Noviembre 21, 2008 | 
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Arquitectura neoindigenista del siglo XX en Yucatán

En Yucatán, la arquitectura no ha dejado de ser un reflejo fiel de los hechos sociales, económicos, políticos y culturales que a su pueblo acontecen, al mismo tiempo que se ha constituido como una manifestación sincera del alma y del sentir de los yucatecos. Es una manera en la que los recuerdos, las tradiciones y los ancestrales rasgos de un pueblo que es hoy eminentemente mestizo, han encontrado diversos caminos de expresión.

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Texto: Enrique Urzaiz Lares

En Yucatán, la arquitectura no ha dejado de ser un reflejo fiel de los hechos sociales, económicos, políticos y culturales que a su pueblo acontecen, al mismo tiempo que se ha constituido como una manifestación sincera del alma y del sentir de los yucatecos. Es una manera en la que los recuerdos, las tradiciones y los ancestrales rasgos de un pueblo que es hoy eminentemente mestizo, han encontrado diversos caminos de expresión.

El origen indígena y la herencia hispánica se han presentado alternada o simultáneamente en las manifestaciones arquitectónicas de Yucatán, a pesar de que comparten siempre el espacio urbano y rural con las influencias de otras culturas como la mexicana, la francesa, la italiana, la inglesa o, más recientemente, la norteamericana.

Dentro de este mosaico, en el que al mismo tiempo se entretejen obras puramente académicas y elitistas con otras populares y más modestas (las que por su origen no resultan menos bellas y relevantes), encontramos un grupo reducido de manifestaciones que de una u otra manera nos recuerdan y nos refieren a las raíces mayas del pueblo yucateco. A este grupo de obras se le ha denominado de diferentes formas. Por ejemplo, algunos autores le confieren la categoría de estilo al "estilo neomaya", otros simple y despectivamente le llaman marismo, otros más neoindigenismo maya e incluso hay quienes lo incluyen como una vertiente dentro de corrientes históricas, como el academicismo de fines del siglo pasado, el art-decó de los años veintes y treintas o bien el deformado posmodernismo con el que hoy convivimos. Es a partir de esta indefinición que se hace indispensable aclarar el concepto del neomayismo en la arquitectura, pues además de inscribirse en diferentes períodos de tiempo, también puede ubicarse en varias regiones e incluso países del mundo.

Por ejemplo, podríamos encontrar los orígenes de este neomayismo arquitectónico moderno dentro del propio eclecticismo promovido y sustentado por las Academias de Bellas Artes durante la segunda mitad del siglo XIX. Es el caso de varios arquitectos mexicanos que propusieron y utilizaron los códigos ornamentales y expresivos de la arquitectura prehispánica como elementos de composición para diversas obras. Entre tales obras destacan primeramente el austero monumento a Cuauhtémoc erigido en la Ciudad de México por el Ayuntamiento en turno durante 1869 y el aztequismo de otro monumento al mismo personaje construido en 1887 y del Pabellón de México para la Exposición Mundial de París de 1889, diseñado por el arquitecto, Antonio Anza. Posteriormente, encontramos algunos casos de arquitectura efímera, pero claramente neomayista como fueron los arcos erigidos en las ciudades de México, en 1899 y Mérida, en 1906, en honor del general Porfirio Díaz. El primero fue fabricado en la esquina de Patoni, hoy avenida Juárez y Humboldt, por el ingeniero Leopoldo Batres con algunos trabajos del escultor italiano Enrique Alciati. El segundo se construyó en la Plaza Mayor de Mérida, junto a la catedral.

