta, lo que revela una sabiduría infinita. Por ello, al instante reconocieron y veneraron a los Creadores. Pero éstos se dieron cuenta de que si los hombres eran perfectos no reconocerían ni adorarían a los dioses, se igualarían a ellos y ya no se propagarían. Y entonces, dijo el sacerdote, "EI Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron como cuando se sopla sobre Ia luna de unespejo. Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver lo que está cerca, sólo esto era claro para ellos".

Reducidos así los varones a su verdadera dimensión, Ia dimensión humana, fueron creadas sus esposas. "Ellos engendraron a los hombres, a Ias tribus pequeñas y a Ias tribus grandes, y fueron el origen de nosotros, Ia: gente del Quiché".

Las tribus se multiplicaron y en Ia oscuridad se dirigieron hacia Tulán, donde recibieron Ias imágenes de sus dioses. Uno de ellos, Tohil, les dio el fuego y les enseñó a realizar sacrificios para sustentar a los dioses. Luego, vestidos con pieles de animales y llevando a cuestas a sus dioses, fueron a esperar Ia salida deI nuevo Sol, el amanecer deI mundo actual, en lo alto de una montaña. Primero apareció Nobok Ek, Ia gran estrella de Ia mañana, anunciando Ia llegada deI Sol. Los hombres prendieron incienso y presentaron Ias ofrendas. Yen seguida salió el Sol, seguido por Ia Luna y Ias estrellas. "Alegráronse los animales chicos y grandes -dijo el Ah-Gucumatz- y se levantaron en Ias vegas de los ríos, en Ias barrancas y en Ia cima de Ias montañas; todos dirigieron Ia vista allá donde sale el Sol. Luego rugieron el león y el tigre... y extendieron sus alas el . águila, el zopilote rey, Ias aves pequeñas y Ias aves grandes. En seguida se secó Ia superficie de Ia tierra a causa deI Sol". Así terminó el relato deI sumo sacerdote.

E imitando a aquellas tribus primigenias, todos los pobladores de Guníarcaah elevaron un canto de alabanza al Sol y a los dioses Creadores, y también a aquellos primeros ancestros que trasmutados en seres divinos los protegían desde Ia región celeste. Se ofrendaron flores, frutos y animales, y el sacerdote sacrificador, el Ah Nacom, inmoló a una víctima humana en lo alto de Ia pirámide para cumplir con el antiguo pacto: alimentar a los dioses con Ia propia sangre para que continuaran dando vida al universo.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 2 Los misterios de Palenque / septiembre 2000

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