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| Texto: Roberto Romero () |
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Nuestro viaje se centró en tres de estas comunidades que brillan por su riqueza natural y cultural: San Jerónimo Tulijá, San Marcos y Joltulijá. Fueron fundadas por tzeltales procedentes de Bachajón, Chilón, Yajalón y otros lugares, que en la búsqueda de tierras para cultivar, criar sus animales y establecerse con sus familias, encontraron en la rivera del río el lugar idóneo para vivir. Se podría decir que las tres son poblaciones jóvenes, pues se fundaron a partir de 1948, no así la historia cultural de su gente que se remonta hasta tiempos ancestrales. San Jerónimo Tulijá, donde canta el agua Entristece ver que aquello que antaño fue selva indómita, hoy ha sido convertido en potreros. Uno sólo se repone cuando ve que las comunidades aún conservan, coronando sus poblados, montes que explotan de vida. Refugios que han permanecido selváticos quizás por su carácter sagrado de montañas vivas, por la dificultad de su labranza, o por una combinación de ambas. Estos montes son hogar de miles de especies animales como el mono sarahuato, el jaguar, la temible serpiente nauyaca, y el tepezcuincle, que la gente suele cazar para alimentarse. También se hallan árboles gigantes como chicle, ceiba, caoba y hormiguillo, este último árbol del que se hacen las marimbas. Los tzeltales acuden a la montaña para cazar y recolectar legumbres silvestres como el chapay, fruto de una palma espinosa que al lado de tortillas, frijoles, arroz, café y huevo de gallina, conforman la base de su alimentación. Arribo a San Jerónimo... San Jerónimo es una comunidad con lugares de impresionante belleza natural que invitan a la contemplación incansable mientras se escucha el relajante canto del agua. A tan sólo 200 metros de la plaza principal están las cascadas de Tulijá. Para llegar a ellas se debe cruzar una pequeña laguna que sirve, ahora que el calor apremia, como punto de reunión de gente de todas las edades. Llegan los tatiketic (señores de mayor edad en la comunidad) a bañarse después de sus labores en el campo; llegan también los niños y los jóvenes que desconocen completamente las restricciones de aquellos que viven en la ciudad y que tienen de quedarse en sus casas; las mujeres acuden a lavar la ropa; y todos conviven disfrutando de la frescura del agua. En plena primavera, que el río está en un nivel bajo, es posible cruzar la barrera de árboles semiacuáticos, trampolines improvisados de los jóvenes, y descender por las bellas cascadas blanquiazules. Cascadas de Betania Puente Natural De regreso en San Jerónimo, un suculento plato de frijoles tiernos con chapay, acompañados de tortillas recién hechas, nos esperaba en casa de nantik Margarita. La nantik (término que significa "mamá de todos", otorgado a las mujeres por su edad y méritos por la comunidad) es una mujer buena y sonriente, a la vez que fuerte e inteligente, que amablemente nos alojó en su casa. San Marcos Las casas tienen frente a sus patios delanteros floreadas barreras de setos por donde los animales domésticos se escabullen. Los mejores amigos del hombre son las gallinas, los guajolotes y los cerdos, que pululan libremente por calles y casas. En compañía de nuestros incansables guías y amigos, Andrés y Sergio, fuimos a conocer sus secretos empezando por sus cascadas. En esta parte aumenta su caudal considerablemente hasta alcanzar más de 30 metros de ancho, lo que complica el acceso a las cascadas. Para llegar a este punto tuvimos que cruzarlo y en algunas ocasiones estuvo cerca de arrastrar a más de uno, pero el espectáculo que nos aguardaba bien valía la pena la revolcada. Enfrente de una colosal formación rocosa labrada cuidadosamente por el agua, simulando los cuadrados trazos de una pirámide maya devorada por el monte, se halla la mayor caída de agua de la región. Se precipita con fuerza desde las alturas y crea un mantra que hizo de nuestro chapuzón en las pozas precedentes a la cascada, una experiencia renovadora para emprender el difícil regreso a través del río. Para culminar nuestra visita a San Marcos, acudimos adonde nace su manantial. El corto trayecto desde la comunidad se realiza por el cauce de un arroyo tapizado de caracoles de río conocidos como puy, que la gente suele cocinar con hojasanta. Cobijados por gigantescas cúpulas orgánicas que brindan una sombra húmeda, adornadas por flores como las orquídeas, bromelias, y otras plantas que despliegan larguísimas raíces aéreas que van desde las alturas hasta el suelo, llegamos al sitio donde brota el agua. Justo ahí se encuentra el árbol más alto que vimos, una enorme ceiba de aproximadamente 45 metros, que no sólo impone respeto por lo colosal de su proporción, sino por las puntiagudas espinas cónicas de su tronco. Joltulijá, el origen Para tener libre acceso a la comunidad es necesario acudir con las autoridades, los tatiketik principales, a solicitar el permiso. Con la ayuda de Andrés, que funcionó como nuestro traductor pues la gente habla poco español, fuimos con el tatik Manuel Gómez, uno de los fundadores, quien cordialmente nos otorgó el permiso, nos invitó a acompañarlo mientras trabajaba y nos platicó de la ocasión en que fue aprehendido por las autoridades tradicionales por producir posh (aguardiente de caña), recibiendo como castigo el permanecer amarrado todo un día a la copa de un árbol. Desde el centro de la comunidad, el lugar donde nace el río se encuentra como a un kilómetro, atravesando varias milpas y parcelas en las fértiles tierras de la orilla. De pronto las parcelas se terminan junto a la montaña pues está prohibido talar el monte y nadar en el lugar donde brotan las aguas. Así entre árboles, rocas y silencio, la montaña abre su pequeña boca para permitir la salida del agua desde las profundidades de sus entrañas. Sorprende mucho el ver que tan modesta abertura dé origen a un río tan majestuoso. Justo arriba de la boca hay un adoratorio con una cruz donde la gente lleva a cabo sus ceremonias, dándole un toque mágico y religioso a tan humilde lugar. A sólo unos pasos del origen se abren las lagunas de la comunidad sobre el cauce del río. Estas lagunas alfombradas por plantas acuáticas que decoran su fondo y orillas, tiene un encanto particular que no se encuentra aguas abajo. El líquido es de una nitidez maravillosa que permite ver el fondo desde cualquier ángulo que se le mire independientemente de la profundidad. El azul turquesa característico del río es menor, pero se mezcla con todo tipo de matices verdosos propios de las plantas y rocas del suelo. Así culminamos nuestra vista a la hermosa región tzeltal del río Tulijá, ahí donde el espíritu del corazón y la naturaleza aún resisten al tiempo, como el canto eterno del agua y el perenne follaje de los árboles. Los tzeltales
Fuente: México desconocido No. 366 / Agosto 2007
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