Existieron y existen aún muchas. otras obras neoindigenistas en el resto del país, sobre todo en la zona sureste y en Yucatán, en donde quizá encontramos los más relevantes ejemplos de esta arquitectura neomaya. Por principio podemos citar como el más antiguo ejemplo registrado en Mérida, a la desaparecida fachada de una logia masónica diseñada y construida en 1915 por el arquitecto Amabilis en el antiguo templo del "Dulce nombre de Jesús” o de “Jesús María” ubicado sobre la calle 59. Dicha fachada fue destruida al parecer entre los años cincuenta y sesenta, pero afortunadamente quedó registrada en la Enciclopedia Yucatanense que editó el Gobierno del Estado de Yucatán en 1944. Cronológicamente le sigue el Sanatorio Rendón Peniche, diseñado también por Amabilis en 1919 y construido con el ingeniero Gregory Webb. Este notable conjunto amalgamaba toda la modernidad funcionalista en cuanto a su distribución, técnica y espacios, al tiempo que incluye una austera, pero bien compaginada muestra ornamental de reminiscencias mayas, primordialmente del estilo Puuc. El edificio fue construido para dar servicio a los trabajadores de los Ferrocarriles Unidos del Sureste. Actualmente, el conjunto está casi en ruinas y convertido en una especie de bodega y taller de los ferrocarriles.

Otro muy significativo ejemplo de la arquitectura neomaya en Yucatán es el edificio conocido como "La Casa del Pueblo", inaugurado el primero de mayo de 1928 y ubicado en el barrio de La Mejorada, al oriente de la plaza principal de Mérida. Este importante edificio es obra del arquitecto italiano Angel Bachini (1861-1948), quien en 1926 ganó el concurso organizado por el entonces gobernador Álvaro Torre Díaz, para tal efecto. Aunque su emplazamiento urbano, esquema y composición generales corresponden claramente a los modelos del barroco francés, la ornamentación y las características de sus elementos formales presentan reminiscencias prehispanistas, mayas y toltecas. Esta combinación de criterios nos remite también a la arquitectura ecléctico-académica de finales del XIX y principios del XX, aún cuando las características técnicas y funcionales son ya claramente modernas. Su monumentalidad está fuertemente acentuada por los elementos ornamentales prehispanistas, como las columnatas en forma de serpiente que enmarcan los accesos, las grecas toltecas corridas a todo lo largo de la fachada señalando los dos niveles, así como la remembranza de las bóvedas mayas en los vanos de la planta alta. El conjunto se organiza axialmente de norte a sur y a partir del acceso central y la sucesión de un vestíbulo, un patio, el auditorio, otro patio y una proyectada alberca. En ambos lados de ese eje se desarrollan dos grandes crujías paralelas que se extienden hacia la calle para encerrar la plaza de acceso y que se ligan al cuerpo central con tres volúmenes cada una, los cuales forman a su vez sendos pares de patios intermedios. Todas las circulaciones están techadas en forma de corredores que encierran los patios. La planta alta no se concluyó y el auditorio constituye uno de los mejores ejemplos en Yucatán de integración arquitectónica al clima tropical, pues al estar abiertos tres de sus costados, el aire circula libremente, lo cual ventila y refresca perfectamente el amplio salón cubierto, que además de la sombra que produce su actual techumbre de estructura metálica abovedada y lámina galvanizada (originalmente fue de madera, a dos aguas y con lámina de zinc), se protege de la insolación directa por medio de dos amplios corredores de concreto sostenidos por columnas y extendidos a todo lo largo, de norte a sur, y como extensiones del corredor que envuelve el patio central. En la planta alta, el auditorio cuenta con una amplia galería con gradas de madera y un hermoso barandal de herrería. La bocaescena, austera y mesurada, ofrece sin embargo un fino detalle de enmarcamiento que combina un corte diagonal del muro piñón, con motivos pictóricos de reminiscencia maya.

La tercera gran obra neomaya que aún se conserva en Mérida es el parque de Las Américas, ubicado al poniente de la ciudad en la actual colonia García Ginerés. Este conjunto se desarrolla en tres manzanas que se completan con el Jardín de Niños Felipe Carrillo Puerto, más o menos contemporáneo y también con reminiscencias mayas. El conjunto, inaugurado en 1946, es obra de los arquitectos Manuel Amabilis Domínguez y su hijo Max. La organización general del conjunto es radial y se conforma con tres edificaciones: al noroeste, un auditorio al aire libre con una concha acústica semiesférica, una plataforma hundida y limitada lateralmente por dos corredores apergolados que en conjunto recuerdan las imágenes del juego de pelota y del templo de las mil columnas de Chichén Itzá; al suroeste, una biblioteca con una zona de lectura al aire libre desarrollada en torno a una fuente en su parte posterior y al sureste, una fuente monumental con enormes columnatas en forma de serpiente que sostienen la estructura del hemiciclo principal. Los andadores de las tres secciones se distribuyen radialmente y se cortan con uno perimetral en forma de círculo, ubicándose sendas estelas con los escudos y nombres de los países americanos, en cada intersección de estas circulaciones radiales con la perimetral. Este conjunto, distinto ya a los casos anteriores, se puede ubicar dentro de las corrientes modernas, específicamente la del art decó. La calidad de su diseño no sólo incluye la disposición del conjunto y la espacialidad, forma y funcionamiento de los edificios, sino su avanzado diseño estructural y constructivo. Su correcta implantación urbana, su concordancia con la percepción dinámica de los edificios al estilo maya y la estudiada composición aunada a la buena factura de su ornamentación, le confieren un lugar muy especial dentro del patrimonio urbano arquitectónico del siglo XX en Yucatán.

A partir de estos ejemplos tan relevantes, podemos agrupar otros de menores dimensiones, relevancia urbana o calidad, como son: el edificio del Diario de Yucatán (1933) , en el que con un academicismo austero, el ingeniero Francisco Rubio Ibarra creó una fachada con reminiscencias mayas, además de algunos detalles decorativos en el interior, y una casa habitación del mismo tipo ubicada en el cruce de la calle 43 con el Paseo de Montejo. Como otro ejemplo de neomayismo moderno encontramos la fachada del antiguo mercado municipal del barrio de Santiago; y ya dentro del art decó, el Cine Maya ubicado en la colonia Alemán de esta ciudad, construido hacia los años cuarenta por el ingeniero Maglioni Gaetano y destruido por un incendio al inicio de esta década. Está también la fachada del Diario del Sureste, sobre la calle 60 casi frente al Diario de Yucatán donde los arquitectos Amabilis diseñaron y el escultor colombiano Rómulo Rozo (1899-1964) realizó unos bajorrelieves muy interesantes y del mismo tipo que los que ostenta otro ejemplo muy significativo de este art-decó neoindigenista: el Monumento a la Patria. Este fue diseñado también por Amabilis en 1944 para que se construyera en una glorieta ubicada al poniente de la ciudad, pero fue construido años más tarde y concluido en 1956 por Rómulo Rozo, en la glorieta donde termina el Paseo de Montejo. También los pilastrones de acceso al Cementerio General de Mérida y las tumbas de Felipe Carrillo Puerto y de Alma Reed, poseen elementos ornamentales de referente neomaya. Finalmente encontramos en la ciudad de Mérida algunos edificios con un neomayismo popular, es decir, con aplicaciones desordenadas y libres de ornamentos y símbolos mayas sobre construcciones efímeras y simples. Tal es el caso de algunos restaurantes del poniente de la ciudad.

En el interior del estado encontramos también numerosos ejemplos de arquitectura con referentes neomayas, como los palacios municipales de Hunucmá y Oxcutzcab, o el mercado municipal de Tekit. Destaca la estación del ferrocarril en Oxcutzcab, cuya edificación se inició a principios de los años cuarenta. Finalmente, es justo mencionar algunos otros trabajos escultóricos de Rómulo Rozo en la península de Yucatán, cuya su- pervivencia no está confirmada y que consistieron en la ornamentación escultórica de relieves en un arco maya en Ticul, Yucatán para la Secretaría de Recursos Hidráulicos, en la escuela Belisario Domínguez y el Hospital Morelos, en Chetumal, Quintana Roo (1937-38), y un teatro registrado fotográficamente, el cual no se ha podido identificar ni fechar con certeza.

Indudablemente, hay más ejemplos de los que aquí se refieren, pero bástenos con esta pequeña muestra para conocer una de las más significativas partes de nuestro patrimonio histórico del siglo XX y de nuestra historia. Aprendamos a reconocer sus valores y a disfrutarlos. Esto será la mejor garantía de su conservación y aprovechamiento cabal.

Fuente: México en el Tiempo No. 20 septiembre / octubre 1997

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